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Magazine

12 marzo 2018
¿Feminazis?

Xavier Acarín

En los argumentarios más selectos de la ultraderecha neoliberal y fascistoide, se elaboran frases como perlas para potenciar una visión del mundo como acumulación pasiva lista para ser explotada. Una voz que retruena en las cloacas y las cavernas, con frases como “las visten como putas” o “la maté porque era mía”, frases que cuajan en la sociedad y sedimentan a individuos volviéndolos duros como piedras. Es el sexismo y la ignorancia celebrados en esos reality shows, donde bajo la apariencia de jóvenes hípsters tatuados se mueven los mismos monstruos de siempre. Discursos elaborados para intoxicar, que usan citas de García Márquez o versos del Corán para, una vez más, reafirmar la alianza del poder-hombre. Una opinión generalizada que permite acosar a mujeres, ridiculizar la creatividad, encarcelar a raperos, dinamitar Palmira, maltratar animales, contaminar la comida, atropellar a la masa paseante, pegar a señoras mayores, disparar a escolares, y por supuesto, violar en manada. Un mundo de machos que deben demostrar continuadamente su hombría, una competitividad musculosa que, en el gimnasio, en la familia y en el trabajo, se ejerce con un profesionalismo pragmático con aires de capitalismo angloamericano. Es el éxito reconocido en la producción de las masculinidades tradicionales, ambición de tiburón en tierra, desprecio a las verdades ajenas y arrogancia para con todos. Más aún, no hay éxito que no esté basado en la demostración de esta dominación, ya sea física o conceptual, que se hace presente en la segregación urbana, el diseño de interiores, la gesticulación interpersonal, el uso del lenguaje y, en algunos países avanzados, el patrocinio del arte y la cultura. Estos son los límites que definen una clase potentada y una forma de disciplinar a las clases aspiracionales que creen o esperan compartir los círculos de poder.

Esta constante sensación de desazón que acompaña nuestra contemporaneidad tardía viene parcialmente dada por lo intrincado de las crisis actuales. En ellas juega un papel perentorio el patriarcado colonialista, que cabalga en nuestras mentes y costumbres, que se sabe invencible y que ejerce cada día el poder del miedo. Una mentalidad que ha organizado el mundo y controlado sus recursos, que se ha vuelto era geológica y que está presente en los gabinetes de la gobernanza global. Más allá de los Temer, Erdogan, Putin, Trump, Duterte, Modi, Xi, Zuma, Orbán o Netanyahu, esta es una globalización que aprovecha la ansiedad producto de la misma para organizar una reacción autoritaria que atrapa y aísla a los ciudadanos en el paro, la pobreza, la inmigración y el fracaso social. En este sentido, España es un laboratorio. Nuestro macho alfa da lecciones de democracia sin haber sido votado, la corrupción es aceptada como modelo de funcionamiento, desaparecen las pensiones, se caricaturiza a las víctimas del machismo y se atropella la libertad de expresión mientras la izquierda oficial obedece a las voluntades de los poderes fácticos. Lo que hay frente a todo esto no puede ser sólo una movilización de las sensibilidades o un buenismo alter-mundialista, ya que esa vía no lleva a un programa para la sociedad global y por tanto resulta insuficiente para un cambio de paradigma.

Tres ejemplos recientes trazan nuevas perspectivas sobre el feminismo:

Del cruce con el Acceleracionismo, surgió el Xenofeminismo, que busca aprovechar la alienación como espacio revulsivo, subrayando lo trans como estadio intermedio que evita cerrarse en las identidades para encontrar una movilización globalista. Entre sus propuestas está la de abolir el género, como “manera de enunciar la ambición de construir una sociedad donde las características ensambladas actualmente bajo la rúbrica del género ya no construyan una red para la asimétrica operación del poder”. XF amplía la interseccionalidad para incluir la tecnología y presta atención a las nuevas formas de reproducción como vía para cuestionar el determinismo natural, en la línea de Haraway y Preciado. Esta primavera sale el libro de Helen Hester, así que tendremos más material al respecto. La herencia del Cyberfeminismo se incorpora al Acceleracionismo de izquierda, resaltando la importancia de la insurrección de los aparatos de dominación y el reconocimiento de una organización horizontal, capaz de ser eficaz sin jerarquía.

Por su lado, el Object Oriented Feminism ejerce una crítica a la pléyade de hombres que han desarrollado una teoría basada en los objetos como entes robustos e indiferentes. En su contribución al libro editado por Katherine Behar (2016), Elizabeth A. Povinelli repasa a Harman y Meillassoux en su esfuerzo para – simplificadamente – aislar a objetos de sus ensamblajes y así poder descentrar las condiciones sociales y políticas. Cae el velo que cubría lo reaccionario del realismo especulativo y se viene a evidenciar cómo una filosofía que da primacía a los objetos no pensó en quiénes han sido considerado objetos y sujetos del poder-hombre. Un ejemplo oblicuo puede ser el de la dominatrix afroamericana que obliga a sus clientes a leer feminismo negro, para entender como es ser un objeto bajo dominación, no ya de otra persona, sino de todo un sistema.

