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21 diciembre 2015
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Cuando lo privado es público y viceversa

Glòria Guso

Airbnb, sitio web comunitario en el que los usuarios pueden ofrecer sus viviendas o buscar alojamiento en casa de particulares para estancias cortas, lanzó a principios de otoño su nueva campaña publicitaria en Francia. Sobrepuestas a retratos de personas jóvenes y modernas, frases como “mi apartamento me paga mi colección de zapatos”, “gracias a mi habitación de invitados me compré una motocicleta vintage” o incluso “mi piso me ayudó a financiar mi start-up” anuncian las ventajas de poner la propia vivienda a disposición del público. Si en anteriores campañas la empresa se había dirigido al turista –o, mejor dicho, al viajero- con slogans que ensalzaban el alojamiento en viviendas particulares como parte de una experiencia “auténtica”, más cercana a lo “local” y menos prefabricada, en esta ocasión los anuncios van dirigidos al huésped que va a proporcionar esta experiencia única y especial –y que va a lucrarse con ello. En estos anuncios, la casa deja de ser un hogar para convertirse en un lugar de actividad económica.

Aunque no es algo nuevo, en los últimos tiempos hemos asistido a una proliferación de temas relacionados con lo doméstico en la cultura, ya sea como punto de partida para proyectos artísticos o como contexto espacial en el que tienen lugar diferentes propuestas culturales, desde exposiciones hasta conciertos. La primera vez que asistí a una exposición en una vivienda particular fue en Bremen, en el marco del proyecto Der vierte Raum (“la cuarta habitación”. Se trataba de un piso compartido en el que una de las habitaciones era utilizada como espacio de investigación artística mientras su inquilina estaba de intercambio estudiantil en el extranjero. En este caso, el marco espacial determinaba la naturaleza de las propuestas que se presentaron a lo largo de la duración del proyecto: todas site specific y tematizando la dimensión doméstica de ese espacio.

Hay, igualmente, eventos culturales que no tienen como condición sine qua non el celebrarse en un lugar destinado a la vivienda pero, aún así, lo hacen. Para justificar estas otras propuestas, las razones que se esgrimen suelen estar relacionadas con la experiencia del usuario, a saber, más íntima y permitiendo una mejor recepción de la obra presentada; aunque también las hay que pretenden hacer una cierta crítica institucional, posicionándose como espacios independientes, o incluso de tipo histórico, en alusión a los “salones literarios” franceses del siglo XVIII y similares. Todo se resume a un culto de lo mundano y del “entre-soi” burgués que ha calado entre las élites culturales, que no son ya necesariamente élites económicas, gracias a años de discursos neoliberales.

En su artículo Notes on the Exploitation of Poor Artists[[Hans Abbing: “Notes on the Exploitation of Poor Artists”, en V. V. A. A.: Joy Forever. The political economy of social creativity, Free/Slow University of Warsaw, 2011, pp. 83-100 (http://mayflybooks.org/wp-content/uploads/2014/12/9781906948191-web.pdf)]], Hans Abbing demuestra que la explotación de los artistas pobres es estrictamente un asunto interno de funcionamiento del mundo del arte (que éste no tiene interés alguno en solucionar), y analiza las causas y estrategias que contribuyen a la perpetuación de un sistema que sólo favorece a una élite. Abbing ve una correlación entre la democratización de la educación y de la idea de autenticidad en el periodo de post-guerra, que ha afectado de manera directa al arte: si todos podemos ser auténticos, todos podemos ser artistas –y que gane el mejor. De esta manera, respaldada por la teoría neoliberal que ensalza la emprendeduría y el “ser tu propio jefe”, la economía del arte (y de la industria cultural en general) cuenta con el beneplácito de los artistas para promover su propia explotación, trabajando por muy poco o incluso gratuitamente, puesto que el objetivo principal en un primer momento es la acumulación de un capital simbólico que, si todo va bien, más tarde proporcionará oportunidades profesionales remuneradas.

