CASCATENG
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)
SONIA FERNÁNDEZ PAN

Sonia Fernández Pan escribe sobre arte y sus afectos colaterales en esnorquel (http://esnorquel.es/). Si supiese con exactitud lo que le interesa del arte, el arte no le interesaría tanto. Pero puestos a elegir, hay cierta predilección por lo que podría llamarse “el fuera de campo” de las prácticas artísticas. Tiene una bicicleta roja pero preferiría que fuese azul o verde.

18 septiembre 2017

En la paradoja de Fermi se combinan la enunciación de un deseo y su insuficiencia empírica. A la gran probabilidad de que existan otras civilizaciones inteligentes en el universo observable se une la ausencia de testimonio de dichas civilizaciones. A la gran pregunta ontológica que la humanidad se sigue haciendo desde hace siglos -¿quiénes somos?- se une otra pregunta en la que se filtra el miedo a la soledad de la especie: ¿estamos solos en el Universo?

La paradoja de Fermi apareció en la década de los años 50 en Estados Unidos, en un momento de euforia atómica. Como respuesta a la contradicción entre la creencia y la evidencia, Enrico Fermi incorporó en sus conclusiones el zeitgeist de la época y una considerable dosis de antropocentrismo: ¿Por qué el universo no da señales de vida? Porque, en el caso de existir, toda civilización avanzada de la galaxia se dirige hacia su propia aniquilación gracias al desarrollo de su tecnología. Si estamos solos es porque otros, antes que nosotros, apretaron su propio botón nuclear sin tener en cuenta las consecuencias holísticas del gesto mínimo. A la espera de tal confirmación, el disco de oro de la Voyager 1 sigue viajando por el vacío cósmico. Quizás, dentro de 40000 años, los miembros de una civilización capaz de realizar viajes interestelares tropiecen con él en las proximidades de la estrella más cercana al sistema solar y posean algo parecido a un gramófono para poder escuchar la información que contiene. O pudiera ser que el sistema solar del que somos parte fuese una especie de Galactic Radio Quiet Zone en la que otros habitantes de la galaxia tienen prohibido emitir señales para comunicarse entre sí porque son ellos los que nos estudian a nosotros con la distancia que exige toda estrategia prudente.

La paradoja de Fermi es también conocida como El Gran Silencio. Este segundo nombre apunta hacia una conclusión diferente a la del propio Fermi, siendo recogida por Ted Chiang para el texto que forma parte del proyecto homónimo de Allora y Calzadilla. En él, un loro se dirige a nosotros para decirnos que nunca hemos estado solos. Pero no ya en el Universo, sino en la Tierra. “Una solución propuesta a la paradoja de Fermi es que las especies inteligentes tratan de ocultar su presencia activamente para evitar ser atacadas por invasores hostiles. En nombre de una especie que ha sido conducida casi a la extinción por los seres humanos, puedo atestiguar que esto es una estrategia sabia. Tiene sentido permanecer en silencio y evitar atraer la atención”. La respuesta de Fermi aumenta la pulsión de muerte del psicoanálisis a una escala tan grande que el espacio exterior podría ser visto como una necrópolis infinita en la que no sólo son las estrellas los cuerpos que desaparecen a miles de años luz. La deducción de este loro anónimo apela, sin embargo, a una activación de la inteligencia basada en un simulacro de ausencia a través del silencio.

El sigilo como estrategia de supervivencia dentro de un universo que no es tan silencioso como hemos creído durante miles de años. Los agujeros negros se resisten a ser vistos por el ojo del telescopio. Tan sólo pueden ser escuchados. Pero hay otro silencio que el loro de Ted Chiang señala. Y este no deriva de la ausencia de sonido, sino que se produce por el ensimismamiento de la especie humana consigo misma, incapaz de ausentarse del lenguaje para la comprensión de todo aquello que le rodea. De hecho, si somos capaces de entender el mensaje de este loro desencantado con la especie humana es porque usa un idioma reconocible para nosotros. Participa de la misma inteligencia discursiva. Es más, ni siquiera nos habla él. Ted Chiang habla en su nombre y él, a su vez, habla en nombre de una especie animal que sí posee indicios de inteligencia que, a su vez, funciona como recurso retórico de las teorías que afirman que aquello que llamamos naturaleza también posee un lenguaje con el que otras entidades nos hablan. Que no seamos capaces de descodificarlo o escucharlo es nuestro problema, no el suyo.

