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Magazine

21 junio 2010
Halfhouse. O darlo todo

Frederic Montornés

Un espacio expositivo en un apartamento. Los responsables de Halfhouse convierten la mitad de su piso en una sala de exposiciones. Toda una declaración de intenciones de hasta qué punto creen en la necesidad de tirar adelante con propuestas artísticas que asuman el riesgo, que partan de la emoción y que demuestren que sí, que es posible.


Al hilo de lo que se apuntaba en la editorial del número 60 de A*DESK en relación al hecho de mirar hacia los lados cuando se trata de hallar algún tipo de explicación, por ejemplo, a esas incógnitas que hacen compleja nuestra existencia, se podría decir que otra de las posibles caras con las que se puede representar esta reacción tan naturalmente humana sería la que se oculta detrás de aquellas iniciativas artísticas que, impulsadas mayormente desde los márgenes del sistema más ortodoxo del arte, nacen, transcurren y gozan de una salud envidiable mientras el proyecto se mantiene en pie, se puede alimentar de la energía de quienes las impulsan o consiguen darle forma a cada una de sus propuestas ajenos al engranaje del que huyeron para constituirse alrededor de lo que, para todos, se englobaría en una sola y simple palabra: alternativa. Un vocablo tan agotado por el uso y abuso que se ha hecho de él por bien que todavía sigue siendo capaz de albergar en su significado aquello que hoy en día se echa tanto de menos y que son pocos a los que interesa por la nimiedad de sus dividendos: el impulso creativo, la fascinación que despierta en el receptor/consumidor, los interrogantes que abre. En suma, a la posibilidad de exponer(se) en público sin la presión de ese triunfo que se incita alcanzar desde la escuela, la rentabilidad inmediata de cualquier operación artística, la aceptación casi unánime de la crítica, la promesa de una exposición individual en instituciones de prestigio o la inclusión en una colectiva de calado comisariada por una de esas estrellas tan contemporáneas como rutilantes, y, sobre todo, efímeras.

El hecho de que en momentos como el actual se opte por agudizar el ingenio para colmar una necesidad que, tal como reza el título de la 15th Tallinn Print Triennial –a saber: “for love not money”-, no siempre es conmensurable ni tampoco exclusiva del ámbito mercantil, no nos debe sorprender; es algo que aparece periódicamente actuando como garante de ese oxígeno que necesita el arte para seguir recordando a quienes lo “usan” cuál es el origen del sistema del que somos partícipes quien escribe esto y quienes lo leen.

Equiparadas a una especie de maniobra de subsistencia o como uno de esos gestos de absoluta transparencia que, promovidos por artistas o personal cercano, nacen como reacción a la aparición periódica de esa situación de las artes en la sociedad que, entre la incierta deriva mercantil y la ausencia de unos objetivos claros, nos intenta hacer creer que el sentido del quehacer de un artista apenas se inscribe en el engranaje del que curiosamente es su motor, las propuestas que ven la luz al margen del circuito habitual del arte han sido y son un síntoma de que su voz también se debe escuchar en otro tipo de escenarios, que también pueden ser la respuesta de un artista a expresarse, que no es necesario que siempre sea bendecida, que también puede preguntar, por ejemplo, hacia dónde vamos o qué queremos y que también puede hacer que se acerque al arte otro tipo de público que hasta el momento no lo hacía. Por ejemplo, los vecinos del edificio donde se encuentren. Y es que si, además de aquel impulso creativo al que nos hemos referido, hay algo en común entre estas iniciativas es que una buena parte de las que aparecen siempre lo hacen en estudios de artistas o pisos habitados por los impulsores de estos proyectos. Si la parte económica es un impedimento, esto es una consecuencia de la búsqueda de su espacio.

No creo que una ciudad sea mejor ni peor que otra ni tampoco que lo que le falte sea exactamente lo que tienen las demás. Cada una es como es y si no es otra cosa es porque no puede ser. De modo que, con el fin de no entrar en consideraciones que razonen la aparición de un “espacio alternativo” sobre la base de su idiosincrásica especificidad territorial, diremos que la creación de este tipo de iniciativas en el intersticio entre el espacio creativo del artista (a lamentar la cursilería del término) y una sala de exposición habitual es algo que responde más a los aires de un tiempo desencantado que a cualquier cosa que tenga que ver con competencias desleales. Es más, cuando cambia de estatutos porque a alguno de sus miembros se le ocurre rentabilizar lo que nació como un impulso entre inconsciente, razonable y contrario al letargo, es cuando mueren de inanición al no disponer de la infraestructura que se requiere.

