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07 septiembre 2015
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Contando obras. La pulsión narrativa en el trabajo artístico de por aquí y ahora

Manuela Pedrón Nicolau

Hacía mucho que no pasaba por el inmenso y disperso campus de la Universidad Complutense de Madrid. El camino que escogí el 18 de febrero de este año fue especialmente accidentado, y llegué al recibidor de la facultad de Bellas Artes casi una hora después de la cita convocada para asistir a un misterioso encuentro y ¡me estaban esperando! Hasta habían llamado para ver por dónde íbamos, pero la falta de costumbre de recibir tanta atención dejó mi móvil fuera de cobertura. Hacía unos días había oído hablar de un íntimo evento que estaban preparando en la biblioteca de la facultad. No lo había visto en ninguna red social, ni a través de ninguna de las newsletters a las que estoy suscrita; me lo había comentado Javier Cruz, que era una de los invitados a participar.

Se trataba de Contadas obras, un proyecto de Christian Fernández Mirón, que organizaba junto a Selina Blasco y Javier Pérez Iglesias y consistía fundamentalmente en contar obras. Las narraciones fueron bien dispares: por turnos los y las invitadas comentaron experiencias personales desde muy distintos lugares que incluían obras artísticas, literarias, cotidianas… en un ambiente recogido y novelesco que sugería un pequeño viaje en el tiempo.

Las condiciones en las que se materializó esta idea que hacía tiempo había escuchado, y por consecuencia construido mentalmente, superaron mis expectativas, a pesar de que eran muchas. Una de las normas de comportamiento que el experimento necesitaba era evitar el registro fotográfico y audiovisual, eliminando su posible difusión automática o en diferido. Me interesan mucho las comunicaciones vinculadas a Internet y dispositivos móviles, pero llevo bastante mal la retrasmisión en directo a través de redes sociales. No busco la sacralización de las acciones o eventos, pero no puedo evitar que muchas veces los móviles en alto tomando fotografías me corten el rollo. Volviendo a Contadas obras, esta condición otorgaba, para mí, (e imagino que para el resto de internet-dependientes) un carácter terapéutico al asunto. En “Los trabajadores del arte. Entre la utopía y el archivo”, Boris Groys trata algunas de las condiciones actuales del trabajo artístico derivadas del uso de Internet. Señala cómo “en la medida en que involucra el uso de Internet, el proceso de producción estética está siempre expuesto, de principio a fin”; una exposición que lleva a la documentación constante de los procesos de producción, expectación y participación en muchos proyectos. Si la obsesión por archivar cada actividad, cada evento, genera una especie de “espectador universal” y una vigilancia constante del trabajo y sus resultados que ofrecemos voluntariamente, Groys aboga por “la desincronización del tiempo de trabajo respeto del tiempo de exposición de los resultados”, entendiendo que es ahí donde se desarrolla el trabajo creativo. La creatividad es un concepto muy amplio y tiene lugar en contextos muy distintos; sin embargo, sí considero interesante extrapolar esta idea a los procesos de participación y expectación de una pieza artística, especialmente cuando trabaja sobre lo performativo. Esa desincronización entre la vivencia y el registro favorece la experiencia y genera narraciones más complejas y potentes que las imágenes y textos de producción inmediata que pueblan los perfiles de Facebook, Twitter y muchos sitios web.

En la primeras páginas de Molloy, entre divagaciones y promesas de que la trama está a punto de empezar, Samuel Beckett escribe “Lo que necesito es que me cuenten historias, he tardado mucho en saberlo”. Cuando entré en la exposición dedicada esta primavera a Jeremy Deller en el CA2M, sentí lo mismo que Molloy. La pieza que abría la muestra, al menos en el recorrido que yo hice, era Beyond The White Walls, un pase de diapositivas comentado por Deller que recogía imágenes de obras performativas y/o efímeras realizadas entre 1997 y 2012. Una narración que abre las puertas de par en par a su trabajo, a las piezas que no caben en el formato expositivo pero también a los procesos que no entran, ni tienen por qué hacerlo, en el resultado de las que sí se exponen. He tardado en saberlo, pero esa oralidad que impulsa la dimensión narrativa de los proyectos artísticos cabe y es de lo más atractivo que puedo encontrar en una propuesta expositiva.