En su privilegio de la inteligencia asociada al lenguaje discursivo, la humanidad busca incansablemente formas de vida con las que relacionarse de igual a igual. O incluso, desde un deseo de subalternidad cósmica, civilizaciones más avanzadas que la nuestra que consigan sacarnos del centro que nuestro entendimiento de la realidad nos ha garantizado durante siglos. Que consigan silenciarnos, enmudecernos o dejarnos afónicos. Si los telescopios apuntasen hacia la Tierra, la respuesta quizás no sería diferente. Hemos obligado a la tecnología a escuchar con nuestros oídos. El gran silencio habita en nuestro mundo. Decir que la naturaleza -y, por extensión, las cosas- (nos) hablan supone un intento de distribuir de manera más ética el valor a todas las entidades como tales. Sin embargo, este ejercicio retórico mantiene la correlación entre lenguaje y ética. El habla como una cualidad privilegiada asignada a aquellos cuerpos que objetivamente no hablan. O que, en el caso de emitir sonidos, estos no contribuyen a la intersubjetividad que genera el lenguaje. No es lo mismo hablar “a” que hablar “con”. La dimensión ética del lenguaje se funda en este aspecto. En hacernos humanos a través de la interacción de unos con otros mediante el lenguaje. ¿Podría existir tal cosa como una dimensión ética del silencio? ¿La agencia (política) pasa inevitablemente por el lenguaje? ¿Cuál es la capacidad de acción del silencio? ¿Es necesario que las cosas nos hablen para tenerlas en cuenta? ¿Tienen las cosas capacidad de emitir discurso sin hablar? ¿O de hablar sin discurso? ¿Es imprescindible el discurso para la vitalidad compartida de todas las cosas?

Como tantas veces, la solución a muchas preguntas está en la ciencia-ficción. A pesar de la contradicción de haber sido producidos con lenguaje humano, Solaris y The Universe of Things presentan situaciones en las que el contacto con otras formas de vida no pasa por el discurso. Solaris es un planeta-océano con vida que se resiste al conocimiento científico. Es una forma de vida silenciosa que, sin embargo, tiene capacidad de acción. Al fracaso del lenguaje como medio de comunicación entre diferentes formas de vida inteligentes se une el fracaso del lenguaje a la hora de entender un mundo que traspasa las fronteras de la Tierra. Solaris se comunica con los humanos, pero sigue formando parte del gran silencio. No podemos comunicarnos con él y no sabemos qué decir sobre él. Si no puede cumplir las expectativas humanas del contacto es porque las sobrepasa, accediendo a la vida interior de los tripulantes de la nave espacial que lleva años sobre él. Solaris es un cuerpo que trasciende su propio cuerpo. The Universe of Things instala en nuestro planeta a una civilización alienígena, las Aleutianas, cuya superioridad radica en que su tecnología está literalmente viva y que forman parte de una continuidad matérica sin fronteras entre los cuerpos. Son capaces de compartir sentimientos o recuerdos a través del intercambio de sustancias químicas. Sin la necesidad de un lenguaje oral o escrito. La vida como experiencia que no necesita ser traducida, dicha. Son seres vivos dentro de un mundo completamente vivo en el que no hay diferencia entre ellos y las cosas. Las cosas hablan, no porque posean la capacidad del lenguaje, sino porque están intrínsecamente vivas. Y es desde esta fuerza vital que se produce la interacción continua entre ellas y las Aleutianas. Desde un intercambio del lenguaje por un contacto entre cuerpos que tampoco pasa por la literalidad del tacto sino por la experiencia de todo el entorno como una red de conexiones. Quizás la dimensión ética de una comprensión del mundo menos antropocéntrica no está en hacer que las cosas hablen o en pedirles que tengan un lenguaje propio, sino en su derecho al silencio y aceptar que este es igual de importante que nuestra dimensión discursiva.


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