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Magazine

28 mayo 2018
Un templo en vida

Claudio M Iglesias

Ahora voy a brillar es el título de la muestra que comisarían Paola Vega y Cristina Schiavi en los espacios expositivos de la Colección Fortabat y que por primera vez presenta el conjunto de la producción de Omar Schiliro (1962-1994), un artista –algo eclipsado- de los que tomaron parte en la escena del Centro Cultural Rojas en los años noventa en Buenos Aires. La retrospectiva es merecida: Schiliro trabajó como artista solo tres años, entre 1991 y 1994, pero en ese lapso realizó el equivalente de una carrera entera. Treinta y tantas esculturas, hechas a partir de importaciones baratas como palanganas y maceteros a los que adosaba elementos encontrados como canicas de vidrio, mostacillas y partes de arañas de luz reponen sus preocupaciones rutinarias. Son obras repetitivas en el buen sentido: hablan de una acción monocorde, paciente y cariñosa, algo muy parecido a un matrimonio feliz.

Sin título, 1993. Elementos de plástico, hierro, luz y vidrio ensamblados. 66 cm x 43.5 cm Ø. Colección particular

Schiliro fue un artista de un esplendor arrebatado, breve pero obcecado. Sin estudios previos en materias artísticas, este joven nacido en los suburbios de Buenos Aires, hijo de una madre soltera, comenzó de golpe a tomar una parte muy activa en la escena que comulgaba alrededor del Rojas, cuando el curador Jorge Gumier Maier dio luz a una generación de artistas muy raros que hasta entonces hacían circular su producción en espacios poco normalizados y para nada profesionales: los circuitos de la noche y la fiesta, la gráfica underground y la militancia gay que tiñeron con algo de alegría la década de 1980, la convulsionada época de la posdictadura en Argentina. Antes, de más joven, Schiliro había sido un artesano de los que venden su producción en ferias y parques los días de sol. Tras serle diagnosticado el VIH en 1991, y hasta su pronta muerte, produjo una obra muy compacta, centrada en la escultura con material encontrado, principalmente plástico y vidrio.

Mucho se ha dicho, respecto de la escena del Centro Cultural Rojas, sobre el camp y la defensa de una imagen torpe y pobre del artista como no profesional. Críticos como Pierre Restany y Jorge López Anaya diversamente calificaron la producción del Rojas como “arte guarango” o “arte light”. Los artistas del Rojas, sin embargo, reunían un candor único, una fidelidad hacia sus propias condiciones de producción precarias y una originalidad formal extrema que resultó ilegible, en su momento, para las instituciones locales. Éstas han buscado, desde el cambio de milenio, relanzar los vasos comunicantes entre el arte contemporáneo argentino y la escena regional, pero con el acento puesto en la tradición del neoconceptualismo político y sus temas pretendidamente “serios”.

En el Rojas, en cambio, valoraban más un cripticismo pansexualizado, morboso y alegre. Algo visto como demasiado local e intraducible. Los objetos de Schiliro son cifras para la sensibilidad, con algo de elemento ceremonial y algo de objeto extraterrestre de función desconocida. Sorprende que su producción, tan breve y tan extensa, a la vez esté enfocada en tan pocos elementos y en un repertorio de soluciones consistente: la mayoría de las piezas parecen variaciones de una única idea invisible que se mantiene intacta a lo largo del recorrido, depositada en la mente del espectador como una contraseña.

Sin título, 1993 (reconstrucción parcial en 2018). Elementos de plástico, vidrio y luz ensamblado. 107 x 65 cm Ø. Colección particular

Su mecanismo principal es el encastre entre los caireles de vidrio, que funcionan como tentáculos, y las bases de plástico, que proveen a cada pieza de una sección circular. Los objetos tienen los colores apastelados de las piezas de plástico que los integran, y a los que añadió luces y, en algunos casos, piezas móviles que subrayan un elemento lúdico, óptico y cinético. La luz de las obras y su patrón formal tan escurridizo las hace parecidas a lámparas mágicas cuya función fuera velar por la alegría. La reiteración, en Schiliro, tiene un viso terapéutico, no en el sentido de alcanzar un paliativo sino más bien en el de buscar un camino de autoconocimiento. Esta reiteración, presente en los procesos de Schiliro y no solo en sus resultados, informa a las piezas de un inquietante sentido reconfortante, parecido al de las acciones repetidas de un rito.

