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Magazine

29 febrero 2016
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Estado de vigilancia, estado de terror

Eduardo Pérez Soler

No es nuevo. Vivimos sometidos a una suerte de panoptismo tecnológico. La generalización de las redes digitales de comunicación ha traído consigo un refinamiento de las estrategias de control sobre nosotros. Y esto ha sido posible, en buena medida, gracias a datos que nosotros mismos proporcionamos sobre nuestra persona. El hecho de vivir en una sociedad hiperconectada ha provocado que la información sobre nuestras ideas, nuestros hábitos y nuestra forma de vida cada vez esté más expuesta. Al utilizar distintos dispositivos conectados a las redes digitales de comunicación, liberamos de manera más o menos consciente datos sobre los más variados aspectos de nuestra existencia. Pero no solo revelamos información cuando expresamos nuestras opiniones y nuestros gustos en las redes sociales, también lo hacemos cuando llevamos a cabo tareas aparentemente tan triviales como, por ejemplo, trazar una ruta en el mapa utilizando aplicaciones como Google Maps; compartir una imagen georreferenciada con nuestro móvil; localizar contenidos mediante buscadores o, simplemente, realizar llamadas telefónicas o enviar mensajes vía WhatsApp. Como se ha advertido en diversas ocasiones, los datos que liberamos ayudan a perfilar patrones que sirven para describir nuestro comportamiento e, incluso, predecir nuestra conducta futura, lo que puede ser utilizado tanto para finalidades comerciales como policiales o militares.

Sin ser siquiera conscientes de ello, estamos cada vez más expuestos a tecnologías de seguimiento extremadamente avanzadas. La torre central de la arquitectura carcelaria de Jeremy Bentham está siendo sustituida por refinadísimos sistemas de monitorización, capaces de registrar con gran precisión actividades anómalas en áreas muy extensas. Así, por ejemplo, la empresa estadounidense Persistent Surveillance Systems ha diseñado sistemas de vigilancia con cámaras instaladas en aeroplanos que permiten registrar las actividades realizadas por personas y vehículos durante varias horas en un área equivalente al de una pequeña ciudad. El objetivo último consiste en exponernos a la mirada permanente de la cámara, con el doble propósito de detectar cualquier comportamiento aberrante por nuestra parte y de evitar que caigamos en la tentación de realizar alguna conducta impropia.

Pero, quizá donde el nuevo panoptismo ofrece su rostro más inquietante es en lo que podríamos definir como la “vigilancia colectiva”, donde el control sobre nosotros ya no está centralizado, sino que se ejerce de manera granular, por las multitudes conectadas en red. En la actualidad, nuestra reputación está fuertemente condicionada por la visión ofrecida por el resto de los individuos que conviven con nosotros en las redes sociales y las comunidades virtuales; nuestro prestigio depende en buena medida de los comentarios y puntuaciones recibidas por nuestras creaciones en las distintas plataformas de Internet. Ya no son instituciones formales las que nos juzgan: ahora esta tarea recae en nuestros conciudadanos digitales.

Por otro lado, la velocidad con la que circula la información en las redes digitales puede provocar que cualquier dato ofrecido por alguna persona sobre nosotros en Internet quede expuesta al escrutinio multitudinario de forma automática. En la sociedad hiperconectada, todo individuo con acceso a Internet es un potencial informante que puede influir en nuestra reputación. En otras palabras, las tecnologías digitales nos hacen transparentes y nos mantienen expuestos de forma constante a la mirada vigilante de los usuarios de las redes.

Vistas así las cosas, parece evidente que el grueso de la población vive bajo un estado de control permanente. Sin embargo, algunos sujetos escapan, aunque solo sea por cortos lapsos, a la mirada escrutadora del nuevo panóptico; existen individuos que logran ocupar zonas oscuras, situadas al abrigo de los sistemas electrónicos de vigilancia. Son las personas que, de una forma u otra se sitúan en los márgenes de nuestro mundo digitalizado: los delincuentes y los terroristas, los inmigrantes “sin papeles” y, en cierto modo, los parados, forman parte de un conjunto de individuos que se ocultan –aunque solo sea de forma momentánea– en puntos ciegos de los sistemas de control electrónico.

Terroristas, delincuentes y “sin papeles” tienen en común la capacidad de escapar a los sistemas de control policial y judicial. Todos ellos ocupan un espacio situado en los márgenes de la ley. Los desempleados, por su lado, se sitúan por fuera del ámbito de control de los sistemas que rigen la organización del trabajo y, hasta un cierto punto, del consumo. Su lugar está más allá de los sistemas de producción planificada. Ahora bien, que estos individuos tengan un lugar marginal en el nuevo panóptico no quiere decir que no desempeñen papel alguno en la sociedad hiperconectada. De hecho, su existencia es fundamental para legitimar la lógica de la vigilancia y el control de los Estados contemporáneos. De acuerdo con pensadores como Michael Hardt y Antonio Negri, la instrumentalización del miedo se ha convertido en una estrategia fundamental para mantener el orden en el seno de las sociedades hiperconectadas. Y como sabemos, la atemorización de la gente se ha venido utilizando de manera recurrente para imponer políticas de control social y económico en muchas naciones.

Así, la lucha contra el terrorismo y las redes criminales internacionales se ha convertido en argumento para recortar derechos y libertades, y para impulsar leyes cuya finalidad última es controlar la disensión. Del mismo modo, numerosos gobiernos agitan el fantasma del desempleado para imponer políticas desreguladoras y desmantelar derechos laborales. El temor a no tener trabajo –o a perderlo– es usado de manera estratégica para desarticular cualquier acto de contestación contra el desmantelamiento de Estado de Bienestar en Europa y América del Norte. Tal como afirman Hardt y Negri: “El miedo constante a la pobreza y la angustia ante el futuro son las claves para crear una lucha entre los pobres por obtener trabajo y para mantener el conflicto en el seno del proletariado imperial.”[[ Michael Hardt y Antonio Negri: Imperio, Barcelona, Paidós, 2002, pág, 310.]]

No en vano, el terror es uno de los pilares sobre los que se asienta la sociedad del control. Su existencia es necesaria para justificar la persistencia y el refinamiento constante de las estrategias de vigilancia que se han ido imponiendo en nuestro tiempo. Necesitamos estar atemorizados de forma constante ante peligros, verdaderos o supuestos, para tolerar un escrutinio constante de nuestras vidas y la monitorización permanente de nuestra existencia. El miedo al otro –ya cobre la forma del inmigrante, el delincuente, el terrorista, el parado o las cuatro cosas a la vez– es lo que nos hace creer que el control y la vigilancia son necesarios, y lo que nos compele a tolerar su presencia con resignación.

Eduardo Pérez Soler piensa que el arte –como Buda– ha muerto, aunque su sombra aún se proyecta sobre la cueva. Sin embargo, este hecho lamentable no le impide seguir reflexionando, debatiendo y escribiendo sobre las más distintas formas de creación.

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