Parece que en El País hay copa gratis para quien ataque sin tapujos lo que huela a arte contemporáneo. A Vicente Verdú le complace encontrarse las galerías vacías de gente (si no es popular será que es malo. Masas de gente siempre han significado calidad, claro. Pregunte a los galeristas qué les parece que Arco esté lleno de gente durante el fin de semana, a lo mejor le sorprenden las respuestas), quiere que la crítica diga lo que nos debe gustar y lo que no (básicamente no tenemos ni derecho a la opinión propia), y le molesta soberanamente no entender los precios de las obras. Todo tendría que ser mucho más fácil. Lo es. El arte es como la vida, lleno de complejidades y desajustes, lleno de momentos no comprensibles e incertidumbres. La seguridad está en el Hollywood comercial y en la literatura mala, donde la trama se entiende en dos segundos. Qué lástima que la vida no se entienda en dos segundos, ¿no? Qué lástima que toque vivirla con todos estos interrogantes que nos persiguen.
En a-desk también nos preguntamos sobre la combinación arte-mercado-legitimación-institución, pero en vez de refunfuñar y creer tener todas las respuestas de antemano publicamos este número. Un número que analiza varias situaciones que a lo mejor son del interés del sr. Verdú y de la dirección del diario El País que se está especializando en publicar divertimentos.
Más allá de las opiniones y estrategias discursivas de Vicente Verdú como individuo, lo que me parece realmente categórico, tal como apuntáis en vuestro editorial, es que el periódico El País, presuntamente situado en la órbita progresista de la sociedad, continúa ejerciendo de claro opositor a las prácticas artísticas de nuestra época. Hace ya años, en 1997, Juan Vicente Aliaga se refería al crítico omnímodo del periódico, Francisco Calvo Serraller, al que acusaba de su posición "indiferente a los discursos artísticos contemporáneos más innovadores". Unos años más tarde, en mi texto "La crítica de arte en España" (2003), recogía y hacía mio el diagnóstico. Séis años más tarde, parece que las cosas no cambian.
Tal vez falte la humildad y la mirada jovial necesarias para aprender y descubrir, sea en arte contemporáneo sea en biología marina.
Tal vez el oficio de la palabra precisa y valiente flaquee de una visión más amplia y extraordinaria de lo ordinario.
Tal vez haya que fortalecer el viejo ejercicio de pensar y ser Otro, sino diferente.
Tal vez resulte más complaciente decir lo que se espera que hacer lo que se piensa.
Tal vez sea cada vez más necesaria la crítica y menos la opinión.
Que no se me pase la oportunidad de concluir la copla sobre El País con ese famoso y certero estribillo "hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo..."
El día 29 de enero, la Junta Directiva del Instituto de Arte Contemporáneo envió al director de El País la siguiente carta, que no ha sido publicada:
Sr. Moreno,
tras la publicación en el periódico que dirige del artículo "Pintar sin pintura", firmado por Vicente Verdú, la Junta Directiva del Instituto de Arte Contemporáneo, asociación integrada por 280 profesionales vinculados a las artes plásticas contemporáneas, debe protestar ante lo que considera un nuevo ataque gratuito hacia el arte actual en los medios de comunicación generalistas. El desconocimiento no exime de la responsabilidad, y la ignorancia o la falta de formación en una disciplina no legitiman ninguna opinión: se trate de ciencias sociales o de artes plásticas, cualquier argumentación debería mostrar la competencia en el uso de los sistemas de categorías que la estructuran. Estamos seguros que el Sr. Verdú criticaría duramente consideraciones sociológicas basadas en apariencias y lugares comunes. La libertad de impresión, como todas las libertades, está limitada por el respeto. Consideramos que el público merece tener acceso a opiniones formadas, contrastadas y respetuosas. Y la primera muestra de respeto es el esfuerzo