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Magazine

06 julio 2015
David Nuur en Montan­as con una esquina r­ota- 12 Bienal de La Hab­ana, 2015
Notas de viaje: sobre la 12 Bienal de La Habana

Paloma Checa

En una lancha llegas al otro lado de la bahía. Desembarcas en el muelle de Casa Blanca dejando a la derecha la llama de la refinería para toparte con decenas de tumbonas de colores, obra de Guisela Munita. También ves el muro de un parque que un grupo de seis personas pinta de colores siguiendo un patrón, en la esquina de las calles Coloma y Central, obra del venezolano Juvenal Ravelo. Te unes a ellos y conversas. Hay también una locomotora original de la línea de ferrocarril de los chocolates Hershey, que unía el barrio con el este de la isla antes de la Revolución. La ha traído Daniel Buren. Paseamos por Casa Blanca y en casa de Maritza encontramos una sede del museo Puno MoCA, de César Cornejo, además del material producido por el proyecto Echando lápiz, de los colombianos Graciela Duarte y Manuel Santana junto con niños del barrio, que están de vacaciones. A cambio de dejarles la fachada y el salón, a Maritza le han arreglado las paredes de su casa. La frontera entre estética y ética aparece borrosa.

Que las bienales de arte articulan un turismo elitista ya lo sabemos todos. Desde esta perspectiva, las bienales son espacios donde profesionales del arte reafirman su pertenencia a la comunidad con la que se identifican: un calendario común diseñado a partir de reuniones periódicas existe en muchos gremios y comunidades dispersas, y no es rasgo exclusivo de la industria del arte contemporáneo global. Lo que distingue al circuito de las bienales de otros circuitos profesionales es su alto grado de visibilidad pública y un rol que se les asume representativo de la nación en la que se celebran. En algunos casos éstos se acompañan con defensas de políticas estéticas específicas, como en la Bienal de La Habana, donde tradicionalmente se ha preferido dar espacio a arte proveniente de países del Tercer Mundo, aunque en las últimas ediciones también ha integrado a artistas provenientes de Europa y Estados Unidos. Da igual de dónde vengan los invitados, lo que miran hoy, en palabras del director Jorge Fernández Torres, es “la trama del contexto”. En La Habana en 2015, se alternan exposiciones en sala con numerosas intervenciones en espacios públicos y privados normalmente no usadas para albergar arte: esquinas, casas particulares, fábricas abandonadas, parques, lanchas, centros de arte, museos y bicitaxis.

Estás dentro de una fábrica quemada, buscando piezas que no encuentras. Tu cuerpo empieza a sospechar que todo es arte, pero luego dice que no, que es una fábrica, que todo esto ya estaba aquí. Y entonces te lo explicas, en sus condiciones de producción, en la serie de relaciones en la que los cuerpos, los objetos, los materiales y los guiones se insertan. Pero luego dices, no hombre, a ver, esto es arte y aquí tiene que estar, lo que pasa es que yo todavía no lo he visto. Miras todo con el ojo contemplativo y empiezas a buscar en todo pistas de la huella de un artista que reconoces por el nombre, porque por el mapa sabes que está aquí. Pero no lo ves.

Setenta y una sedes distribuidas en seis barrios habaneros. La mayoría, aglomeradas en La Habana Vieja, donde espacios oficiales como el Museo Nacional de Bellas Artes (con piezas de Luis Enrique López Chávez), el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (con una colectiva incluyendo entre otros a Carsten Nicolai, Emeka Ogboh y Humberto Díaz), o el Centro de Arte Wifredo Lam, sede de la Bienal (con una amplia muestra reuniendo piezas de Dolores Cáceres, Lázaro Saavedra, Nikolaus Gaarstener, por nombrar unos cuantos), conviven con intervenciones como la de Lang & Baumann en el Edificio Metropolitana (un largo tubo inflable de plástico que hace circular aire entre ventana y ventana en el exterior de la fachada del edificio), o las pintadas de Regina Silveira en los “parqueos” frente al Palacio de la Artesanía y el de la Avenida del Puerto. Felipe Dulzaides homenajea a su padre en FD play FD. Luis Camnitzer da un taller sobre arte conceptual en la Casa de las Américas. Adrián Villar Rojas trajo sus nidos de hornero desde Argentina, incitando a la fauna local en distintos parques. Al caminar por las calles, una se topa con esquinas restauradas por Daniel Buren. Entrando al Wifredo Lam, trabajadores ofrecen dinero por tu opinión sobre política económica, en una reactuación de la pieza This is Exchange de Tino Sehgal.

