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Magazine

30 julio 2018
Espacio libre, de tensiones

Alberto Ortega

La 16ª edición de la Bienal de Arquitectura de Venecia, curada por Yvonne Farrell y Shelley McNamara, directoras de Grafton Architects, explora la idea de espacio libre, abierto, y sus cualidades. Acorde con el director de la Bienal, Paolo Baratta, tal proyecto se realiza con el objetivo de promover el “deseo” de la arquitectura. Como es de esperarse ante un evento de tal magnitud, las respuestas planteadas por los países participantes son discordantes, asimétricas y, algunas, complejas. Más allá de lo abierto o vago del tema, la ambigüedad que podría provocar el proyecto curatorial, salvo algunas excepciones, la bienal revela el estado del pensamiento arquitectónico global, caracterizado en su mayoría por excesos de significado metido con fórceps y la idealización del experto como mesías.

Pabellones como el británico buscan manifestar el estado sociopolítico actual de su país (¿para qué es una bienal sino para reflexionar lo social y sus interacciones desde la disciplina y para qué sirve una disciplina al final sino para articularse en el mundo?). Titulado oportunamente Island, presenta un recinto vacío perfilado en su exterior por unas escaleras construidas con andamios industriales que dirigen al público a una piazza elevada que parece servir de cimbra esperando recibir una nueva losa. Y la espera es precisamente lo único que sucede (mientras te sirven un té). El recinto vacío del interior, explican los curadores, servirá de plataforma para estudiantes, músicos y otros artistas que lo activen durante la bienal. Un gesto, si bien ligeramente gastado, el de dejar las salas vacías del pabellón, hace sentido ante el aislacionismo de la administración del Reino Unido. Sería quizás, potente, si no fuera una pátina de nostalgia ante los estertores del imperio.

En esta misma línea, un pabellón que diseñó sólo una simple estructura que serviría de plataforma para actividades no determinadas es el escocés. Titulado The Happenstance, a modo de manifiesto entre lo performático y la resistencia política, quizá podría pasar por ingenuo y cliché, pero precisamente por la naturaleza de un evento diseñado para la élite global, su intervención (fuera del Arsenal y del Giardinni) es efectiva. En el distrito de Dorsoduro, el pabellón consiste en un jardín de juegos en un traspatio al que se accede por un callejón con esculturas inflables y mantas que enmarcan la entrada al pabellón. Una estructura de madera con juegos para niños, una improvisada cancha de fútbol, proyecciones de películas, conciertos informales y zonas de descanso. Así proponen los escoceses establecer una relación con los habitantes de la isla, usualmente incómodos ante el exceso de turismo y las excentricidades alrededor de la bienal. Caminando por Vía Fondamento del Soccorso, nos encontramos con un evento que evidencia tal situación. Un grupo pequeño de artistas construyeron un puente flotante bastante simple con el que atravesarían un canal, interrumpiendo el tránsito de botes durante el tiempo que tomó instalar y atravesar, no más de 10 minutos. Tal acción provocó que un veneciano comenzara a gritar a artistas y espectadores que respetáramos la tierra de San Marcos, a sus canales y a su gente mientras agitaba con su mano (y juro que no agrego colorido a la historia) una bandera roja con el león dorado emblema de la isla.

Proyección en el Pabellón escocés.

Un gesto incluyente en The Happenstance es la decisión de invitar a estudiantes como colaboradores del proyecto. Una de las colaboradoras, Lucía Uriarte, española, nos explica que esa es la intención principal del pabellón, cuestionar la estructura que da forma a esos espacios, el acceso y el compromiso con comunidades jóvenes, respondiendo así al tema de la bienal. Por supuesto, tenemos que apuntar que tal visión, aunque carismática, replica las intenciones utópicas que han vuelto infértil el discurso mesiánico que caracteriza a los arquitectos contemporáneos. Con su insistencia ante el community making, parece que miran a la ciudad como un tablero de Monopoly con citas de Lefebvre y David Harvey en las cartas.