Desde hace poco menos de medio año existe un espacio en Barcelona que, impulsado por un grupo de artistas, apela en la redacción de su manifiesto de gestación a la voluntad de darle voz al error por la importancia que tiene en todo proceso creativo. Por bien que lo que se acaba de decir podría parecer una tontería si no fuera porque quienes lo escriben son quienes impulsan la iniciativa, el hecho de que sea el error uno de los motivos que justifican el nacimiento de este lugar no es si no el reflejo de la práctica desaparición y ausencia real de espacios abiertos a la experimentación y a la consideración de que registros tan humanos también puede ser el origen de la programación que desarrollen.

Ocupando la mitad de la vivienda donde habitan dos de los integrantes del colectivo que, para seguir defendiendo los principios por los que convirtieron su casa en un espacio híbrido entre espacio de exposición y de intercambio y comunicación artística, se ha tenido que registrar para tener acceso a cualquier tipo de subvención, la Halfhouse es un espacio de unos 10 metros cuadrados que, desde el momento en que abrió sus puertas en diciembre de 2009, ya ha conseguido mostrar en público la obra de veinte artistas vinculados no sólo al grupo de amigos al cual pertenecen sus fundadores si no que también otros artistas que se han adherido al proyecto atraídos por la energía de este tipo de proyectos tan recurrentes, la tortilla de patatas y el vino que dicen que sirven durante la inauguración y, sobre todo, la posibilidad de apreciar desde un ámbito doméstico a la par que experimental el sabor del derecho a atinar o equivocarse.

La exposición que realizaron para inaugurar el espacio y que giró en torno a la obra de quince artistas capaz de condensar su razón de existir en un video de no más de un minuto, dio pie a una segunda exposición entendida como una suerte de carambola iniciada por Paloma Polo y concluida por Florian Köhler. Se trata de una exposición que, naciendo de la fascinación de los organizadores por la investigación de Polo en torno a la confluencia en un mismo registro de narrativas procedentes de la ficción y la realidad, se consolida a partir de la confianza en la sugerencia del artista que les propusiera y en la posibilidad de ampliar la participación (no más de cinco; el espacio no da para tanto) a partir de una insospechada correlación de artistas. Junto a una obra de cada uno de los que hemos mencionado, otras de las obras que se pueden ver en Five platoniq solids son las de Daniel Jacoby (con un viaje a un área europea del google earth que el día que fue captada por el satélite estaba cubierta por una densa capa de nubes), Christian Friedrich (y su propuesta videográfica reflejo de su tortuoso y experiencial trabajo escultórico) y Johannes Wald (con una de las propuestas más evocadoras de la exposición: un móvil de eficacísima simplicidad).

Por bien que las exposiciones que han realizado hasta ahora son dos colectivas y un trabajo colectivo, la intención de los organizadores de este espacio es abrirse a otros formatos y dar cabida a otras posibilidades. Por ello, junto a la realización de las exposiciones que tienen programadas no descartan la posibilidad de realizar alguna que otra performance, encuentros con otros artistas, charlas con agentes del sector, conferencias vinculadas -o no- a cada una de sus propuestas y, como no, exposiciones consagradas a un solo artista.. Como prueba del paso de cada exposición por este espacio mitad casa/ mitad sala de exposición, Renata Lucas –una de las participantes en la primera exposición- inició lo que, de seguir así, se podría convertir en otra de las peculiaridades de este lugar: camuflar una obra en cualquier lugar de la casa con el ánimo de que permanezca.

Cuando Frederic Montornés obtiene su licenciatura en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona, lo único que tiene claro es su deseo de centrarse activamente en el análisis de las prácticas artísticas que le permiten acercarse al arte desde la propia experiencia. También colecciona sombreros para caballero de la talla 57, práctica iniciada a los 15 años como homenaje a aquel Ocaña que veía pasear por Las Ramblas.

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)