close

En A*DESK llevamos desde 2002 ofreciendo contenidos en crítica y arte contemporáneo. A*DESK se ha consolidado gracias a todos los que habéis creído en el proyecto; todos los que nos habéis seguido, leído, discutido, participado y colaborado. En A*DESK colaboran y han colaborado muchas personas desinteresadamente, con su esfuerzo y conocimiento, creyendo en el proyecto para hacerlo crecer. También desde A*DESK hemos generado trabajo para casi un centenar de profesionales de la cultura, desde pequeñas colaboraciones en críticas o clases hasta colaboraciones más prolongadas e intensas.

En A*DESK creemos en la necesidad de un acceso libre y universal a la cultura y al conocimiento. Y queremos seguir siendo independientes y abrirnos a más ideas y opiniones. Si crees también en A*DESK seguimos necesitándote para poder seguir adelante. Ahora puedes participar del proyecto y apoyarlo.

Magazine

03 diciembre 2012
Valie Export
The Family Fang y el arte total(itarista)

Eduardo Pérez Soler

Gracias a una breve reseña de Martí Manen publicada en esta misma tribuna, me animé a leer de The Family Fang, de Kevin Wilson, un libro perteneciente al cada vez más rico género de novelas dedicadas al arte, del que Iván de la Nuez ha dado buena cuenta. La obra narra con eficacia y sentido del humor las aventuras de Caleb y Camille Fang, una pareja de performers que adquieren cierta fama realizando acciones en espacios públicos, cuya finalidad es alterar el curso normal de las cosas. Los protagonistas de la novela son unos especialistas en crear situaciones absurdas que provocan incomodidad, sorpresa y desconcierto en la gente que, incidentalmente se ve involucrada en ellas sin ser siquiera consciente de participar en proyectos “artísticos”. En la estela de artistas como Valie Export y Peter Weibel, los Fang llevan a cabo acciones tan estrambóticas como lo son escenificar una declaración de amor pública durante un vuelo en avión u organizar su propia boda en repetidas ocasiones sin que los pastores que participaban en las sucesivas ceremonias supiesen que la pareja ya se había casado con anterioridad.

Kevin Wilson se vale de los Fang para ofrecernos una entretenida parodia de los creadores que, sobre todo a partir de la década de 1970, se han empeñado en disolver las barreras entre arte y vida, mediante una acciones que tienen lugar en el mundo “real”. El escritor estadounidense ofrece un retrato de los artistas contemporáneos que no es precisamente benévolo: los protagonistas de la narración son unos personajes algo patéticos, que se entretienen escenificando unas acciones más bien fútiles y carentes de sustancia, cuya justificación teórica es bastante dudosa. Los Fang son unos artistas de risa cuyo arte también lo es. Sin embargo, lo que resulta más llamativo de estos creadores ficticios es que no son demasiado distintos a muchos artistas verdaderos, que todos conocemos. Caleb y Camille, protagonistas de una ficción cómica, recuerdan tremendamente a algunos personajes cuyos nombres ocupan numerosas páginas de libros y revistas de arte contemporáneo.

Con todo, el rasgo más notable de los Fang es su pleno convencimiento de la superioridad de la creación artística respecto a cualquier otro ámbito de la vida. Guiados por la certeza de que el arte es el fin último que debe guiar su existencia, dejan que sus pretensiones artísticas determinen sus decisiones y sus actos. Ellos otorgan al arte una dimensión trascendente y lo sitúan, por tanto, más allá de cualquier consideración moral. Los Fang son capaces de hacer cualquier cosa en nombre de la creación artística sin mostrar el menor remordimiento por ello. Tanto es así que no tienen el menor escrúpulo a la hora de utilizar a sus hijos menores de edad como parte de sus perfomances y son incapaces de comprender que ellos puedan negarse a participar en sus proyectos delirantes.

En el fondo, los Fang aparecen como una metáfora de un manera de entender el arte que ha gozado de una gran influencia desde los inicios de la modernidad. Se trata de una visión de la creación –que ya se detecta en el romanticismo y que ha llegado hasta nosotros a través de las sucesivas vanguardias– según la cual el arte ocupa un lugar central como motor de la emancipación humana. Desde esta perspectiva, la producción artística goza de un estatus especial que le permite justificar todos sus excesos y arbitrariedades. En la medida en que ocupa una posición de superioridad frente a cualquier otro ámbito de la vida, el arte no debe rendir cuentas ante nadie si no es ante sí mismo.

Los Fang encarnan a un tipo de artista que, debido a su (supuesto) carácter extraordinario, está liberado de toda responsabilidad moral: puede actuar con impunidad porque en el arte encuentra su coartada y su justificación. Es un creador que se siente legitimado para cometer cualquier exceso porque lo hace en nombre de la producción artística. Caleb y Camille Fang representan a ese tipo de artista que aún sueña con estetizar por completo nuestra realidad. Es el heredero tardío de las ambiciones totalizadoras de movimientos como el funcionalismo o De Stjl, que aspiraron a edificar un mundo dominado por la estética maquinal y la razón abstracta, o como el surrealismo, que soñó con imponer un universo dominado por los delirios paranoicos y las pulsiones inconscientes. Como muchos exponentes de las vanguardias históricas, el artista que encarnan los Fang posee una visión totalitarista del quehacer artístico porque entiende que este puede determinar cualquier aspecto de la existencia.

Caleb y Camille Fang representan a un tipo de creador que es en sí anacrónico. Su idea del arte como misión los sitúa en un tiempo que no es el nuestro. Por eso, su comportamiento nos parece cómico y patético. Ahora bien, en la manera de actuar de los Fang podemos detectar numerosos los tics de los que hacen gala muchos creadores actuales. Y es que, después de todo, la novela de Kevin Wilson puede entenderse como una burla a gran parte del arte contemporáneo, que le cuesta entender que su amoralidad y su maximalismo no son más que una prueba de que ya pertenece a otro tiempo.

Eduardo Pérez Soler piensa que el arte –como Buda– ha muerto, aunque su sombra aún se proyecta sobre la cueva. Sin embargo, este hecho lamentable no le impide seguir reflexionando, debatiendo y escribiendo sobre las más distintas formas de creación.

close
close
close
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)