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Magazine

18 junio 2018
Contra la voluntad. Las fuerzas oscuras en el arte y la contracultura contemporáneos

Ana Llurba

Las escenas de cacería de bisontes en las cavernas de Lascaux y Altamira no solo son consideradas las primeras manifestaciones artísticas de la humanidad. Cada una de ellas también podrían apreciarse, desde la concepción de la magia “simpática” de Sir James Frazer, como una especie de portal animista a través del cual se invocaba la realización, una predicción, de una acción futura, la caza. Regidas por el principio de “lo semejante causa lo semejante”, con el ejemplo del brujo dayak simulando movimientos de parto en una habitación próxima a la parturienta, en su clásico compendio sobre antropología comparada La rama dorada, aquellas escenas de caza de bisontes acunan una relación primordial entre el hombre y el mundo que no solo es de supervivencia. Un vínculo que la práctica artística ha canalizado de diversas maneras en diferentes civilizaciones. Incluso hasta las épocas en las que el hombre volvió a ser el centro del Cosmos ante lo divino, el misterioso acceso a la glandula pineal, el famoso “Ojo de Dios” encriptado en la escena de la creación del hombre en la Capilla Sixtina por Miguel Ángel, así como los retratos de conspiradores que Boticcelli representó en la Piazza della Signoria como una forma de maleficio visual, indican que el Renacimiento no solo significó el renacer del arte y el pensamientos clásicos, sino también el de la simbología de la tradición hermética, la magia y el esoterismo. Opacados durante la Ilustración y la Modernidad, las tradiciones ocultistas renacen con el Romanticismo y, un siglo después, con el impulso creacionista, adánico de las vanguardias. Y volverían a florecer desde los años cincuenta, de acuerdo con la tesis que la actual exposición del CCCB, La luz negra. Las tradiciones secretas en el arte desde los años cincuenta, nos propone.

Inspirada en un concepto del sufismo, la corriente esotérica del islam chiíta, la luz negra representa el estadío último del éxtasis místico. El recorrido que nos propone el curador Enrique Juncosa no se limita a las tradiciones esotéricas de las religiones oficiales, sino que abarca el amplio espectro del misticismo, el esoterismo, el hermetismo, el ocultismo hasta incluir el budismo zen y el taoísmo. La luz negra es una metáfora lo suficientemente ambigua y abarcadora para favorecer una iluminación barroca, como un sol negro, producto de tensiones y hasta contradicciones, sobre la influencia de estas tradiciones tan eclécticas en la práctica artística y contracultural desde los años cincuenta.

A través de 350 obras de 48 artistas, esta exposición propone un recorrido cronológico por técnicas y formatos tan diferentes como la pintura, el dibujo, la escultura, el cine, la música, la fotografía y la instalación. Junto con artistas consagrados como Joseph Beuys, Antoni Tàpies, Barnett Newman o Agnes Martin, conviven obras de figuras aisladas e insólitas como el pintor Forrest Best y sus modestos paisajes de pequeño formato inspirados por Jung, o la contemporánea Suzanne Treisner haciendo confluir las nuevas tecnologías con el tarot y sistemas de creencias alternativos. La muestra incluye asimismo una serie de artefactos, libros, cómics y documentos de gurúes de la contracultura, así como la simbología ocultista cifrada en discos de pop, rock (Beatles, Bowie, Rolling Stones, Pink Floyd) y jazz (Sun Ra) de los 60 y los 70 o los cortos de los directores de culto Kenneth Anger y Derek Jarman. Además, actividades paralelas como Radio Éter, un podcast radial que invoca las capacidades mágicas de la radio en sus orígenes; el ciclo de conferencias que trascenderá las fronteras de la mente llamado “Más allá de la razón”, el Archivo Xcèntric y el ciclo de cine Gandules complementan la exposición.

