CASCATENG
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)
EDUARDO PÉREZ SOLER

Eduardo Pérez Soler piensa que el arte –como Buda– ha muerto, aunque su sombra aún se proyecta sobre la cueva. Sin embargo, este hecho lamentable no le impide seguir reflexionando, debatiendo y escribiendo sobre las más distintas formas de creación.

30 diciembre 2012

En una entrada anterior, reflexionaba sobre la posibilidad de que la generalización de las nuevas tecnologías supusiera el fin de la lectura, al menos tal como la entendemos en la actualidad. Intentaba ofrecer diversas hipótesis sobre un probable mundo futuro en el que los lectores terminarían por desaparecer. Eran unas reflexiones surgidas al hilo de un oscura sentencia leída, hace algún tiempo, en Twitter: “The future of reading is not reading”.

Me pregunto, sin embargo, ¿qué pasaría si quienes anuncian el fin de la lectura estuvieran equivocados? Quizá los agoreros no acertarán y el acto de leer continuará ocupando un lugar central en nuestra cultura. Y, si así fuera, ¿podemos imaginar de qué manera leeremos en los tiempos por venir?

Un buen número de tecnófilos piensa que las tecnologías digitales de comunicación están alumbrando una era dominada por el conocimiento abierto y libre (aunque no necesariamente gratuito). Según este punto de vista, en un futuro no muy lejano, la información circulará sin restricciones por las redes de información, de manera que estará al alcance de toda persona con una conexión a Internet. La conectividad inherente a la red contribuirá a la circulación permanente del conocimiento, que tendrá su sustento legal en las licencias libres y creative commons, pensadas, específicamente, para compartir los productos creativos.

La consolidación del conocimiento libre tendría importantes implicaciones para la lectura. Sería un paso importante para materializar el tan anhelado sueño de la universalización de saber. Gracias a Internet, la multitud tendría acceso a casi cualquier documento escrito imaginable. Pero no solo eso: cualquier usuario de la red tendría la posibilidad de reproducir, publicar compartir y, en muchos, casos, modificar y rehacer los textos a su disposición. En última instancia, todo lector sería susceptible de convertirse también en un editor y en un escritor. De hecho, ya es posible encontrar el germen de esta figura polimórfica en los usuarios de las redes sociales y, de una manera más elaborada, en los participantes de los distintos entornos colaborativos y wikis que han ido surgiendo al abrigo de la web.

En el extremo opuesto, podemos imaginar un futuro en el que la lectura estará condicionada por la instauración de una serie de rigurosos mecanismos de control de la información que circula por las redes digitales. En este mundo posible, los productos creativos estarán regulados por unas normas de propiedad intelectual aún más estrictas que las que conocemos ahora, al tiempo que los canales de distribución de conocimiento estarán sometidos a una vigilancia más sistemática, efectiva y rigurosa que la existente en la actualidad.

De esta forma, los lectores deberán acostumbrarse a vivir en un mundo en el que la compartición de la información estará rigurosamente castigada y en el que los libros y revistas que comprará estarán controlados por potentes DRM. Sus espacios de lectura estarán bien acotados –ya cobren la forma de tiendas virtuales como Amazon e iTunes, de redes sociales o de repositorios institucionales de contenidos–, de manera que será posible ejercer un control más efectivo sobre sus hábitos de lectura, ya sea por razones políticas o comerciales.

Y, en los márgenes de este universo acotado y vigilado, se situarán los llamados “piratas” que, guiados por una gran diversidad de motivaciones, se encargarán de recordarnos que existe un mundo, con su lógica propia, en el que los contenidos circulan de una manera subrepticia, pero sin ataduras.

También sería posible concebir un futuro híbrido, en el que, una vez desechado el principio de neutralidad de la red, Internet se escindirá en dos, lo que traerá consigo dos tipos de lectores distintos. Tendremos, por un lado, a unos usuarios privilegiados de las redes digitales, capaces de pagar por un acceso sin restricciones a Internet y de disfrutar de todo tipo de contenidos. Por otro, nos encontraremos con unos usuarios obligados a conectarse a unas redes de menor calidad, es decir, más lentas, con menor ancho de banda y sin acceso a múltiples contenidos. A final de cuentas, unos y otros usuarios leerán de maneras distintas, pues la riqueza y la variedad de los materiales a los que podrán acceder serán muy diferentes.

Las hipótesis sobre el futuro de la lectura son diversas y, a lo largo de mis dos entradas dedicadas a este tema, me he limitado a enumerar unas cuantas. Quizá vosotros tengáis alguna más en la cabeza. De todos modos, es muy probable que la lectura por venir no siga un único camino. Tal como se encarga de recordarnos Joaquín Rodríguez en cada uno de los comentarios de su magnífico blog, tanto al libro como a la lectura les aguardan muchos futuros. Algunos se parecerán a los que hemos descrito en estas líneas y, muchos otros, seguramente no tanto.

En cualquier caso, el porvenir de la lectura no está necesariamente guiado por un proceso fatal. En realidad, las formas que esta asumirá en el futuro dependen en buena medida de nosotros.


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