Sin título, 1993. Elementos de plástico, vidrio y luz ensamblados. 78 x 60 cm Ø. Colección Eduardo F. Costantini

Pero tomarse al arte como religión (“resacralizar el arte”, según el lema de Marcelo Pombo, otro de los artistas señalados del Rojas) va de la mano con no entenderlo del todo como quehacer profesional, normalizado, inmediatamente comprensible. El tránsito vital de Schiliro, signado por la enfermedad y la cercanía de la muerte, le permitió hacer algo que un artista imbuido de dilemas más terrenales no podría alcanzar tan fácilmente: desprenderse de los condicionamientos circundantes e insistir en el pulso de su propia máquina interior. Quizás no buscaba la salvación, sino concretar el deseo de construir un templo en vida, o al menos, adornarlo.

Francisco Lemus, de los pocos investigadores que dedicaron tiempo a la obra de Schiliro cuando ésta prácticamente no recibía ninguna atención crítica, recupera algunas anécdotas en el catálogo de la muestra. Entre ellas, el contacto de Schiliro con la escena artística local, que fue condición de su propio devenir como artista. Este contacto fue amor a primera vista y ocurrió en la redacción de la revista Diferentes, una publicación del underground gay de Buenos Aires, en 1985. “Esta revista” dice Lemus, “contenía una sección de anuncios de citas. Un día Schiliro fue a dejar su aviso, y quien atendió la puerta fue Gumier Maier, que trabajaba allí como periodista.” Quedaron en volver a encontrarse y a las pocas semanas comenzaron a salir. Con el tiempo, Schiliro se mudó a la casa de Gumier Maier, donde desarrolló toda su obra. “En la inmediatez de la muerte generó para sí mismo un espacio autónomo, casi sagrado”, según Lemus. Y ese espacio, el espacio físico de una casa, el tiempo que transcurre con los amigos, el novio y toda su gente querida, fueron lo que permitió su acción artística reiterativa, veloz y colmada de amor.

Ahora voy a brillar, además, es la tercera retrospectiva que la Colección Fortabat consagra a mejor estudiar y poner a disposición del público las vidas y las obras de los artistas del Rojas, tras las que ya tuvieron Marcelo Pombo, en 2015, y Benito Laren, el año pasado. No es contradictorio, pero sí meritorio, consagrar esfuerzo institucional a estos artistas secretos del canon, muy locales y muy divertidos, que se tomaban al arte en serio como rito al no tomárselo en serio como trabajo.

En una entrevista publicada en la revista La Maga en 1993, Schiliro dice:

“Yo hacía bijouterie y pensaba en la plástica, pero nunca me había lanzado. Pasó el tiempo, me enfermé de SIDA y estaba muy deprimido y Gumier me invitó a participar en la muestra Bienvenida primavera, para la que hice una obra que veo como una expresión de angustias, depresiones que se tornaron primaverales. Esto lo relaciono con síntomas míos, llagas, manchas en la piel; todo se transformó en eso. Mi intención era manifestar un estado de hiperalegría. La intención general es transmitir lo mejor.”

 

*Imagen de portada: Omar Schiliro, Sin título, 1992 (Objeto. Elementos de plástico y vidrio ensamblados. 107 cm x 65 cm Ø. Colección particular)

Claudio Marcelo Iglesias se entusiasma con las formas de pensamiento artístico que construyen vínculos entre las personas, la materia y la información. Escribe para medios especializados y publicaciones independientes, también es traductor y editor. Tras graduarse en Literatura por la Universidad de Buenos Aires, actualmente enseña Teoría del Arte en el Departamento de Arte de la Universidad Torcuato Di Tella.

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