por conocer aquello de lo que se quiere hablar. El sr. Verdú es libre de expresar sus opiniones, evidentemente negativas e indocumentadas, sobre un sector cultural de gran peso, pero hemos de manifestarle a usted nuestra gran preocupación por la ligereza con la que se destruyen los esfuerzos de los profesionales para mantener una comunicación positiva con la sociedad. Los argumentos esgrimidos en esta ocasión son los mismos tópicos insostenibles de siempre; no merece la pena volver a refutarlos. Lo que no podemos obviar es el cuestionamiento, en bloque, de la honorabiliad de los creadores, galeristas y críticos; la costumbre en los medios de comunicación, y en particular en El País, de otorgar autoridad en materia de arte actual a todo columnista que desee dar a conocer su visión sobre él; la reiteración de que en el mundo del arte cualquier decisión es arbitraria y de que todo lo que en él ocurre es un grotesco número de circo. Estos artículos hacen un enorme daño al arte, pues fomentan el distanciamiento del público. Y hacen también daño a su periódico, pues entran en radical contradicción con su declarado apoyo a las manifestaciones culturales contemporáneas. Los profesionales somos conscientes de que la obligación de acortar esa distancia nos corresponde fundamentalmente a nosotros, pero necesitamos el respaldo de los llamados creadores de opinión. A ellos les pedimos también responsabilidad. El debate es mucho más profundo: no puede limitarse a estas trivialidades y no debe estar orientado por la animadversión. El arte tiene mucho que ofrecer a los ciudadanos que consigan tener, a pesar de las invectivas, una actitud receptiva.
Junta Directiva del Instituto de Arte Contemporáneo
lo de "al final el arte feo es mal arte" tampoco es que sea muy profundo..no sé si habéis visto esto:
"Fraudes Modernos"
http://www.elpais.com/articulo/portada/Fraudes/modernos/elpepuculbab/20100213elpbabpor_10/Tes
Leo hoy que Adesk ha recibido el premio al mejor medio de comunicación. En una fiesta en que la Galeria Joan Prats de Barcelona ha sido premiada por su trayectoria, siendo uno de los homenajeados nuestro eternamente presente Tàpies. Paciencia Sr. Verdú por los comentarios aparecidos tras sus artículos en "El País". Però no se amilane. Siga su excelente labor. Y si me permiten sirios y troyanos, aconsejaría la lectura de dos libros, insustituíbles -para quien persiga una mínima objetividad-: "Diccionario de las Artes" de Félix de Azúa y "Las aventuras de las vanguardias" de José Luis Sebreli. Dos publicaciones a mi juicio capitales para información de quien esté metido -cada uno a su modo- en este mundo "del arte" contemporàneo y que parece como si hubieran sido silenciados.
El Sr. Verdú, como el el Sr. Muñoz Molina, aparte de ser valores literarios actuales de primera magnitud en lengua castellana, ostentan unas credenciales de experiencia en cuestiones artísticas imposibles de rebatir. Sí de discutir si se desea, pero desde la humildad y el respecto. Desde mucha humildad.€
Pero hazme un favor: no te engañes a ti misma diciendo que esta jodida broma enferma es arte, porque no lo es. Cualquiera puede ser provocativo. Cualquiera puede, pongamos, beberse una meada o desnudarse y pintarse de azul y correr por una iglesia gritando los nombres de la gente que se ha tirado, y lo más probable es que salga en la CNN. Tú estás a dos pasos de coger a bebés, convertirlos en lámparas y llamar a esto instalación. Para que el arte exista, tiene que haber una línea, una línea que no se puede cruzar… La línea que separa la expresión verdadera y la simple y neurótica necesidad de llamar la atención”. La obra teatral The shape of things se verá en Broadway esta temporada. Y debería verse también en nuestros escenarios: pocas veces ha alcanzado la comedia juvenil un nivel tan incisivo. Retengan este nombre: Neil LaBute” . (De un artículo de Marcos Ordóñez aparecido en “El País”el día 15.9.2001).