Os contaré algo más. A principios de este verano aparecieron en algunos espacios publicitarios del metro de Madrid unos carteles de diseño sencillo que explicaban: “Este cartel traiciona el proyecto, no vamos a imprimir un solo texto más. Se buscan narradores”, junto al correo electrónico del colectivo Play Dramaturgia. Eran las primeras señales de DIXIT, un proyecto enmarcado en el programa PHEstudios: Imagen no disponible, comisariado por Emilia García-Romeu y Selina Blasco para PHotoEspaña15.

En esta edición del festival de fotografía, los Play trabajaron acerca de la experiencia y la narración en La Venencia, un bar con solera del centro de la ciudad en el que no está permitido hacer fotografías. Un clásico como escenario de las experiencias que forman parte de los anecdotarios de los y las habituales, al tiempo que lugar por excelencia de narraciones de lo cotidiano y lo extraordinario. Tras la escueta convocatoria inicial, el 18 de junio aparecía en el perfil de Facebook del colectivo un número de teléfono móvil en grandes letras azules sobre fondo amarillo explicando: “Ayer fue la primera acción de DIXIT. Si quieres saber qué pasó, llama a este número mañana viernes de 13 a 15 h.”. Lo apunté. Al día siguiente a las 15h llamé, muy al límite, pensando que quizá la línea ya estaría desconectada. Mi interlocutor no fue muy estricto y comenzó a contarme una tarde-noche loca que empezaba con una charla de Jaime Conde-Salazar en el Museo Reina Sofía y acababa en bodorrio en una iglesia 24h que resulta estar en la calle Hortaleza y que me recomendó visitar. Di las gracias, nos despedimos y colgué. En las siguientes horas tuve que reconstruir un par de veces la historia para algunas personas que no habían llegado a llamar y cada vez sonaba más extraña y disparatada al no acabar de ubicar en relación a qué aparecía un gato acurrucado en un taburete y de quién era antepasado el personaje que entraba en una iglesia a caballo.

Volví a escuchar esa historia un par de días después en La Venencia, citada a tomar unos vinos dentro de los recorridos del programa. Allí descubrí que la imagen que había construido del narrador con quien hablé no era nada real. No se trataba de un testimonio directo, sino que en esa primera transmisión estaban trabajando sobre la figura del intérprete en la narración. En las siguientes fases del proyecto aparecieron también cronistas, taxistas, peluqueras y masajistas. La cadena de narradores y narradoras se ampliaba exponencialmente, dibujando las formas de la oralidad en un espacio-tiempo incontrolable. Es bonito imaginar que dentro de 17 años alguien pida un taxi y al subirse pregunte por lo que, en una tarde de junio de 2015, pasó en La Venencia. Así, Play Dramaturgia lucha contra los malos agüeros que Walter Benjamin identifica en “El narrador”, sobre la caída en la cotización de la experiencia y la narración tras la II Guerra Mundial, buscando la distancia y el ángulo visual adecuado para generar narraciones desde la creación y el intercambio de experiencias.

Contadas obras y DIXIT parten de la consciencia de la relevancia de lo presente y la experiencia. Son ejercicios sobre las posibilidades de lo narrativo en relación al contexto de producción y transmisión de las creaciones artísticas. Investigan estructuras y métodos de contacto y comunicación en lo performativo, más allá de la asimilación de los parámetros habituales de los grandes medios y aquellos generalizados y limitados por los servicios corporativos que operan en Internet. Esta reivindicación de lo narrativo es quizá un impulso liberador de las condiciones de producción y recepción para trabajadoras del arte, al menos para las de perfil autónomo-precario-hombre/mujer-orquesta, muy extendido por estos lares. Son ejercicios que plantean escenarios para flexibilizar y ampliar las formas de recepción y participación en procesos artísticos, muy influenciadas por los sistemas de comunicación contemporáneos. Frente al registro y difusión inmediata de los procesos creativos, estos proyectos apuestan por la construcción consciente, cuidada y experimental de narraciones polifónicas. Y frente al espectáculo de butacas virtuales ilimitadas, crean escenarios íntimos, más próximos a la barra de un bar que a un escaparate.

Se dedica al comisariado, la educación y la investigación empírica, de proyecto en proyecto y sin tener muy claro las fronteras entre todo ello. Convive con esa precariedad, que le estresa, pero de vez en cuando le permite dormir la siesta entre semana.

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)