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Magazine

10 septiembre 2018
Jeremy Shaw. Cuantificación y éxtasis

María Muñoz

La humanidad ha empleado desde siempre rituales para recobrar el equilibrio ante turbaciones provocadas por el desorden del mundo y sus comportamientos vertiginosos. La violencia, las catástrofes naturales o la enfermedad se encuentran en el origen de numerosas prácticas rituales. Los excesos colectivos forman asimismo parte de una tradición ancestral. Hay rituales vinculados a acontecimientos míticos, como las antiguas bacanales dedicadas a Dionisio que, además de ser representaciones dramáticas y líricas, incluían desenfrenadas danzas, tumultuosos desfiles, orgías, ritos extáticos y consumo de vino. Por otro lado, las drogas –legales e ilegales– se han utilizado desde tiempo inmemorable, asociadas –o no– a rituales como, por ejemplo, el uso de los alucinógenos en la cultura inca (que data de 8600 AC) y del opio por los sumerios (de 5000 AC).

Sea lo que sea que la humanidad ha ingerido, los artistas se cuentan entre sus usuarios más notorios. Por citar un caso, véanse las vanguardias de principios del siglo XX, en concreto los surrealistas y su pasión por los psicodélicos. Y es que la relación de los artistas con las drogas se hace única por el hecho de que comunican esas experiencias a través del arte, integrando incluso la ingesta en su práctica, como lo hace Marina Abramović en Rhythm 2 (1974) o en el caso de Rob Pruitt, quien invita a los espectadores a esnifar la obra Cocaine Buffet (1994) cual Narcisos, que consistía en una línea de seis metros de cocaína sobre un espejo. De modo similar, Tania Bruguera repartió cocaína entre los asistentes a una performance en Bogotá en 2009.

Entre rituales y drogas anda el corpus artístico del canadiense radicado en Berlín Jeremy Shaw (Vancouver, 1977), cuyo trabajo se centra en la exploración de lo trascendental y los estados alterados de conciencia. Basándose en el estudio de las prácticas culturales y científicas sobre esta transcendencia y combinando y amplificando estrategias de cinema vérité, arte conceptual o video musical, sus obras crean un espacio postdocumental en el que rituales, sistemas de creencias e historias dispares cohabitan en un limbo interpretativo. Shaw tiene una extraña habilidad para explorar y capturar expresiones visibles de realidades invisibles. Su idée fixe por la pérdida de control y los estados alterados, generalmente con la ayuda de drogas, baile, ciencia, trance y éxtasis religioso, se eleva por encima del origen que los provoca para confrontar al público con la inefabilidad e incomunicabilidad de la experiencia subjetiva.

Los últimos trabajos de Shaw se presentaron este verano en el Kunstverein de Hamburgo, en la exposición Quantification Trilogy, compuesta por la tríada de videos Quickeners (2014), Liminals (2017) y I Can See Forever (2018). Acompañaba a los filmes la serie de fotografías Towards Universal Pattern Recognition (2016), que además formó parte de la 57a Bienal de Venecia. Esta pieza muestra individuos en diversos estados de éxtasis religioso, enmarcados en protuberantes cristales caleidoscópicos que distorsionan las imágenes en múltiples repeticiones. Al aplicar un dispositivo óptico asociado con la experiencia psicodélica a las fotos documentales, la obra considera la universalidad de toda experiencia trascendental, ya sea espiritual, hedonista, científica o de cualquier otro tipo. Esta idea de la universalidad continúa en la trilogía, donde -a diferencia de sus filmes anteriores, en los que la trascendencia se conseguía con drogas– introduce la religión como ambivalencia ante el deseo de escapar, ya sea del tiempo o del cuerpo. La religión no solo se presenta como una técnica para alcanzar el éxtasis, sino irónicamente, como modo de resistencia al control.

Quickeners (c) Fred Dott, courtesy Kunstverein in Hamburg

Las tres películas están ambientadas en diferentes momentos en el futuro y cada una es un anacronismo: cuanto más avanzamos en el tiempo, más antigua es la técnica de filmación utilizada. Quickeners se sitúa 500 años en el futuro. El planeta está poblado por seres humanos cuánticos, interconectados por la nube digital “The Hive” (la colmena), que operan únicamente con pensamiento racional puro y han logrado la inmortalidad. Un oscuro trastorno denominado “síndrome del atavismo humano”, consistente en desear y sentir como sus antepasados, afecta a una pequeña comunidad, los Quickeners. Este grupo emplea rituales obsoletos para desconectarse, en un proceso que los humanos cuánticos denominan “quickening” (aceleración). Para ilustrar la historia, Shaw usa unas imágenes documentales de 1967 sobre “The Holy Ghost People”, un grupo religioso cristiano pentecostal [[i]] de encantadores de serpientes localizado en Los Apalaches que muestran testimonios indescifrables, sermones, oraciones, bailes convulsivos, diálogos en diferentes lenguas y estados de éxtasis. Quickeners enfatiza la propensión humana a creer en un más allá de la realidad racional. Esa crítica a la racionalidad moderna y el retorno a las emociones parece positiva hasta que aparece la visión distópica de los fundamentalistas. Al final del film, se desvela que los encantadores de serpientes también se cuantificarán. Mi sensación fue tanto de alivio como de aprensión.