Como habrá comprendido es por lo de la “línea que separa la expresión verdadera…” que he creído oportuno reproducir el texto. Y que utilizo para ejemplificar mi opinión de que la línea, la de El País, es la de la obra de LaBute. (Podría procurarle una lista de antecedentes que han ido formándomela; y que serviría, al propio tiempo, para establecer una duda razonable en cuanto a que El País “continúa ejerciendo de claro opositor a las prácticas artísticas de nuestra época”, generalización que incluye en su comentario).
Finalmente quisiera añadir algo, para en parte corregirle, cuando tuvo la gentileza de contestar un texto mío. Tiene importancia menor, pero si voluntariamente nos sometemos al diálogo escrito y no a la palabra hablada prefiero cierto rigor. Dice usted que afirmo que se “debe” leer el “Diccionario de las artes” de Azúa y que “aliento” la lectura de “Las aventuras de la vanguardia” de Sebreli. Si relee mi texto comprobará que simplemente los aconsejaba. Acierta en cambio cuando critica mi expresión “si se desea alcanzar una mínima objetividad” con la lectura de ambos libros. Es lo que tiene la palabra escrita, que ahí queda. Por eso rectifico. Debí decir, por ejemplo, “si se desea una complementaria aunque muy sólida información debida a dos de los autores especializados más sabios y sagaces de nuestra época".
El señor Verdú parece que se ha convertido en el comentarista oficial de El País en materia de arte. Bueno, estoy seguro que podrían haber encontrado a alguien más informado y con más conocimientos en la materia. A todo esto, no sé de qué se asusta, cuando él mismo es parte de la industria cultural; en la que hay las mismas perversiones que en cualquier otra industria que conozcamos. El arte tiene el lado "oscuro" del mercado, igual que otras industrias culturales tienen una parte mercantil. A parte del mercado existen diversos mecanismos y lugares de legitimación, no exclusivamente en el mundo del arte, que sirven para que incluso alguien como el señor Verdú sea tenido en cuenta. ¿Cómo lo ha hecho usted con la literatura? ¿En qué círculos se movía? ¿De qué editor era amigo? ¿Algún escritor o crítico que lo apoyó? ¿Cómo consiguió publicar su primer libro? Si ha ganado algún premio ¿Cómo lo hizo? ¿No había nadie conocido en el jurado? No sea tan hipócrita señor Verdú. Siempre se tiene la opción de no salir en la foto, pero cierta fama, dinero y reconocimiento, por muchos, son bienvenidas. Todo huele a podrido, porque todo está podrido señor Verdú.
Al leer el artículo pensé, sin una claridad de ideas tan nítida, parte de lo mismo que expresa la carta de Elena Vozmediano... XDDDDDDDDD!!! Este *País* me enerva en los dos sentidos territorial y periodístico, ¿a quién ayuda tanta frivolidad con el tema? Viejos dinosaurios de púlpito rancio avisando de la estafa de: un, otro, "camuflado" urinario ?? ?????????? XDDDDDDDDDDD!!!!
Supongo que ya lo habéis leído pero parece que Verdú sigue por esta misma línea que apuntais
(ver http://www.elpais.com/articulo/cult...).
En realidad tampoco hay que alarmarse demasiado. Verdú siempre fue un reaccionario. También fue un retardado, es decir, siempre escribió con retraso, un poco en la espuma final de la cerveza, esa que está caliente y que nos dejamos en el vaso.
