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Magazine

21 noviembre 2016
© Álvaro Campo. Alexandra Laudo, An intellectual history of the clock. CuratorLab - Malongen-Nordik Art Association, junio 2016.
Écfrasis versus hipotiposis. An Intellectual History of the Clock

Raquel Machtus

Describir una exposición narrada cuyas obras se hacen presentes a través de su descripción oral puede parecer un pesado juego posmoderno, pero es lo que me propongo con este texto. El pasado 1 de junio la curadora Alexandra Laudo [Heroínas de la Cultura] presentó el trabajo fruto de su investigación dentro del marco de CuratorLab en la universidad de Konstfack, Estocolmo. An Intellectual History of the Clock se presentó en la residencia para artistas y curadores del Nordiska Konstförbundet (la asociación nórdica de arte), una casa de dos plantas ubicada en el barrio con la fama de ser el más cool de la ciudad, Södermalm.

El evento comenzó con el aviso por parte de uno de sus ayudantes al pequeño grupo de personas que estábamos reunidos frente a la casa de que podíamos entrar. Debíamos hacerlo a través de la cocina, atravesando una habitación que albergaba una obra, para llegar a una sala donde tendría lugar la conferencia performativa, o performative lecture.

En la cocina estaban dispuestos sobre una mesa varios alimentos: tofu, carne, pimientos, y otras verduras. Cada uno tenía una especie de cartela con el tiempo que tardaría su preparación, o el grosor que debían tener sus láminas al cortarlos. En la habitación contigua estaba ubicada una pieza de Gideonsson/Londré, que consistía en un prisma rectangular con una cubierta de madera que acogía en su interior un woofer que hacía vibrar toda la estructura con un ritmo monótono relajante. Según contó más adelante Alexandra, el woofer estaba conectado al reloj atómico de la escala del tiempo nacional sueca UTC(SP) mediante wifi. Algunos nos pusimos de pie sobre el cubo para sentir sus pulsaciones en nuestros cuerpos. Biopolítica encarnada.

La sala donde finalmente pudimos sentarnos estaba dividida en dos por una línea marcada en el suelo que después comprendimos que representaba el huso horario prevalente en una zona del Pacífico; una línea totalmente irregular que evidencia que las diferentes zonas horarias en la actualidad son en parte fruto de una suma de intereses humanos —como es el caso de la España peninsular, cuyo huso horario fue impuesto por Francisco Franco en 1942. Esta línea dividía las sillas dando a la sala un aspecto eclesiástico. Al fondo, Alexandra estaba ubicada al filo de una mesa, donde con un Mac iba pasando las imágenes que ilustraban su narración.

La conferencia transcurrió durante alrededor de una hora y veinte minutos. La explicación de diferentes mecanismos utilizados a lo largo de la historia para medir el tiempo se intercalaba con la descripción de varias obras de arte relacionadas con este tema. Al ser una exposición basada en el tiempo, me es imposible volver a ella más allá que en la perecedera memoria, por lo que no recuerdo todos los nombres de los artistas. Sí recuerdo a Cecilia Hultman, Pedro Torres, y John Cage. Hasta aquí, podríamos decir que el recurso literario más utilizado fue la écfrasis, o la descripción realista y precisa de una obra de arte.

Pero esta ponencia también tuvo lo suyo de hipotiposis, o una descripción más viva y personal de una obra de arte, que fue alternándose con la écfrasis. La pantalla sobre la que se proyectaba estaba dividida en dos; por una parte las imágenes que respaldaban la écfrasis, y por otra, la hipotiposis, con los subtítulos en inglés del audio en español con la voz de Alexandra en el que narraba su experiencia asistiendo al espacio Andquestionmark, en Estocolmo, donde Gideonsson/Londré desarrolló ‘The Hour of the Wolf’ hace unos meses.

