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Magazine

12 febrero 2018
Somos el color de la tierra

Juan Canela

Leía hace unos meses, en algún periódico, que los pueblos hundidos bajo las aguas de los pantanos construidos en la década de los 50 y 60 del pasado siglo volvían a emerger debido a una de las peores sequías que se recuerdan. La imagen mostraba un grupo de personas que salieron a la fuerza de niños de aquellos pueblos, que volvían ahora a tocar sus raíces sobre el lodo reseco. Víctimas de la tristeza y del desarraigo, son solo algunas de las incontables historias en la memoria olvidada de los pantanos de la Península Ibérica. Una historia que suele escribirse singular, imperturbable, sin fisuras, sin margen a cuestionarla, aseverando que el progreso solo tiene un modo de avanzar. Nada más lejos de la realidad. La historia tiene tantas grietas como el árido barro sobre el que ahora vuelven a marcarse las pisadas. No solo las piedras fueron sepultadas bajo el agua en aquellas construcciones realizadas por los presos del franquismo – algunos enterrados en las propias presas –  sino también tantos relatos, tradiciones, identidades y formas de vida. Me gusta pensar en esos pueblos volviendo a emerger después de tantos años como un aviso, como una especie de alerta terrestre. Como si fuera la alarma de un smartphone que avisa de que algo falla. Ah, sí, ya. Para que el dispositivo funcione y salte la alarma, hoy muere gente en las minas a cielo abierto de distintos lugares de África extrayendo el preciado coltán. Mineral de sangre lo llaman.

¿Cuándo comenzamos a creernos el centro del mundo, que podemos controlarlo todo a nuestro antojo, que la Tierra es un ilimitado recurso para que el progreso y el consumo avancen implacables? Si al comienzo de los tiempos los humanos fuimos animales insignificantes que no ejercíamos más impacto sobre el ambiente que un zorro o una medusa, hoy en cambio, en la que desde la geología se conoce como era del Antropoceno, ya hemos demostrado lo que somos capaces de hacer. Científicos, pensadores o filósofos llevan años enredados con el término, discutiendo cuándo comienza, cuál es su efecto real o si podemos revertirlo. Ya no hay duda de que con nuestras acciones estamos incidiendo de manera irreversible en el planeta, la cuestión es cómo enfrentamos este momento, cómo posicionarnos radicalmente frente a los errores de la civilización, cómo pensar en una ontología política.

Los pantanos se vacían, los glaciares se derriten, los desiertos avanzan implacables. Lo del calentamiento global no era un cuento. Lo fundamental ahora es entender la complejidad del asunto más allá del mero hecho ecológico. ¿Cuál es la relación entre el desastre medioambiental y las urgencias sociopolíticas que nos rodean? Conversando hace unos días con el artista británico John Akomfrah, al respecto de su última película[1] que, de algún modo es su respuesta al Antropoceno, comentaba que “ser un súbdito metropolitano que crece en la Europa de la posguerra, especialmente en este rincón de Europa, significa vivir en la rutina de estar expuesto al monóxido de carbono todos los días, tener todo tipo de metales en el agua que bebes y comer fruta llena de cosas indescriptibles. Esta fue mi infancia en Inglaterra, y quiero darle sentido a eso nuevamente porque esa es la manera de empezar a entender la civilización global que tenemos. Intento entender cómo se podría llegar a otra definición de centro y periferia, de lo industrial y el subdesarrollo con otro idioma, otra narrativa que no sea económica. Por supuesto, todo esto tiene en el fondo lo que uno podría llamar el Antropoceno; la pregunta es: ¿cuál es la implicación de la superposición? ¿Qué nos permite trasladarnos en ambos mundos?”

Más allá del relato lineal y de las dualidades del pensamiento moderno, entender que el mundo está compuesto por hechos, momentos, temporalidades e incluso ontologías que se superponen es esencial para entendernos de una vez por todas fuera del centro del universo. Pero además, este llamamiento a una dimensión planetaria, comprender la complejidad global y superpuesta que habitamos, no puede politizarse eficazmente sin un análisis de las relaciones capitalistas y coloniales. Hoy el monstruo del neo-extractivismo y el aparato del lucro acometen de nuevo con fuerza, combinados con los poderes de los males no redimidos del pasado colonial. Es inevitable revisar las respuestas del pasado, pero también reconocer la persistencia de las luchas, y eso significa también aceptar y defender la complejidad. Necesitamos nuevos relatos que esbocen cómo llegamos a lo que somos hoy, y que produzcan nuevas formas de dar sentido a nuestra situación.