El segundo film, Liminals, representa una sociedad marginada del futuro que intenta salvar a la humanidad de la extinción a través de actividades trascendentales obsoletas. Mediante combinación de película de 16mm y digital y empleando la estética del cinema vérité, Liminals, se sitúa tres generaciones en el futuro y sigue a ocho sujetos que se van involucrando en diferentes comportamientos rituales catárticos, desde la meditación kundalini y el whirling [[ii]] hasta la danza moderna y el headbanging [[iii]].Los protagonistas creen que mediante estas técnicas y el uso de ADN artificial conseguirán un crecimiento del cerebro para acceder a “El Liminal”, un paraespacio especulativo entre lo físico y lo virtual donde la humanidad puede existir temporalmente “en gestación” hacia una nueva fase de la evolución.

Completando la trilogía, I Can See Forever se sitúa 40 años en el futuro. Se presenta como un episodio de una serie documental de TV basada en un experimento gubernamental fallido que pretendía crear una síntesis armoniosa entre humanos y máquinas mediante la inyección de ADN artificial a un grupo de personas. Dichos sujetos fueron víctimas de la toma de control por parte de la inteligencia artificial. El filme presenta a Roderick Dale, un joven descendiente de este grupo que es inmune a la influencia de la inteligencia artificial. Dale ha comprometido su vida a la danza y es un ciborg a todos los efectos, por ello posee una impresionante lista de atributos superiores. Es practicando su baile virtuoso que afirma “ver para siempre”, o la capacidad de trascender a un plano digital mientras mantiene una presencia física corporal. Mientras que en los otros filmes los sujetos describen sus estados trascendentales, siempre en un inglés incomprensible, en éste, es una voz desapegada, presumiblemente la de la inteligencia artificial, la que interpreta o “cuantifica” las experiencias. No está claro si se trata de una entidad coercitiva artificial o algo más humano, una conciencia trascendental que no difiere de la experiencia extática comunitaria.

En la trilogía, la narrativa especula con el tiempo, la tecnología y la trayectoria controlada de la evolución, documentando “sujetos” que reaccionan contra ella. Una evolución a seres humanos cuánticos que han logrado el ideal platónico de una sociedad racional libre de modos de expresión emocionalmente manipulativos, como la música y la religión. Pero ¿no fueron las innovaciones siempre criticadas? La escritura, alma mater de nuestra cultura actual, fue duramente rechazada por las tradiciones orales. Posteriormente la alfabetización siguió el mismo camino –lógico, teniendo en cuenta que permite desarrollar opiniones propias que luego desafían a la autoridad–.

En un momento histórico dominado por la cantidad ingente de información, noticias falsas y disminución de la capacidad de atención, Internet, nuestro cerebro colectivo contemporáneo, también genera una “mente colmena”. Quizás “The Hive” se puede comparar con las redes sociales o con el capitalismo cognitivo, caracterizado por la gestión del tiempo y los trabajadores con el fin de alcanzar la productividad máxima. O también podría interpretarse como un camino hacia adelante con un nuevo orden de conocimiento y conciencia.

Fotos: Cortesía Kunstverein in Hamburg © Fred Dott

 

[i]      El pentecostalismo o movimiento pentecostal es un movimiento evangélico de iglesias y organizaciones cristianas que recalcan la doctrina del bautismo en el espíritu santo.

[ii]     Whirling es una técnica de meditación que consiste en dar vueltas o rotar rápidamente.

[iii]    Headbanging es un tipo de movimiento que consiste en la sacudida violenta de la cabeza al ritmo de la música para inducir un trance.

 

Gestora cultural formada en Historia del Arte e Ingeniería de Telecomunicaciones, esa hibridez forma parte de su naturaleza. A caballo entre Berlín y Barcelona, colabora habitualmente en diferentes medios escribiendo sobre arte contemporáneo y haciendo hincapié en la confluencia entre arte, sociedad/política y tecnología. Le apasiona la imagen en movimiento y la música generada electrónicamente. Lo que más le gusta es compartir y dialogar a raudales antes de escribir, porque así, dice, no para de aprender.

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