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Magazine

22 diciembre 2014
Foto de Blai Marginedas
El nombre secreto de las cosas. Quim Packard en Alaska

Caterina Almirall


Un día tuve un sueño, un sueño-sueño, de aquellos de cuando estás durmiendo, no de los sueños de cuando estás despierta. Soñé que salía de casa y luego no podía volver a encontrar la entrada. Daba tantas vueltas que, enfangándome los pies lejos de la ciudad, llegaba a un prado y abría una puerta de aquellas hechas de alambre para que no escapen los animales. En el prado había un caballo, o unos caballos. Me había perdido, pero era maravilloso. Sería poco después de que Quim Packard me contara que quería llevar un caballo para clausurar la exposición Cómo perderse en Alaska en la Capella de Sant Roc de Valls, comisariada por Jordi Antas. Yo había ido a la inauguración, entonces en lugar de un caballo había un dragón. Según me dijeron, era un dragón barbudo australiano. Encerrado en su caja de cristal, el dragón miraba a los que nos acercábamos a observarlo con cara de dejadme en paz, a mí Alaska ni me va ni me viene, yo vengo de Australia y a Alaska no iría ni loco. Soy vuestro objeto de estudio, vuestra rareza, vuestro Otro. No sabéis quién soy, ni de dónde vengo ni a dónde voy, pero necesitáis ponerme en una cajita y pensar que me podéis poner el nombre que deseéis para hacerme partícipe de vuestros problemas, nada trascendentales, sobre cómo organizar el mundo. Alaska está muy lejos y allí hace mucho frío. Yo no soy una obra de arte, ni siquiera algo que puedas observar y clasificar, vuestros museos son una mentira como otra, y encima me habéis puesto en el altar. Así que desde aquí proclamo que os estáis equivocando. Giorgio Agamben explica en un texto titulado Magia y Felicidad, que todas las cosas tienen un ‘nombre secreto’ que nosotros no sabemos, porque sólo tenemos el nombre que les hemos impuesto. La única manera de recuperar el nombre mágico es a la manera de los niños pequeños, poner nombres inventados a las cosas. Porque, segundo dice Agamben, el problema no es ignorar el nombre mágico, sino la imposibilidad de desprenderse de los nombres impuestos. Aunque todos los nombres, antes de ser impuestos son inventados, lo que tal vez quiera decir Agamben, es que la magia es las cosas que no sabemos, cuanto más nombres inventamos, más relaciones mágicas generamos, y que en definitiva la magia es la felicidad, porque la felicidad es cuando no sabemos que está ahí. Para cerrar la exposición llevaron allí un caballo que tenía un nombre, el Bolero, y un apodo, Pupis, porque siempre se hacía daño, pero no pude ir a verlo. De todas formas los caballos estamos más acostumbrados, los hemos domesticado, no desprenden el aura de exotismo y extrañamiento que desprenden los dragones australianos. No sé si Bolero querría perderse en Alaska, seguro que sí, querría ser un caballo salvaje. ¡Salvaje! Ser el objeto de deseo de todos los que quieren tener un caballo, de todos los que quieren perderse en Alaska y piensan que allí se es más libre. Para todos los que quieren convertirse en caballo en la próxima reencarnación. Antes del Nirvana. Ser un caballo es casi como alcanzar el Nirvana. Sobre todo si es un caballo salvaje. En Alaska. Adrian Schindler subió encima de Bolero, y Eulàlia Rovira le guiaba, según me han dicho. La típica estatua ecuestre. Adrian y Eulàlia habían hecho la banda sonora, o la audioguía, o una historia sobre dos caballos alemanes que acompañaba la exposición y decían “Hombre y caballo quedan cerca uno del otro, no está claro quién guía a quién. Ejercen una función conjunta. Son igual de importantes, son inseparables, ¿cuál de los dos puede ser sustituido?” El caballo da poder al hombre, es decir, se genera un intercambio, la bestia representa la fuerza que tiene el jinete, mientras el jinete le da el poder de representarla. El horóscopo chino dice que cada bestia del horóscopo tiene unos poderes a favor y unos en contra. El dragón es poderoso, muy poderoso, tiene poderes sobrenaturales, es mágico, pero es un ser imaginario, si no crees en él no existe. Es su naturaleza estar perdido en un imaginario fantasioso. El caballo está en la tierra, trabajando al lado de los hombres y demostrando su fuerza. Es una fuerza real. Esto me hace pensar en otro caballo, un caballo mágico, Artax, que perdió la esperanza y se hundió en el pantano de la tristeza. Un caballo con sentimientos humanos.

Una de las cosas que hemos hecho en este intento de ordenar el mundo animal, y vegetal y mineral, en definitiva, lo que desde occidente llamamos “mundo natural”, son los museos de Ciencias Naturales. ¿Habéis estado alguna vez en el Museo de Ciencias Naturales de París? Está lleno de esqueletos. Esto el museo antiguo, el nuevo Museo de Ciencias Naturales está lleno de unas esculturas hechas de algo que parece porexpan, que imitan animales salvajes. Reproducciones ideales, estancas y maquiavélicas. En la exposición de la Capella de Sant Roc, como único dispositivo mediador, había una mesa, diseño de Enzo Mari, pensado para que te lo puedas hacer en casa solo. Encima de la mesa hay un gran bodegón. Libros, piedras, palos, dibujos, botas de excursionista, trampas, ámbar de plástico con escarabajos de plástico atrapados, manuales de autoconstrucción, conchas, plantas de verdad, pieles de mentira, un caparazón de tortuga, madera pintada que imita madera, novelas de viajes, un póster de Jurassic Park, un brik de leche, tarros de cristal con cosas dentro que no sé si son de verdad o de imitación. Todos estos objetos tienen un nombre secreto, y un nombre impuesto, una taxonomía, han sido clasificados, museizados en un momento u otro de su existencia. Poner nombre a las cosas es apropiarse de las cosas. Hacerlas partícipes de tu mundo, de tu museo mental. Alaska es el nombre de un lugar. Es la construcción en el imaginario colectivo del sitio no civilizado, del lugar donde perder los nombres impuestos de las cosas. Pero el dragón ya nos ha dicho que no quiere ir, que vayamos tirando. Agamben dice que sólo hay una felicidad posible: creer en lo divino, pero no aspirar a acercarse a él. Esto me hace pensar, tal como insinúa el dragón, que si fuéramos allí, Alaska perdería todo su encanto imaginado. Perturbaciones es el título del ciclo en el que se enmarca esta exposición. Jordi Antas propone el estado perturbado como una posibilidad de liberación de lo preestablecido, de transformación, de cambios en las estructuras compartidas. Una posibilidad de nombre mágico inventado, una posibilidad de huir en Alaska.

Al cabo de unos días de mi sueño de los caballos, un amigo colgó en facebook unas fotos de un día que debía haber ido de excursión. Una de las fotos era la imagen que yo había visto en mis sueños, unos caballos en un prado.

Caterina Almirall acaba de nacer en este mundo, pero antes había vivido en otros mundos, similares y paralelos, líquidos y sólidos. De todos ha aprendido algo, y ha olvidado algo. Aprender es desaprender. En todos estos mundos le atrapa una telaraña que lo envuelve todo, algunos lo llaman “arte”... Envolver, desenredar, tejer y destrozar esta malla ha sido su ocupación en cada uno de estos planetas, y se teme que lo será en cada uno de los que vendrán.

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