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16 noviembre 2012
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The future of reading is not reading

Eduardo Pérez Soler


Hace unas cuantas semanas pude en leer en Twitter una frase que me pareció intrigante. “The future of reading is not reading”, decía el tuit. Soy una persona a la que le gusta leer; además, ya hace años que vivo de hacer artefactos para que la gente lea. Por tanto, no puedo sacarme esa frase de la cabeza desde que la vi en la pantalla de mi móvil. ¿Cómo es posible que el futuro de la lectura no sea la lectura?

Podemos aventurar diferentes hipótesis.

Si asumimos una postura tecnocentrista, podemos considerar que el predominio de la imagen en nuestra cultura provocará que la palabra escrita quede desplazada como fuente de preservación y transmisión de conocimiento. La popularidad de los medios audiovisuales de comunicación, aunada a la aparición de herramientas digitales que permiten producir y distribuir fotos, vídeos y animaciones a bajo coste, está provocando que tendamos a aproximarnos a la realidad a través de productos multimedia. Y, de acuerdo con esta hipótesis, dicha tendencia se acentuará en el futuro. En tiempos venideros, aprenderemos, nos informaremos y nos divertiremos mediante soportes audiovisuales, de manera que la lectura se convertirá en una actividad anacrónica y residual. Desde esta perspectiva, la televisión, los videoclips de Internet y los videojuegos matarán a los libros, las revistas y la prensa escrita.

Existe una variante de esta hipótesis. Es la que afirma que la lectura acabará diluida en procesos de recepción del conocimiento más complejos. Es un hecho que las redes digitales de comunicación están modificando de una manera profunda la manera como accedemos a la palabra escrita. Gracias a los ordenadores y a los dispositivos móviles, la palabra escrita suele aparecer como un ingrediente más de un conjunto de elementos diversos. Cuando accedemos a los entornos digitales, solemos encontrarnos que los textos son los componentes de una red de relaciones que incluye también imágenes, sonidos, mapas e hipervínculos a otros recursos. De esta forma, la lectura reconcentrada, basada generalmente, en recorridos lineales, y que era propia de la era del papel, está cediendo su sitio a otras formas de recepción, probablemente menos atentas, en las que el texto escrito permanece en constante interacción con otros recursos comunicativos. Si asumimos esta postura, podemos suponer que la palabra tenderá a aparecer cada vez menos como un elemento independiente para convertirse en un componente más de collages –o mejor, dicho, mashups– complejos. Esto provocará que, a la larga, la lectura, al menos tal como la entendemos ahora, tienda a desaparecer.

También podemos adoptar una actitud neoludita y sostener que el fin de la lectura está asociada al ocaso del libro impreso. Según esta manera de pensar, el retroceso de la actividad lectora será una consecuencia de la economía de la abundancia propia de las redes digitales. En la época de los soportes impresos –caracterizada por la escasez–, era fácil que los lectores fijaran su atención en los textos relevantes. Editar resultaba caro y dificultoso, de manera que, por regla general, solo la gente que tenía autoridad en alguna materia tenía el privilegio de ver sus textos publicados. Esto, que podría parecer un inconveniente para muchos, representó para el neoludita una garantía de preservación de la cultura escrita. La escasez del libro impreso permitía que el lector pudiese orientarse dentro de un universo razonablemente abarcable. En cambio, ahora, tenemos a nuestro alcance una cantidad abrumadora de textos escritos. Podemos almacenar millares de ensayos y novelas en nuestros e-readers, de la misma manera que, navegando por Internet, podemos leer abundantes escritos sobre cualquier cosa que se nos pueda ocurrir. Son numerosos los neoluditas que afirman que esta abrumadora abundancia de textos nos impide concentrarnos en una verdadera lectura. Para ellos, este exceso de información –que, a menudo, nos impide a discernir entre lo bueno y lo malo– provoca que nos paseemos de un texto a otro sin profundizar verdaderamente en ninguno. Según este punto de vista, el exceso de material escrito provocará el declive de la lectura, al convertirla en un acto superficial.

Esta hipótesis también tiene una variante y es la que sostiene que el fin de la lectura será una consecuencia de la democratización de la edición. Como todos sabemos, la irrupción de Internet ha hecho posible que cualquier persona conectada a un terminal informático sea capaz de publicar escritos potencialmente accesibles a millones de personas. Las redes de comunicación han hecho de todo individuo un posible escritor (y un posible editor). Y, efectivamente, nuestra época se ha caracterizado por la explosión de la expresión escrita. La multitud utiliza blogs, redes sociales, sistemas de mensajería y foros para publicar y difundir una infinidad de textos. Si asumimos una actitud elitista, como lo hacen personajes tan distintos como Jaron Lanier o Zygmunt Bauman, podemos considerar que tal explosión de textos tiene un efecto empobrecedor sobre nuestra cultura. Ciertamente, las redes digitales están inundadas de escritos mal redactados, torpemente expresados, que tratan, a menudo, sobre temas absurdos e insustanciales. El predominio de este tipo de contenidos, entienden los detractores de la cultura de la red, ha de ser necesariamente perjudicial para los lectores. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tendrá leer si todos los textos a nuestra disposición serán banales y estarán pobremente escritos? Dentro de esta lógica, el fin de la lectura será consecuencia de la trivialidad de la escritura en Internet.

Estas son solo cuatro hipótesis que intentan explicar el sentido de la frase “The future of reading is not reading”. Sin embargo, podríamos plantearnos las cosas de una manera bien distinta y preguntarnos si no es posible que, en realidad, la frase que ha inspirado el presente artículo esté equivocada.

¿Qué pasaría si, en realidad, el futuro de la lectura fuese la lectura? En todo caso, intentaré responder a esta pregunta en un futuro post.

Eduardo Pérez Soler piensa que el arte –como Buda– ha muerto, aunque su sombra aún se proyecta sobre la cueva. Sin embargo, este hecho lamentable no le impide seguir reflexionando, debatiendo y escribiendo sobre las más distintas formas de creación.

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