Como tercera adición, el nuevo libro de Jack Halberstam (2018), donde se repasa el desencuentro entre el activismo trans y el feminismo, para indagar en cómo sería una coalición para desbaratar el machismo resurgente en los Estados Unidos. Al centrar la atención en los modos transicionales de vida, Halberstam abre la compuerta a un espacio futuro de relación. El cuerpo como una arquitectura Lego en constante composición, que no fija las identidades, sino que, al contrario, ejerce una experimentación continua con la vida, el devenir y el contacto con los otros. En vez de una arquitectura que aísla, necesitamos una fluidez entre entidades que puedan constituir ensamblajes y coaliciones, una arquitectura queer que incite y genere vidas en transformación.

Estos pensamientos dimensionan al feminismo, ya no sólo como un discurso sensible a las desigualdades, sino como una práctica que entrelaza luchas y campos de acción. Desde la crisis ecológica hasta la precariedad vital, el capital-hombre amenaza y condiciona el futuro colectivo. Como decía Sadie Plant, “el patriarcado es la precondición de todas las formas de propiedad y control, el modelo de cada poder ejercido y la base de toda subyugación”. Lo sabemos, no hay procesos de emancipación que no comporten un cambio total en las relaciones de poder, entre humanos, entre especies y entre máquinas. La radicalidad de las propuestas se basa en la concepción de red y ensamblaje, que refuerza un espacio común, transversal y abierto al cambio total y constante.

Hay ejemplos en el arte contemporáneo que quieren desbaratar los mecanismos del poder. El artista moviliza, articula, explora, indaga con su práctica una forma de subvertir, alimentar, condicionar, experimentar, ejercer un espacio de posibilidad, cambio, diferencia, transición que propone, interpela, incorpora, dialoga con el público para que éste piense, proyecte o active unas coordenadas concretas de vivencia. Es el arte contemporáneo constituido como régimen estético-conceptual de exaltación de la indeterminación, la práctica social, pero también mucho del trabajo basado en el cuerpo, en el género y en una crítica a las estructuras de poder. Suhail Malik, Armen Avanessian y Tirdad Zolghadr han cuestionado la efectividad de este régimen, al ser tratado como simple contenido a manos de los mismos poderes que dice contravenir. El artista es un objeto, usado y rentabilizado como productor de tendencias y horizontes. Algo que no es necesariamente malo, si es la intención del creador, pero entraña ciertas dudas cuando el creador busca minar la mentalidad de la dominación.

Sólo en laboratorios como España hay quien se indigna con una estatua de Franco en un frigorífico o con las imágenes de presos políticos colgados en ARCO. Una reacción que demuestra lo claustrofóbico del ambiente, y que pone en evidencia la desconexión entre arte y sociedad. ¿Hay alguien – no vinculado al arte –  que recuerde el pabellón de España que Santiago Sierra hizo en la Bienal de Venecia del 2003? En pleno Aznarato, se cerró el pabellón para que sólo aquellos con DNI español pudieran entrar. Es inimaginable la que se armaría hoy con tal propuesta. Un caso que nos señala, muy a nuestro pesar, la poca memoria y la poca repercusión – más allá de la comidilla de unos días – de este tipo de propuestas, es decir el papel que ejerce el artista como incitador social. En España, el artista (como cualquier otro profesional de la cultura que no sea funcionario) ocupa un lugar residual, infantil, frágil, y es considerado como sensible y femenino (sí, así, despectivamente), algo que se ha ido fraguando a través de los años, gracias a la cultura de la subvención que reserva a las artes un papel sumiso de pleitesía al poder y a frases que nos recuerdan a un mismo argumentario: “¿esto?, esto te lo hace mi hija de cinco años” (sí, hija, así despectivamente).

El artista es el trabajador invisible, el precario de la esquina, el que no puede acceder a los círculos internacionales por falta de una política cultural exterior coherente, el que depende de una subvención y vive de otra cosa. Esta situación busca pauperizar a los creadores, eliminarlos del elenco de profesionales a tener en cuenta y hacerlos objetos, fichas de un tablero donde juegan políticos y subalternos, quienes a su vez se erigen cómo los auténticos grandes artistas. Esto se traduce en la espeluznante escena de Pujol explicando la historia del arte catalán en el documental sobre el MACBA, o en Fraga proyectando la Ciudad de la Cultura de Santiago, y en tantos y tantos otros despilfarros que se han hecho en nombre del arte y la cultura y que, en el fondo, eran monumentos a la megalomanía de unos cuantos machitos.

Frente a ello, no podemos seguir pensando que las prácticas progres de siempre van a reposicionar al artista como agente de transformación. Es cierto que no todos los artistas están en esta disyuntiva, pero para aquéllos que sí quieren tener una incidencia y retar los esquemas del poder, aparecen preguntas necesarias: ¿Cómo ser efectivo en la disidencia? ¿Qué hacer?

Xavi Acarín está fascinado con la experiencia como motor de la cultura contemporánea. Ha trabajado para centros de arte y organizaciones culturales tanto en Barcelona como en Nueva York, con especial atención a la performance y a la instalación.

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