La gran mayoría de los proyectos artísticos que tienen como lugar de presentación una vivienda son promovidos por gente joven o en el inicio de su carrera. Tradicionalmente son los artistas y los grupos de música quienes debutan con presentaciones en su propio taller o con conciertos en tugurios y baretos con poco público, cosa que les sirve como entrenamiento y para adquirir “rodaje”. Cabe entonces decir que la proliferación de este tipo de presentaciones en pisos particulares tiene que ver con el auge en la industria cultural de la profesión del mediador, en forma de programador o de comisario, para el que las oportunidades de “ensayar” con un menor riesgo son menos numerosas. La casa, la habitación de invitados o incluso el pasillo se convierten así en lugares de actividad profesional.

Hans Abbing menciona también en su texto la (muy teorizada y explorada en arte) ausencia de una distinción clara entre trabajo y ocio en la vida del freelancer. Sí, las inauguraciones de exposiciones, las presentaciones de libros, las lecturas públicas y demás son eventos sociales, pero para los profesionales de la cultura, son sobre todo espacios de networking, de establecimiento y mantenimiento de una red de contactos dentro del mundo de la cultura. Si esto es así en los espacios públicos (museos, centros de arte, galerías, fundaciones…), no hace falta ser muy creativo para imaginar cómo será una de estas reuniones en un lugar forzosamente más pequeño y con un público más reducido. Especialmente en las ciudades pequeñas y medianas –hablando del contexto español y europeo-, los círculos sociales que se dan en unos y otros espacios a menudo se superponen, lo que da lugar a una endogamia en el ámbito del arte que puede ser a la vez provechosa para unos y muy excluyente para otros.

Dos investigadores americanos especializados en marketing y estudios del consumo publicaron, en 2011, en el Journal of Consumer Research[[Zeynep Arsel & Craig J.Thompson: “Demythologizing Consumption Practices: How Consumers Protect Their Field-Dependent Identity Investments from Devaluating Marketplace Myths”, en Journal of Consumer Research, vol. 37, nº5 (febrero 2011), Oxford University Press, pp. 791-806]], un trabajo que analizaba las estrategias de distinción de que cierto tipo de consumidores se sirven para proteger su posición en un determinado campo, en este caso el de lo indie. Arsel y Thompson demostraban cómo aquellos consumidores de cultura indie que se consideraban a sí mismos “auténticos” buscaban diferenciarse dentro de ese nicho de mercado una vez que ciertas prácticas se habían convertido en mainstream. A partir de las ideas y ejemplos que se dan en este trabajo podemos realizar una analogía y concluir que el auge de los eventos de pequeño formato en espacios normalmente destinados a la vida privada forma parte de una estrategia de distinción de las élites culturales queriendo preservar su posición superior en un ámbito cultural que se ha democratizado, al menos en teoría, en los últimos decenios.

Numerosos ejemplos demuestran que, en el mundo de la cultura y especialmente en el del arte visual, los contactos son una parte decisiva en el ascenso profesional. Por esta razón no es de extrañar que el discurso neoliberal que ensalza la figura del emprendedor como persona aventurera, creativa y audaz haya calado en el ámbito artístico de modo que estos proyectos de presentación de arte en la vivienda privada sean vistos como trampolín hacia el éxito profesional. Así, proyectos artísticos se presentan a un público reducido, especializado y cómplice en un piso privado como se podrían presentar en una galería o en un centro previsto para la exposición porque lo que cuenta, en realidad, es el acontecimiento social mundano que permite al huésped perfilarse como profesional y a sus iguales estar en contacto y reforzar sus propias redes. De repente, la idea de que tu apartamento te permita financiar tu primera película parece menos descabellada.

Glòria Guso es historiadora del arte e investigadora en ciencias sociales. Es de la periferia de Barcelona pero vive en París y su segunda casa es Alemania. Para su tesis doctoral en sociología estudia la movilidad internacional de los profesionales de las artes visuales. Escribe, coordina, edita, documenta y critica.

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