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Magazine

01 febrero 2016
Hito Steyerl en el MNCARS.@a-desk.org
Hito Steyerl. Refinamiento tecnológico y estupidez moral

Rosa Naharro

Vivimos en un mundo de circulación generalizada en el que todos navegamos por espacios digitales, financieros o comunicativos. En las sociedades actuales, la soberanía de los países se ha reducido de forma notable ante un mundo global desgobernado, y son los intereses económicos los que modifican las reglas del juego. La imagen del mundo que percibimos se perfila entre lo líquido y lo gaseoso, entre el tráfico de navieras que mueven el mundo y transportan por mar la mayoría de productos que consumimos, y los millones de bits invisibles generados por máquinas que circulan por Internet y a los que no tenemos acceso.

Duty-Free Art es la exposición de Hito Steyerl en el Museo Reina Sofía. Artista, activista, teórica del arte y la comunicación, alumna de Harun Farocki y en la línea de artistas como Allan Sekula, Steyerl es una figura muy respetada por la comunidad artística, debido en parte a la profusión de sus escritos y teorías, recopilados el pasado año en el ensayo Condenados a la pantalla[[Hito Steyerl, Los condenados de la pantalla, Ed. Caja negra, 2014.]]. En sintonía con el pensamiento de autores como Zygmunt Bauman, Steyerl acuñó el término circulacionismo para definir un mundo líquido e inmaterial de datos interconectados, en el que las imágenes son producidas, distribuidas y consumidas en el marco de un capitalismo audiovisual. No olvidemos que la información no fluye en el vacío sino que se presenta en un marco político y tecnológico ya dado y organizado en jerarquías de poder.

La exposición está articulada a través de trece vídeo-instalaciones con una media de duración de cuarenta minutos cada una de ellas. Pero hasta lo bueno cansa. Lejos de ser ameno, el conjunto invita a la traición y a querer pasar de puntillas sala tras sala. Sin embargo, a pesar del factor humano- la fatiga- el trabajo de Hito nos «condena a la pantalla» porque expone miedos compartidos y asuntos que nos atañen a todos: la vigilancia y el control persistentes del que nadie escapa, la irresponsabilidad política generalizada, el detrimento de la experiencia real en un mundo cada vez más mediatizado, la crisis económica actual y sus efectos o la existencia de cada vez más «agujeros negros» de los que nadie se hace responsable. En el prólogo del citado ensayo, el filósofo Franco Berardi, Bifo, a partir de un texto de Hito Steyerl, Los Spam de la tierra: desertar de la representación, nos alerta sobre una sociedad futura ya extinguida en la que unos extraterrestres se asombrarán algún día de «nuestra increíble mezcla de refinamiento tecnológico y nuestra extrema estupidez moral».

Gilles Lipovetsky escribía ya en los años noventa sobre una efervescencia ética-aunque indolora y puntual-, en la que el sufrimiento de los demás y las injusticias ajenas nos resultaban insoportables porque atentaban contra nuestra propia calidad y estilo de vida. Hoy de nuevo, y desde todas partes, se nos exhorta con imperativos éticos: debemos proteger el medio ambiente; ser hospitalarios con los movimientos migratorios; guiarnos por buenas prácticas; crear códigos deontológicos y emprender acciones humanitarias. En definitiva, debemos ser responsables con nosotros mismos -lo que ha provocado una histeria generalizada hacía el cuidado del Yo-, pero también hacernos cargo y aceptar la culpa de cuanto nos rodea, desde la degradación del medio ambiente hasta la sobreexplotación en países subdesarrollados. Y sobre todo, y quizá aquí lo relevante, el ciudadano de a pie exige ahora una ética a los gobiernos, es decir, «una ética pública» -esperemos que no indolora- que nos salvaguarde de la infinitud de riesgos globales que parecen acechar al ser humano. Otro asunto es si seremos capaces de asumir los sacrificios y renuncias necesarios para vivir en un mundo más ético.

Varios de estos temas están presentes en la obra de Steyerl. En la pieza que da título a la exposición, Duty Art Free, revela la anormalidad de los depósitos de arte en zonas francas, enormes naves industriales donde hay coleccionistas que guardan sus obras para evitar pagar los correspondientes impuestos. Steyerl nos cuenta algunos de los entresijos y conexiones más deshonestas del arte con el capitalismo, como el centenar de correos difundidos por WikiLeaks entre el presidente sirio Bachar el-Assad y tres despachos de importantes arquitectos. En Is the Museum a Battelfield? (2013), una conferencia-performance realizada durante la Bienal de Estambul, la artista cuestiona la procedencia de los fondos de los museos, a los que considera como «campos de batalla» política. Durante la conferencia, la artista sentencia que “para atacar al museo primero hay que atacar a la pantalla”, una declaración de intenciones que encontramos materializada en la primera sala del recorrido, Strike (2010), un vídeo en el que vemos a la artista golpear con un cincel la pantalla de un televisor. Sólo que en este caso el museo en el que se expone permanece intacto.

En Guards (2012), Steyerl presenta a unos militares que ensayan estrategias de defensa y ataque ante un “objetivo débil”: el museo. El visitante se convierte así en una amenaza para las obras. How Not to Be Seen: A Fucking Didactic Educational. MOV File (2014), nos ofrece una especie de manual para ser invisibles y escapar de la continua vigilancia que padecemos. Sobre la saturación y la circulación de imágenes reflexiona Liquidity, Inc. (2014), donde el agua se convierte en una metáfora, que enlaza a su vez con la idea de circulacionismo que ha desarrollado en sus escritos. In Free Fall (2010), nos convierte en protagonistas de un accidente de avión, relacionándolo con la crisis económica actual.

Que surjan voces críticas desde el arte es obligado, en tanto que el arte y la cultura no quedan al margen de la barbarie. O en palabras del teórico Peter Osborne, que cita Steyerl textualmente en la pieza Duty Free Art: «el problema del arte es que no tiene un espacio común». Es quizá el momento de construirlo y de que el arte y los museos también asuman su parte de responsabilidad en este enjambre de malas prácticas que nos condena a todos a ser cómplices.

Rosa Naharro intenta pensar el presente, así como sus distintos contextos, a través de la cultura y el arte contemporáneo. Ver exposiciones, escribir, leer, el cine, la música y hasta las conversaciones con amigos pasan a ser herramientas. Entender e interpretar “ algo” de esto que llamamos mundo se convierte en una autoimposición, así como tomar cierto posicionamiento, que no distancia, ante él. Compagina escribir en A*Desk con su tesis doctoral en la UCM, y trabaja en proyectos desde la gestión cultural

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)