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20 junio 2016
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Huéspedes los unos de los otros

Rosa Naharro

Vivimos en una realidad compleja que obedece a un mundo amenazado y lleno de riesgos globales ante los cuales todos estamos expuestos y nadie se hace responsable, y que en cierto modo señalan el fracaso de un proyecto colectivo. La gestión de la globalización ha supuesto hasta ahora para muchos países una reducción importante de su soberanía y de su capacidad para tomar decisiones en cuestiones que influyen directamente en la calidad de vida de sus habitantes. En la actualidad, son muchas las voces que defienden la posibilidad de una globalización diferente, como si «lo posible» abanderara hoy una nueva significación que traspasase la barrera de lo «factible». En la última década de su vida, José Luis Sampedro publicó una serie de ensayos a favor de una globalización total y humanitaria – ¡Globalicemos todo![[José Luís Sampedro, Multimegamuchaglobalización, 2007. Ed. Universidad]]!- que fuese extensible al resto de ámbitos de la vida y no sólo estuviese limitada a la economía.

En este escenario de incertidumbres compartidas y bienes comunes, la cultura es hoy decisiva en tanto que otorga significado al mundo y posibilita nuevos espacios de apertura e interpretación. A menudo, cuando se habla de globalización cultural se hace referencia a los problemas asociados a la masificación del turismo y a la mundialización de los museos de arte y de sus exposiciones. Sin embargo, el principal peligro de la globalización cultural no es la homogeneización, – que también-, sino su pérdida de valor y significancia en un mundo orientado casi exclusivamente a la rentabilidad económica. Es en este punto donde la cultura es vulnerable, en tanto que su valor queda supeditado a condicionantes que le son ajenos.

En este sentido, cada vez son más las instituciones culturales y museos que se enfrentan a esta realidad compleja desde dentro y que crean espacios de discusión acerca de aspectos que configuran y/o ensombrecen lo global: la ecología y el cambio climático; el futuro de Europa; la cuestión sobre los espacios comunes y sus usos; la crisis del capitalismo y el retroceso de la democracia; la inmigración y el drama de los refugiados; el acceso a la información y al conocimiento; el postcolonialismo; la bioética, etc. Son temas habituales, que en los últimos años, nutren la programación de muchos centros de arte y museos y que vertebran sus programas educativos. El pasado mes de abril, el MACBA de Barcelona, organizó el seminario Los Desafíos del arte global con el objetivo de analizar un arte global y los múltiples retos que éste plantea. El Museo Reina Sofía ha organizado en estas fechas Fuerza de trabajo, precaridad y superexplotación en los circuitos del capitalismo global, centrado en las condiciones de trabajo en diferentes contextos internacionales. También, el pasado mes de abril, el CA2M en Móstoles, organizó unas jornadas abiertas sobre el cambio climático, el pico del petróleo y la crisis socioeconómica a escala global. Sólo por mencionar algunos ejemplos recientes.

Sin embargo, ¿hasta qué punto afectan este tipo de contenidos a las instituciones que los acogen? Que teoricen y amplíen las posibilidades de debate en torno a la globalización y sus diversos efectos es ineludible, en tanto las instituciones culturales también adolecen de esta vulnerabilidad ante la falta de credibilidad y desconfianza hacia ellas en el presente. El arte y la cultura deben dar cuenta del mundo que habitamos a través del análisis de su funcionamiento político, económico y social. Sin embargo, no es suficiente con albergar «contenidos progres», – que no siempre pertenecen a un determinado espectro ideológico-. Se trataría más bien de aplicar una «ética cultural» que diese respuestas y fuese coherente con las preocupaciones y demandas de las sociedades en las que se inserta, así como que hubiese una correspondencia entre el enunciado de esos contenidos y en la forma en la que se gestionan las propias instituciones. Teorizar sobre ecología cuando no se establece ningún protocolo en cuanto a la protección del medio ambiente no es responsable, de la misma forma que reflexionar acerca de neoliberalismo y precariedad al mismo tiempo que los empleados de esa institución tienen contratos inestables, o inexistentes, es contradictorio. Y sobre esto último, todos conocemos ejemplos: la huelga que mantienen a fecha de hoy los empleados del sector de atención al público de distintos museos en Barcelona- MACBA incluido-, o el conflicto que estalló hace unos meses en La Laboral de Gijón debido a la precariedad en la que trabajaba gran parte de su equipo. Sin embargo, en ocasiones, las buenas intenciones no son suficientes; se necesita además voluntad política y cierta autonomía, así como un renovado marco jurídico y administrativo- que integre códigos de conducta ética-, que facilite cierta independencia en la toma de decisiones de las instituciones.

El filósofo Daniel Innerarity, en su ensayo Ética de la hospitalidad[[Daniel Innerarity, Ética de la hospitalidad, 2001]], recurre a una metáfora universal como es la «hospitalidad» para articular una reflexión en torno a una ética más cercana que implica conceptos como generosidad, apertura y una disposición favorable hacia lo complejo, así como una forma de gestionar la diferencia y hacer frente a una vulnerabilidad que es al mismo tiempo intrínseca al ser humano. La hospitalidad tendría pues como función primordial reducir la incertidumbre que implica la idea de recibir al extraño, a lo diferente. A partir de una frase de George Steiner, «somos huéspedes los unos de los otros»,- es decir, somos huéspedes y anfitriones a un mismo tiempo-, Innerarity defiende un mundo en el que se imponga la estructura de la recepción y el encuentro con los otros, y en el que se produzca una «contraprestación de servicios».

Y a tenor de esta contraprestación, una institución cultural pública financiada con dinero público tiene la responsabilidad, en la medida de sus posibilidades, de mejorar la vida de los ciudadanos; hacer comprensible lo complejo, o dar códigos para ello a través del acceso al conocimiento y de experiencias no mediadas que disminuyan la sensación de fragilidad frente a los otros y lo no semejante; inventar nuevas formas de colaboración; ser centro de recepción y encuentro y fortalecer, en cualquier caso, el tejido social y cultural en el que se desarrolla. De igual forma, debe apelar a la responsabilidad- y dar ejemplo-, en tanto que hoy más que nunca somos conscientes de que vivimos en un mundo compartido y que cada acción que acometemos, de forma individual y colectiva, por nimia que sea, conlleva consecuencias que desdibujan un posible destino común.

Rosa Naharro intenta pensar el presente, así como sus distintos contextos, a través de la cultura y el arte contemporáneo. Ver exposiciones, escribir, leer, el cine, la música y hasta las conversaciones con amigos pasan a ser herramientas. Entender e interpretar “ algo” de esto que llamamos mundo se convierte en una autoimposición, así como tomar cierto posicionamiento, que no distancia, ante él. Compagina escribir en A*Desk con su tesis doctoral en la UCM, y trabaja en proyectos desde la gestión cultural

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)