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Magazine

14 marzo 2016
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Polvo de otro tiempo. Furor taller

Caterina Almirall

Agrimiká es la palabra griega que designa los animales salvajes -por oposición a los domesticados-. Agrimiká, Why look at animales? Era el título del montaje del pabellón griego en la última Bienal de Venecia. El pabellón estaba estructurado por capas, como una cebolla, de forma que el visitante entraba primero al pabellón propiamente, de estilo neoclásico pomposo y ruinoso, y luego a un segundo espacio interior, en el interior del pabellón. En el primero caminaba entre los restos del montaje de la edición anterior de la bienal, polvo básicamente, agujeros en las paredes, rastros indescriptibles… Traspasando después una segunda fachada, bastante más modesta, entraba al que había sido un taller-tienda de curado de pieles de animales salvajes, originalmente ubicado en Volos, la capital de Magnesia, y que había sido trasladado íntegramente a Venecia para la ocasión. Los agrimiká son los animales cuyas pieles curaba el anterior propietario del taller: jabalíes, zorros, liebres… animales que han resistido a la domesticación, pero que habitan en el umbral de la civilización. Estas bestias son preciada presa de caza precisamente porque su “estado salvaje” es el que permite al cazador erigirse como triunfador sobre el reino natural, representando un viejo cuento en el que el hombre se bate con la naturaleza salvaje (y a veces triunfa). El trofeo tiene el poder de transferir el hombre “civilizado” los valores con los que se identifica al animal cazado: la fuerza, el espíritu salvaje. Los agrimiká nos miran y nos hablan -o nosotros hablamos a través de ellos- de nuestra condición naturalmente ligada a la cultura.

Este espacio donde entrábamos en segundo lugar también estaba lleno de polvo, pero polvo de otro tipo, de otra época y de otro sitio. No el polvo de la ruina contemporánea que había en la entrada del pabellón, sino el polvo del trabajo manual de un solo hombre, el polvo de un lugar que ya no existe. El taller representa un lugar de intercambio real -en el sentido opuesto de virtual -, dedicado al trabajo artesanal y también al encuentro y la conversación pausada con una taza de café y un trago de Metaxa. El espacio a reivindicar en un contexto globalizado como, por ejemplo, el del arte contemporáneo.

Podemos dar la vuelta al planeta y ver las mismas exposiciones en todas partes, o exposiciones que parecen las mismas, con los mismos artistas, o artistas que parecen los mismos. Esto puede ser debido a que leemos siempre con los mismos códigos y no prestamos suficiente atención a las particularidades, o bien a que las exposiciones son, realmente, las mismas o muy similares, así como los que vamos de un lugar a otro visitándolas. Tanto si se trata de lo primero -los códigos- como de lo segundo -la globalización-, proponer actividades específicas en relación a una exposición debería posibilitar profundizar efectivamente en las particularidades de la propuesta. Por ejemplo, invitar a la asistencia a un taller como complemento de una exposición debería mitigar esta sensación. Si la exposición es el espacio civilizador, en el sentido de cultivador y también en el sentido de que a menudo tomamos una actitud disciplinada y reverencial con lo que nos rodea -susurros y manos cruzadas en la espalda-; el taller es su reverso: como participantes se nos pide una actitud productiva, proactiva, propositiva. Se nos pide alzar la voz y quizás incluso, utilizar algunas herramientas.

No se trata de una cuestión nueva ni tampoco innovadora, pero cuando me pongo a hacer recuento de las actividades anunciadas tipo “workshop” a las que he asistido últimamente no son pocas, y si sumo las que yo misma he organizado pues aún son más. ¿La fiebre del taller? ¿El desencanto del espectador? ¿La resistencia al mundo digital, a las prisas? ¿Necesidad de seguir formándome ahora que daba por terminada la etapa de estudiante? ¿Necesidad de poner en común? ¿El taller como formato de producción de arte? ¿De compartir? ¿De generar comunidad? ¿Workshopitis? ¿Aburrimiento?

Aunque la idea del “giro” siempre me lleva a imaginar a alguien desnucándose en un gesto forzado del cuello, o dando vueltas en un baile demasiado frenético estilo lindy hop, releo algunos de los textos publicados en “Curating and the educational turn”, coordinador por Paul O’Neil, quien, por cierto, también vino hace unos años a impartir un taller a A*Desk. Sin duda esto de la “workshopitis” tiene que ver con este ‘giro educativo’ que se describe desde el comisariado, y el interés general de los comisarios hacia las prácticas pedagógicas. Interés en comprender la práctica artística como una extensión de la práctica educativa en tanto que práctica mediadora, o la necesidad de situarlas en relación una con la otra. Tiene que ver con la problematización del “acceso” al arte contemporáneo, sobre todo cuando se trata de prácticas no objetuales. También con el desmontar la etiqueta de lo que ha sido designando como prácticas colaborativas, las prácticas generadoras de comunidad, pero que por más que impliquen hacer cosas con personas no buscan siempre la participación de éstas en el mismo sentido.