Rudolf Steiner: Sin título (Dibujo en pizarra de una lectura de Rudolf Steiner el 20. 03. 1920). Tiza sobre papel 87 x 124 cm. Rudolf Steiner Archiv, Dornach

Con fidelidad al vínculo de maestro y discípulo que teje la jerarquía interna de las doctrinas secretas, la exposición gira en torno a la influencia de cinco gurúes a quienes rindieron culto y señalaron como fuente de inspiración la mayoría de los artistas expuestos: el místico armenio George Gurdieff, creador de la teosofía, de quien fueron seguidores tanto la madre del espiritismo Madame Blavatsky (representada en la sugestiva escultura hiperrealista de la artista polaca Goshka Macuga) como Rudolph Steiner, quien articuló ciencia y religión con la antroposofía como experiencia de vida total. Suyos son los esquemas mentales realizados sobre pizarra con tizas de colores que se exhiben en el CCCB. Además, las continuas referencias a los arquetipos y el inconsciente colectivo de Carl Gustav Jung, el psicoanalista que hizo confluir el psicoanáĺisis con lo esotérico y las tradiciones filosóficas orientales, también se muestran primeras ediciones, dibujos y parafernalia creados por Aleister Crowley, quién quizás sea el satanista más influyente de la cultura pop. A estos cinco “gurúes” también se suma como epígono el prolífico Alejandro Jodorowsky, quien a través de la psicomagia resucitó el poder transformador de algunas prácticas esotéricas en nuestras prosaicas vidas cotidianas.

Asimismo, esta exposición expresa la relevancia revisionista de las llamadas culturas primitivas y la reivindicación del arte como magia práctica y del artista como brujo, mago o chamán. Esta transmisión del arte como vía de conocimiento de verdades ocultas, como canal de experiencia interior, puede experimentarse, por ejemplo, en la única obra interactiva de la exposición, Dream Machine (1962) del cineasta estadounidense Brion Gysin. Un artefacto con el cual, a través de una luz proyectada en una pantalla giratoria, se genera un efecto estroboscópico que animaría una experiencia trascendental, de comunión mística, de visión superior en el espectador. A pesar de que esa experiencia esté internalizada por la masificación de las luces estroboscópicas en las discotecas, la búsqueda de este artefacto interactivo es un vestigio de la ansiedad de la psicodelia por asomarse al abismo de lo irracional, a suspender los juicios basados en el formalismo y el materialismo, y experimentar contra la voluntad, esa fortaleza del yo de la que reniega el polifascético artista y escritor Henri Michaux, en uno de los textos que funcionan a manera de statement de la exposición:

Sería erróneo creer que, conociendo los caminos, podemos encontrarlos de nuevo sabiendo que, habiendo conocido mundos de éxtasis, vamos a poder entrar en ellos a nuestro antojo. De ningún modo. La voluntad no cuenta para nada, ni los deseos conscientes.

Con una iluminación intimista y un ambiente silencioso, el recorrido propuesto anima al espectador a la contemplación y la reflexión sobre los procesos donde el artista devino médium y el arte invocación. Sin embargo, si atendemos a las obras expuestas desde los ochenta en adelante, como las de Terry Winters, Philip Taate, Fred Tommaselli y Wolfang Laib, es evidente que las últimas décadas no gozan de la intensa investigación espiritual de períodos anteriores. Más que convertirse en sujeto de esas teofanías, el espectador contempla y reflexiona sobre esas fuerzas oscuras convergentes en el discurso artístico del pasado que, como el paradigma actual de la física teórica, hacen de la incertidumbre una regla, animándolo a preguntarse qué lugar queda para lo racional y lo oculto ante el materialismo vigente.

Wolfgang Laib: Passageway, 2013. Barcos de latón, arroz, madera y metal. © Wolfgang Laib

A Ana le fascina zambullirse en libros y películas, acercarse con precaución a esos tentáculos que yacen en las profundidades y volver para contar lo que ha visto. Estudió Teoría Literaria y Literatura Comparada en la UAB. Actualmente trabaja en el medio editorial, colabora con algunas revistas y fanzines y coordina el proyecto Honolulu Books.

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)