“Somos el color de la tierra” clamaba el Subcomandante Marcos al final de uno de sus discursos pronunciados en el Zócalo de la Ciudad de México en marzo de 2011. Y esa enunciación, esa relación entre la resistencia y la tierra, entre la lucha por la pervivencia de ciertos modos de entender el mundo y cómo nos relacionamos con ese mundo se hacen esenciales hoy. En Lauramarca, cerca de Cuzco, Mariano Turpo sostiene tres hojas de coca, una sobre la otra, en su mano derecha y manda su aliento con la ayuda de Pukuy hacia Ausangate, el más importante Tirakuna (que podríamos traducir como Seres Tierra) del territorio, para pedir su ayuda. “Pukara, eres mi lugar, las autoridades van a escucharme, te lo estoy pidiendo.” En su lucha contra la Hacienda opresora, además de hablar con abogados y jueces, organizar el sindicato y las huelgas, hablar frente a las masas en el día del trabajador peruano, y enfrentarse al hacendado en las cortes, Mariano Turpo emerge como runakuna junto a los Seres de la Tierra, que son parte integral de su lucha política. Aunque los libros de historia no lo recojan, parece que Ausangate y otros tirakuna fueron parte esencial en el proceso por el cual la hacienda Lauramarca fue expropiada y pasó a ser una cooperativa estatal para los campesinos locales.

La historia de Mariano y su hijo Nazario la cuenta Marisol de la Cadena, antropóloga peruana con la que he tenido la oportunidad de conversar y colaborar a raíz de uno de mis últimos proyectos. De la Cadena describe el anthropo-not-seen – el anthropo-ciego sería la traducción sonora más cercana al castellano – como el proceso de creación del mundo a través del cual los mundos heterogéneos que no se hicieron mediante la división entre humanos y no humanos fueron ambos obligados a dicha distinción y la superaron. El antropo-ciego[2] fue el proceso de destrucción de esos mundos y la imposibilidad de dicha destrucción. Los primeros y evidentes creadores del antropo-ciego fueron personas como Cristóbal de Albornoz – un canónigo muy conocido por sus actividades de “extirpación de idolatrías”, una de las prácticas mediante las cuales surgió el Nuevo Mundo habitado por humanos y naturaleza redimible, todas creaciones de Dios. Pero la desobediencia de los andinos – runakuna con tirakuna – continuó a la vez que cambió históricamente. Hoy, quinientos años después de Cristóbal de Albornoz, los Seres Tierra se enfrentan a nuevos erradicadores: las compañías mineras, agentes del Antropoceno que traducen a los tirakuna como montañas y como fuente de minerales, y por ende como riqueza. A diferencia de sus contrapartes coloniales, estas compañías tienen el poder de deshacer montañas, desviar ríos o vaciar lagos.

Necesitamos redimensionar las indiscutidas premisas ontológicas de corte racionalista y dualista que sostienen al mundo moderno. Si queremos cambiar el mundo, primero necesitamos cambiar la idea de realidad que lo define. Es urgente generar espacios de pensamiento  acerca de lo que constituye lo real, y poder imaginar y desvelar otras realidades que han sido descartadas en el inexorable avance del capitalismo. Rescatar o imaginar otras formas de contar, de narrar, de entender el mundo. Otras formas que seguramente ya existen, pero que han sido y son desechadas y hemos decidido dejar de ver. Ya sabemos, como bien cuenta Silvia Federici, que el sistema capitalista se asienta sobre el asesinato de las brujas, de las herejes, de las curanderas, de las desobedientes, de las hechiceras. De aquellas que, al fin y al cabo, representaban otras posibles formas de comprender el mundo.

Entonces, ¿antropoqué? Seguramente sería más apropiado pensar en todas las dinámicas de fuerza y poder en curso, de las cuales la humanidad es una parte, colaborando con otros terranos para hacer florecer ensamblajes ricos en múltiples especies. Tentáculos apretados, formas abiertas, cicatrices. Antrobsceno, Extractivoceno, Capitaloceno… o Chthuluceno, como propone Donna Haraway. Ya hemos demostrado de lo que somos capaces, decíamos. La era de la destrucción ha llegado no solo para los humanos, sino también para infinidad de otros seres. Intentemos entonces que sea lo más corta y leve posible, y reconstruyamos los refugios a base de gestos, palabras y conjuros multiterrenos.

 

[1] Purple (2017) es una videoinstalación inmersiva de seis canales que aborda el cambio climático y sus efectos en las comunidades humanas, la biodiversidad y el desierto. Podrá verse en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza del 20 de febrero al 25 de marzo.

[2] Marisol de la Cadena, Runakuna: humanos pero no solo, texto para la publicación del proyecto Cale, Cale, Cale, Caaaale!!, Tabakalera, Donostia, 2018.

*Imagen de cabecera: John Akomfrah. Still frame from Purple, 2017. Six screen film installation © Smoking Dogs Films; Courtesy Lisson Gallery

Juan Canela es comisario independiente. Tras muchas vueltas, hace unos años que vive en Barcelona. Entiende el comisariado como un espacio de trabajo que se bifurca en diversos formatos - exposiciones, acciones, encuentros, libros, charlas, radio, paseos, baile, - en el cual lo performativo tiene un papel relevante. Entiende la escritura como una vertiente más de su práctica curatorial.

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