Sus textos "sociológicos" ya eran una versión cutre y anacrónica de ciertos debates antiguos y su mirada a la cultura americana producía hilaridad. No comparto la sorpresa respecto a El País, que siempre ha albergado en su interior una colección de firmas (todos las conocemos) dispuestas a sacar el trapío cuando era necesario. En materia cultural El País es un pequeño patronato de las buenas costumbres, no un diario progresista. También es una corte de cortesanos, es decir, un cortijo donde gente como Vicente Verdú, Muñoz Molina, Félix de Azúa, Calvo Serraller o Estrella de Diego se dedican al alambique verbal, nunca a analizar algo, a dudar de lo que piensan o, simplemente, a informarse. Una de las lógicas de la cortesanía, desde la época de Saint Simon, era ridiculizar al adversario (acordaos de aquella película de Patrice Leconte titulada Ridicule), embaucándole con un discurso punzante, irónico y tautológico. La verdad es que deberían empezar a repartir pelucas y rapé por la sección de cultura de El País. Acuérdate Rubén, que creo que tu estabas aquel día, de la charla montada en Arco hace dos años, donde Muñoz Molina, Eduardo Arroyo, Calvo Serraller, Soledad Sevilla, Sergio Prego y otros representaron aquel numerito de que el arte contemporáneo era una cosa de subvenciones y que el gusto se estaba perdiendo, etc. ¡Y aquello se llamó el VI Foro Internacional de Expertos en Arte Contemporáneo!. Lo que tendrían que hacer en El País es organizar un Foro Internacional cada hora, al estilo de Obrischt, así estarían entretenidos.
Si A-Desk me concede espacio quisiera referirme a que puede que no hayan suficientes pelucas o rapé, porque no son solamente las personas que menciona quienes se expresan como lo hacen, sino bastantes más.
Para acreditarlo y dada mi condición de inexperto, debo recurrir al soporte de unas pocas citas:
1.Gregorio Morán, en La Vanguardia de 23..6.2001: “Y así llegamos a la 1ª Bienal de Valencia sobre la siguiente base: ¿Quiénes figuran en el mundo mundial como personalidades que pueden atraer todos los vientos mediáticos con tan sólo citar sus nombres? Un italiano con un rostro de hormigón armado, Achile Bonito Oliva y un inglés brillante y desmedido, multifacético, Peter Greenaway. Pues que les contraten! El resto no es más que montárselo bien, tener una buena intendencia financiera y un equipo experimentado en el trato con los medios de comunicación.. ¿Qué es la I Bienal de Valencia? Una instalación múltiple y divertida … Mucho video, mucho pene, mucha vagina, incluso una jubilosa escena de amor post-mortem –dos esqueletos articulados en un coito permanente, al tiempo que un aire de “muertitos” mejicanos…”.
2. Victoria Combalía en El País de 18.7.2002: “Desde hace dos o tres años tengo amigos y colegas que me preguntan constantemente: ¿pero tú entiendes algo de lo que pasa hoy en día? En alusión a la escena del arte contemporáneo y a su sensación de desconcierto, de haber perdido el rumbo. Y esto me sucede con gente de tan diversa índole y de tanto cultura como Martín Chirino, Tomás Llorens o Marta Pili …
3. Mercedes Abad, en El País de 14.3.2003: “Admitámoslo: el arte moderno nos estresa. En vez de ayudarnos a comprender el mundo, algunas obras siembran en nosotros una confusión aún mayor. O, casi peor, nos dejan indiferentes y con la sensación de que el arte contemporáneo es o bien una cosa impenetrable y sectaria o bien algo hecho por unos chiflados. Y que los únicos seres pàra los que tiene interés son otro hatajo de tarados o una pandilla de snobs. ¿Cuántas personas se preguntan ahora mismo frente a una obra de arte si se trata o no de una tomadura de pelo?