En el Pabellón Cuba Dannys Montes de Oca y Royce W. Smith curaron Entre, Dentro, Fuera, una muestra con la correspondencia entre Cuba y Estados Unidos como eje temático. Artistas como Glenda Salazar, Levente Sulyok, Stephanie Syjuco, Omar Estrada, Susana Pilar Delahante Matienzo, o Levi Orta hablan de barreras y de cambios de estado, de traducción cultural, transferencias, mestizajes y cruces. Es en este contexto donde el mexicano Pedro Lasch nos pregunta por los desastres naturales y los culturales, en un intento de llegar juntos al origen de las dicotomías que simulan sentar las bases de marcos aparentemente opuestos de conocimiento y práctica.

Estos andamios no parecen quemados, como el resto de la fábrica. Serán arte. O es que es una fábrica. El mapa indica que hay una pieza de Pierre Huyghe por aquí escondida y dices esas siempre son difíciles de ver o… demasiado fáciles; entonces ¿dónde está? pero no la ves. De vez en cuando ves un niño corriendo que se esconde entre las piezas y dices ah, será la pieza. Está todo quemado. Ladrillos, los mismos ladrillos que vieron a mi padre hace veinticinco años en esta fábrica de camiones reconvertida al arreglo de bicicletas durante el período especial. Luego levanto la cabeza y hay un paracaídas, un paracaídas sin personas, sólo un paracaídas abierto, abriéndose al ritmo de la brisa del Caribe. Cuelga de uno de los hierros del tejado. Se mueve despacio. Todo suena a viento que mueve metales y tú sigues sin saber si las cosas son arte o fábrica, aunque el paracaídas es sospechoso.

A diferencia de otras bienales actuales, la de La Habana no necesita invertir en el simulacro del debate sobre la relevancia del pensamiento marxista hoy. Esta discusión, que lleva informando la vida diaria en la nación caribeña en las últimas seis décadas, anticipa hoy nuevas lecturas oficiales de los textos marxianos tempranos. Menos ciencia y más filosofía práctica, en un intento real de pensar una transición a un socialismo no ahogado por el embargo estadounidense. Es una discusión situada en la realidad cubana. Los objetos adquieren sentido en relación al contexto. No importa tanto el estatus de pieza como su inserción en la serie de relaciones que componen el tejido urbano. Cuánto se le acontece el arte a quien recorre calles. Cómo es esto posible. Hablar de éxito o fracaso de una bienal se convierte en una cuestión banal: ésta te confunde y te anuncia que estamos cerca de cambiar de paradigma, a escala local pero también en cuanto a la noción global hegemónica de lo que constituye una obra de arte. Las ruinas urbanas del pasado, como la fábrica de bicicletas Argüelles, sede de la muestra Montañas con una esquina rota, aluden a nociones de valor industrial hace tiempo caducas en el contexto habanero y en tantos otros, mutantes hoy hacia otros regímenes de relación con los espacios que quizá se avecinen con la transición a nuevas formas políticas. Esta muestra, curada por Wilfredo Prieto, Direlia Lazo y Gretel Medina, reúne discretas obras de Helen Mirra, Hans Hacke, Ariel Schlesinger, o Ryan Gander, entre otros, y nos hace prestar fina atención al entorno. Mucha más que de costumbre.

Al parar las fábricas llegaron los turistas. Europeos y canadienses, llegaron con hoteles y autobuses climatizados cuando Cuba había perdido el aliado soviético y sufría de escasez extrema debido al embargo. Pero la bienal ya estaba allí. Había estado allí desde mediados de los ochenta, parte de la apuesta de La Habana por convertirse en epicentro de la vida cultural de los No Alineados. El turismo es hoy la primera industria de Cuba, pero no a causa de la bienal. Ésta sigue siendo una parada para los integrantes de la comunidad global del arte contemporáneo, en donde podemos ver en directo cómo se relee el carácter social del arte, en su teoría y en la práctica de todos los días.

Paloma Checa-Gismero dedica su tiempo a leer, visitar exposiciones y ver películas. A veces escribe. A veces se involucra en proyectos de gestión, de producción o de educación, pero siempre cerca del arte. En una terraza oteando el Pacífico escribe su tesis doctoral en el programa de Teoría del Arte de la Universidad de California en San Diego.

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