Pero la arquitectura como método de exploración puede ser realmente interesante, como bien prueban los pabellones de Lituania, Estonia y Estados Unidos donde mediante investigaciones rigurosas, surgen discursos que desbordan el simple do-good lúdico que replican varios pabellones o el nihilismo cerebral y sin potencia afectiva de otros. El pabellón lituano, titulado The Swamp, a cargo de Studio Urbonas y con colaboradores de varias instituciones de todo el mundo, explora el ecosistema del pantano como plataforma para pensar situaciones híbridas entre prácticas arquitectónicas y artísticas, teoría y pedagogía. Escogiendo no representar un territorio, sino usar la bienal como punto de partida para discusiones más productivas, The Swamp realiza talleres, conferencias, viajes de estudio o una escuela. Uno de tantos proyectos es Hybrid Radio de Nicole L’Hullier. Con este artefacto, la chilena basada en Boston busca “pensar las potencias en la distorsión e interrupción de señales de radio como un ecosistema de comunicación parasítico para reapropiarse del espacio aéreo, el cuál ha sido altamente regulado”. The Swamp deja de lado, acertadamente, la predominancia de la imagen en la discusión arquitectónica para prestar atención tanto a otros sentidos como a otros agentes espaciales. Una de las instalaciones dentro del pantano está enfocada al olfato, sentido no tan presente en las preocupaciones de una disciplina aparentemente obsesionada con la sensualidad y su capacidad de crear sin símbolos memoria y reconocimiento inter-nacional e inter-especie.

Pabellón lituano The Swamp. Foto Norbert Tukaj.

Estonia propone un oxímoron. Weak Monuments es sin duda un ejemplo contundente ante la potencia del pensamiento, sus contradicciones y la especificidad política. Buscando explorar los límites entre espacio público y la representación de la memoria, Estonia hace un statement claro ante lo problemático que es un monumento. Siendo el resultado de una voluntad hegemónica, un monumento suele ser no representativo sino impositivo, la legitimación de un discurso vuelto materia en el espacio cívico. El concepto debilidad (¿o sutileza?) toma así una flexibilidad y resonancia sorprendentes. Una banca en el espacio público (que es la pieza que abre el pabellón), un trozo de banqueta que, literalmente, permite un movimiento fluido en la ciudad o una escalera que, aunque la metáfora sea barata y sus implicaciones obvias, permite el acceso a distintos niveles de visibilidad e interacción entre cuerpo, memoria y acción. Aquí la importancia del foro y el cliché de la escalinata a modo de subjetividad colectiva también toman dimensiones capaces de detonar un pensamiento más fértil que aquel que una identidad petrificada pueda provocar.

Y hablando de piedras, el pabellón mexicano, desafortunadamente, el único eco que provoca es el de una piedra arrojada en lo que queda del lago de Texcoco. Echoes of a Land pasa desapercibido en parte gracias a su nostalgia por lo que pareciera ser el anhelo de una atemporalidad sublime. Aunque comprensible que el enfoque de la curadora vaya al territorio en común, la timidez al no abordar ninguna discusión relevante y necesaria para una disciplina que es precisamente la coyuntura entre población y gobierno resulta reveladora del estado actual del pensamiento arquitectónico (y político). Petrificado y anacrónico. El pabellón no es más que un bello catálogo de maquetas en piedra que abstraen los gestos básicos de los proyectos participantes. Por supuesto, es probable que el presupuesto sea en parte justificación de tales decisiones, pero si estamos “condenados a ser modernos” (materialmente) como presagiaba un pabellón anterior, al menos intentemos hablar de otra cosa que no sean los mismos fundamentos románticos. Pasar de la representación de ideales (sí, en territorios complejos, pero idealizaciones, al fin y al cabo) a la articulación de realidades que desbordan lo formal debe ser algo que los practicantes jóvenes deben considerar si es que apuntamos a una disciplina fértil y agudamente crítica.

¿Y el pabellón español? Una explosión de ese virtuosismo en la representación gráfica que bien podría haber sido sólo un libro. Demasiada información para ser absorbida desde la experiencia. Tal demanda de tiempo y atención valdría la pena si estuviera articulada en el espacio del pabellón y no simplemente superpuesta en los muros, donde más que elucubrar un discurso el contenido queda como ruido de fondo de un presente en crisis. Y cabe aquí una pregunta ligeramente más amplia: ¿es posible que la arquitectura sea capaz de ir más allá de la representación en sus investigaciones? Si el espacio, como tanto se pregona, nace y conforma deseo, pareciera que el exceso de isométricos es mera masturbación del gremio, pues en su erotismo endogámico no deja lugar a otras promiscuidades estéticas y, por tanto, a otros espacios más allá del mundo del especialista y el técnico.