4. Miquel de Palol, en “Avui” de 8/9 .4.2004: “La socialización del arte ha fracasado, porque los beneficios de su peripecia, son invisibles en la población y además ha resultado claramente nefasta para su práctica y aún más para su consideración pública. Una vez lo ha tenido a mano, lo primero que el público ha hecho es menospreciarlo… Merece todo ello unas exequias? Un esfuerzo de dignidad terminal, para no dejar a los ladrones la última palabra…
5. Manuel Ruiz Zamora, el “El País” de 15.11.2008: “… En el caso del arte ¿es Hirst el verdadero estafador o lo son esas casas de subastas, críticos más o menos influyentes, propietarios y artistas auráticos que siguen jungando al juego sublime de la verdad revelada y que viven de esas instituciones con la misma impunidad que el autor de los tiburones en formol pero sin el cinismo ni la valentía necesarios para emanciparse de ellas? … Ante una situación como esta resulta lógico que nos preguntemos si existe vida más allá de ese nihilismo radical que juega sin contemplaciones con los últimos vestigios de la religión romántica del arte. … Lo que parece más probable es que nos estemos encaminando hacia un concepto de arte mucho más discreto y efectivo, descargado de hinchazones trascendentes y más próximo, tal vez, al significado que tuvo la palabra en el mundo clásico…
Curiosa recomendación la suya, señor Navarro: escribe que "quien persiga una mínima objetividad" debe leer el Diccionario de Félix de Azúa, que es ni más ni menos que un canto a la subjetividad, la del autor, claro. Y, por otra parte, alienta la lectura del libro de Sebreli, un discurso maniqueo sobre la historia del arte del siglo XX. En fin, no diré que no sean dos libros interesantes, pero objetivos sin duda no lo son. A mi entender, no se trata de que el periódico El País o el señor Verdú (o cualquier individuo) no puedan discrepar sobre las prácticas artísticas contemporáneas, el problema es que lo hagan con argumentos tan simples y frívolos, siempre enalteciendo el pasado (como si después de Goya, como mucho Picasso, todo fuera una estrategia embaucadora) y no permitiendo que en sus páginas se escuchen otras voces.
"El desconocimiento no exime de responsabilidad", dice la Junta. Pensándolo bien no es la frasecita el eco del conocido principio de Derecho: "La ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento"? Leo además que el artículo del Sr. Verdú es "un ataque gratuito hacia el arte actual". ¿No podría todo ello mover a pensar -me pregunto- que la Junta debería acudir a los Tribunales de Justicia con una demanda antes que a un periódico con una carta que excede con mucho de las quince líneas preceptivas a un espacio y tamaño 12? Por cierto, permítanme la pregunta: este Instituto de "Arte Contemporàneo", ¿a qué contemporaneidad se refiere? Más claramente, el arte del Instituto, ¿a qué tiempo se contrae? Decir "Arte actual" a mí particularmente no me sirve de mucho, ya que entiendo que un retablo del Siglo XV puede ser también arte actual. Al menos así me lo parece.
Me pareció de una simplez supina el artículo. Uno puede querer y creer, que su *gusto* forma categoría no opinión, pero otros también pensamos tristemente, he de reconocer que he leído con agrado algunos de sus artículos, que es ignorancia de algo que podría reportar a su sensibilidad gran provecho. De cualquier forma el arte de nuestro tiempo, como el de todos, se impone a cualquier forma reaccionaria de pensamiento o no es arte...
En el último suplemento Quadern de El País, Jordi Llovet, en su artículo “Una carta de Platón” dice: ”Ahora que toda la información corre por Internet como la pólvora en una mascletà, sería bueno recordar los prejuicios que Platón mostró en el Siglo IV a.de C. sobre los beneficios y maleficios de la palabra escrita. En un pasaje del diálogo Fedra, Platón se mostraba mucho más favorable al diálogo oral que a favor de los signos; gracias a los caligramas las ideas quedan fijadas, corren de uno a otro sin ser verificadas ni contrastadas y acaban por configurar una sabiduría común, falsa en tanto que colectiva”.
El Sr. Verdú, en el artículo objeto de estos comentarios, como en tantos otros suyos anteriores que ha ido prodigando durante años, denuncia el todo vale en que ha caído cierto pretendido arte contemporáneo de nuestros días -aún refunfuñando, según legítimamente opina A-Desk en el texto que origina este debate, vamos a llamarlo así-.
¿De veras le tranquiliza a usted dejar escritas en su comentario las interrogaciones que vierte? ¿Divulgarlas?
En cuanto a que todo está podrido según afirma, no estoy de acuerdo si de arte -que es nuestro tema- se trata. A mi particularmente el arte, especialmente la literatura -podría constituir una orgía perpétua- y lápiz y papel siempre a mano -dada la remota y por eso sugestiva posibilidad de alumbramiento que ofrecen- siguen amparándome del abismo.