Asimismo, la exposición se vio interrumpida en tres ocasiones: la primera (¿o fue la segunda?) por parte de una niña que nos mostró unos pasos de ballet mientras en la pantalla veíamos unos cálculos hechos con compás; la segunda, por los cocineros, que nos ofrecieron un tentempié con los alimentos que observamos al entrar; y la tercera, cuando se apagaron las luces y tuvimos que leer a la luz de los móviles un pequeño texto sobre un megaproyecto que nunca se llevó a cabo de aprovechamiento de luz solar para iluminar zonas aisladas de Siberia. ¿Esto se concibió de verdad? ¿O se lo inventó la comisaria?

Se nos plantea el debate sobre la voz del curador. ¿Se puede o se debe permitir hablar desde una perspectiva personal? O, al contrario, ¿su trabajo debe basarse en un estudio objetivo que transmita el mensaje de las obras lo más fielmente posible? La representación es precisamente eso: re-presentación. No creo que sea posible una curaduría objetiva. Incluso en la écfrasis se están tomando decisiones constantemente; ¿describe este o este otro aspecto de la obra? ¿Con qué tono? Y finalmente, ¿por qué esa obra?

An Intellectual History of the Clock, como dijo la comisaria Camilla Larsson tras la exposición, es una experiencia mucho más física que otras exposiciones en las que debemos movernos por una sala. Aunque no se hayan obviado por completo las imágenes, sino las obras originales (excepto la de Gideonsson/Londré), es estimulante ver un trabajo de curaduría tan bien hecho sin tener que moverse una prácticamente de la silla, como si estuvieses viendo una obra de teatro, pero donde las imágenes son más insinuadas que explícitas. La erótica de la imaginación. No me detendré en todos los aspectos estilísticos de la exposición (el proyector sobre una estructura en la pared para no entorpecer el espacio de las sillas, las imágenes en blanco y negro —igual que la vestimenta de la curadora, la disposición de las luces, la música utilizada en momentos clave, etc.). Sólo diré que esos detalles facilitaron la sensación de viajar por el tiempo y el espacio sin despegarse del asiento.

Hay quienes dicen que últimamente hay un exceso de arte performativo, o un exceso del uso del término. Como dice la historiadora Dorothea von Hantelmann, no existe el arte performativo, pues no existe el arte no performativo —en el sentido original del término acuñado por John L. Austin en How to Do Things with Words o por Judith Butler. En este sentido, toda obra es performativa en cuanto a que produce una cierta realidad. Por otro lado, la categoría de arte performativo utilizada desde los años 60 e in crescendo, alude a aquel arte que pretende crear una experiencia física en el cuerpo del público/espectador. ¿Qué consecuencias tiene en el mensaje que recibe el público/espectador el hecho que la experiencia esté orquestada y transmitida de principio a fin por un curador y no por un artista?

Rosalind Krauss dice que el arte basado en la experiencia es atemporal al tener como referencia el propio espacio donde está situado el cuerpo, y no un espacio histórico. Desde el Minimal Art al que se refería Krauss, sin embargo, vemos innumerables ejemplos en los que el arte basado en la experiencia incluye referencias históricas. En An Intellectual History of the Clock la comisaria aporta precisamente ese contexto histórico a las obras como parte de la écfrasis. No obstante, los elementos que hacen más subjetiva la conferencia (la descripción de ‘The Hour of the Wolf’ y la teatralidad) hacen dudar al público/espectador sobre la veracidad de los datos aportados por la comisaria. El público/espectador no es tanto confrontado a su situación espacial o temporal, sino a algo tal vez más importante; su capacidad de someterse a un discurso.

Raquel Machtus es nómada de nacimiento. Además de su avidez por conocer nuevos lugares del mundo, le interesa el nomadismo in situ, es decir, buscar y profundizar en las conexiones no establecidas entre los elementos de un mismo contexto. Asimismo, considera que el arte, analizado desde todas sus facetas, ofrece perspectivas muy interesantes para este nomadismo. Se propone ahondar en ellas.

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