El anuncio de un nuevo giro en el mundo del arte contemporáneo indica un cambio del foco de interés, señalando donde se centrarán las prácticas hegemónicas los próximos tiempos. Quizás en mi imaginario el giro invoca un gesto forzado porque son numerosos los giros que han sido anunciados hasta ahora (lingüístico, social, cultural, espacial…) y por eso la persona imaginaria que los hace se desnuca. Esto no quita que la atención de las prácticas comisariales hacia las prácticas educativas no sea relevante y necesario el análisis, e incluso que podamos hacer caber el indicio que habíamos detectado respecto a la proliferación de talleres prácticos en el marco de este giro. Así podemos situar el taller en relación a la práctica artística, no sólo la educativa. Imparten talleres los artistas y también los comisarios, los críticos hacen talleres de escritura y reflexionan sobre el papel de la crítica de arte, imparten talleres de performance los performers e incluso hay talleres sobre cómo escribir un buen statement. El taller puede ir vinculado a una exposición, como una extensión o un complemento. O no. Puede ser una propuesta independiente.

El hecho de que los talleres -en más o menos abundancia- no sean una novedad me lleva a pensar que se trata de la institucionalización de una práctica que ya era habitual en espacios menos hegemónicos del arte. Si como decía Andrea Fraser la crítica institucional ya no existe, en cambio son las mismas instituciones las que adoptan la función crítica -¡uf!-, podríamos plantear que el amplio despliegue de oferta de “workshops” tenga que ver con la necesidad de dar espacio a esta práctica dentro mismo de las instituciones artísticas. Al fin y al cabo un taller es una buena idea, es un espacio del que saca provecho el artista (el tallerista) y también los asistentes, y una manera de justificar los honorarios cuando la producción artística se desmaterializa.

La lista de talleres a los que he asistido u organizado últimamente y que recuerdo mientras escribo este texto son: el taller que Dora García hizo en el MACBA a principios de febrero, donde sobre todo nos compartió materiales que le interesaban -como películas y textos – y que yo personalmente desconocía del todo; El taller No Hacer que la Luz Broto hizo en Estruch la pasada primavera, al que no asistí porque me daba miedo (este caso es interesante porque la propuesta del taller era dejar de hacer durante unos días, cada uno como quisiera y yo ni siquiera fui pero he pensado mucho en ello). También en Estruch, pienso en el taller que impartimos con Daniel Moreno Roldán a mediados de febrero de este año, en el que se trataba de buscar el Nombre secreto de las cosas. El punto culminante consistió en intentar comer cosas que no sabíamos ni remotamente qué eran. Un taller con Alejandra Riera que organizamos el pasado abril con la Sala d’Art Jove, en el que nos estuvo enseñando material en bruto de sus películas y fue increíble. El taller que hizo Jordi Mitjà en La Puntual en enero dentro de la exposición de Marcel Rubio. Jordi llevó un montón de sobrecitos de azúcar e hicimos lo que quisimos con ellos, interviniendo de lleno en la exposición de Marcel. El taller de radio que hicimos en La Capsa del Prat con Rubén Ramos y Eduard Mont de Palol, que terminó con una fantástica emisión en directo y muchas risas. Y como no, el taller que hicimos con Aldo Urbano en La Puntual, cuya imagen encabeza este texto.

Si el museo es el lugar de producción que sigue el modelo de la fábrica, tal como proponía Hito Steyerl en su texto “Is the museum a factory?”, el taller representa el modelo productivo anterior a la industrialización, cuando el workshop era el único espacio de producción. Tanto si el taller es entendido como un formato en la práctica artística (después de la performance o de la práctica colaborativa), como si es un espacio que articula la mediación artística (entonces también podemos entender la obra, en este caso el taller, como mediadora en sí misma), siempre resulta un espacio de resistencia a la temporalidad contemporánea. Apagar los teléfonos inteligentes y dejar paso a la experiencia colectiva. Un poco como Agrimiká pero sin quedar congelado en el tiempo ni atrapado en un pabellón (es que al taller de Volos le pasó como a las pieles que vendía, que tuvo que morir para poder representar los atributos que la cultura le otorgaba).

Caterina Almirall acaba de nacer en este mundo, pero antes había vivido en otros mundos, similares y paralelos, líquidos y sólidos. De todos ha aprendido algo, y ha olvidado algo. Aprender es desaprender. En todos estos mundos le atrapa una telaraña que lo envuelve todo, algunos lo llaman “arte”... Envolver, desenredar, tejer y destrozar esta malla ha sido su ocupación en cada uno de estos planetas, y se teme que lo será en cada uno de los que vendrán.

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