Pabellón español: Becoming. Foto: Ismael Arriola.

Dimensions of Citizenship es el título del pabellón estadounidense, curado por Ann Lui, Mimi Zeiger, Neil Atkins e Iker Gil. Citizen, Civitas, Region, Nation, Globe, Network y Cosmos son los temas con los que el pabellón intenta explorar cuestiones de ciudadanía y las implicaciones de ésta en el espacio construido y discursivo en diversas escalas. Piezas como la videoinstalación de Diller Scoffidio + Renfro en colaboración con Laura Kurgan, Robert G Pietrusko y el Centre for Spatial Research de Columbia University abren un espacio relevante para discutir las asimetrías entre realidad social y representación. Haciendo un análisis de tomas satelitales nocturnas, enfocándose en los puntos más iluminados del globo, presentan una disección de las actividades que se realizan en estas zonas: sin luz, pero con alta densidad de población, o mucha luz y sin habitantes. Tales tomas ponen en evidencia que, mediante el uso de estas imágenes, ciertos agentes políticos toman decisiones y proponen leyes basadas en datos duros que son engañosos. Muestran el binarismo en la representación del mundo: rural-urbano, desarrollado-no desarrollado, rico-pobre. El problema de tal mecanismo es que no sólo representa, sino que precisamente, construye los sujetos que estudia. Shiben Banerji, quien participó como ponente en uno de los varios foros organizados en el pabellón, remarca que esos binarismos son precisamente tecnologías para mundializar el mundo, un mecanismo de creación de ese otro que es punto de extracción. Banerji apunta que, si bien necesitamos escapar de tal dicotomía, primero habría que reconocer la violencia implícita en el llamado derecho a la ciudadanía, pues, según él, un derecho sólo lo es si dentro de sí está la capacidad de ser impuesto violentamente, forzado. Y justo en ese punto, en esa falta de reconocimiento de la violencia implícita en el régimen de la ciudadanía, están las falencias del utopismo que mencionábamos antes. Para “curarnos de la adicción al crecimiento”, quizá valga la pena pensar no en un derecho a la ciudad sino en un deber de la ciudad.

Pero aún hay lugar para una sensualidad lúdica. El pabellón nórdico Another Generosity propone otra interacción entre agentes humanos y no-humanos. Una serie de estructuras neumáticas que responden al tacto, inflándose o desinflándose según el estado previo a la interacción con el cuerpo del visitante, una activación de cuerpos mediante la cercanía. La referencia a órganos genitales, que no deja de ser compleja por obvia, sugiere que toda creación y reacción, en cierto nivel, es amorosa, deseante. Y si es así, ¿qué cualidades deben tener o sugerir un espacio y un objeto para provocar tal raciocinio encarnado y, por lo tanto, un conocimiento? Quizá la respuesta esté donde menos se ve, en los roces ligeros de la vida cotidiana que es, retomando una de varias conversaciones con Banerji, el locus de los afectos y tensiones que tenemos para hacer esos virajes en la construcción del mundo, precisamente mediante un reajuste del deseo. Un deseo que no es mesiánico sino banal.

 

*Imagen de portada: Pabellón nórdico Another Generosity. Foto: Ugo Carmeni.

México, 1989. Artista y arquitecto que vive y trabaja en Chicago.
Candidato a Master of Fine Arts en Arquitectura por el School of the Art Institute of Chicago. Becario de Fundación Jumex Arte Contemporáneo y The John W. Kurtich Foundation.
Sus proyectos y exhibiciones recientes incluyen: In Realtà No, intervención al Ponte dell’Accademia y Designer, Artist, Citizen, Site: exhibición colectiva en Ca’ Foscari Zattere, Venecia, programa asociado del pabellón Dimensions of Citizenship durante la Bienal de Arquitectura de Venecia con las piezas Death of an Unknown Subject y Mechanics of Labor Control.

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)