close

A*DESK has been offering since 2002 contents about criticism and contemporary art. A*DESK has become consolidated thanks to all those who have believed in the project, all those who have followed us, debating, participating and collaborating. Many people have collaborated selflessly with A*DESK, and continue to do so. Their efforts, knowledge and belief in the project are what make it grow. At A*DESK we have also generated work for over one hundred professionals in culture, from small collaborations with reviews and classes, to more prolonged and intense collaborations.

At A*DESK we believe in the need for free and universal access to culture and knowledge. We want to carry on being independent, remaining open to more ideas and opinions. If you believe in A*DESK, we need your backing to be able to continue. You can now participate in the project by supporting it. You can choose how much you want to contribute to the project.

You can decide how much you want to bring to the project.

Magazine

10 April 2006
Envidia y humor.

David G. Torres

La colección del matrimonio Herbert es extraordinaria y su exposición en el MacBa, magnífica. Poco más se puede añadir al glosario de virtudes que se han venido escribiendo sobre ambas. Qué decir de alguien que decide coleccionar ideas o que, como coleccionista, se muestra abiertamente crítico con las ferias de arte por entender que el comprar arte tiene que ver con el compromiso. Es decir, que una colección se hace desde la voluntad de participar en un proceso cultural amplio, de ser un agente activo en el entramado de artistas, crítica, galeristas, conservadores, museos y centros de arte, comisarios y coleccionistas.


Los propios Herbert, en las múltiples entrevistas que dieron los días que estuvieron por Barcelona, recordaban cuando las exposiciones se planeaban sentados en una mesa los artistas, los galeristas y los coleccionistas. Con ello vienen a confirmar eso de que el arte se construye desde contextos de trabajo intensos.

Ante los Herbert cabe poco más que la envidia: por su papel en la construcción de ese contexto, porque ese contexto es nada más y nada menos que el del arte conceptual, minimal y povera en los setenta y, luego, de la emergencia de la generación de Martin Kippenberger y Mike Kelley. Ésta sería la envidia sana.

Evidentemente es voluntad de un museo como el MacBa cumplir en una exposición como ésta con una función pedagógica. Alguien comentaba el día de la inauguración que era como pasearse por un libro de historia del arte. Pero también se quieren señalar otras cosas. Sin ir más lejos la ya comentada función del coleccionista. Precisamente la inauguración coincidió con la celebración de Arco y tanto los Herbert, como Manolo Borja y toda la prensa insistían en la comparación. Arco venía a representar un mal en situación del arte actual, la compra sin compromiso, y los Herbert lo contrario. Triste comparación, y no ya sólo con Arco, sino de manera más extensa con el contexto. La exposición no sólo representa a los Herbert, sino el contexto de artistas y trabajo que están en la colección. Frente a ese contexto la comparación sigue siendo triste y lo que aflora ahora es envidia de la otra. Por cierta incapacidad de la ciudad, sea por lo que sea, por los coleccionistas, por la crítica, los museos o los artistas, para articular un contexto de intensidad. De entre las miles de quejas que entonamos por la falta de representatibilidad y visibilidad de la producción local, por si hay un cocinero en la documenta antes que un artista, muy pocas miran hacia dentro, hacia si realmente hay un contexto intenso e interesante que “vender”. Las comparaciones siempre se hacen sobre mínimos -lo que se hace aquí no es peor que lo que se hace no sé dónde-, cuando quizá habría que hacerlas sobre máximos. Y es ahí donde aparece la exposición del MacBa, no ya pensando en la generación conceptual, sino en la otra más próxima y que representa esos máximos: los Kippenberger, Franz West, Jan Vercruysse…

Hablando de dar lecciones, todos deberíamos aplicarnos un poco el cuento. Y el primero el propio museo que, si por un lado ha conseguido generar suficiente intensidad de discurso para que los Herbert hayan decidido mostrar aquí su colección -incluso parece ser que el MacBa es una de las novias para que se quede, afirmando así una de las grandes jugadas del museo, consolidar una colección recogiendo fondos y depósitos de otras-, si ha conseguido una visibilidad exterior que ninguna otra institución había conseguido hasta ahora, no estaría de más tampoco que en esa generación de discurso sea un poco menos para dentro y sea capaz de abrirse al propio contexto de la ciudad.

Las comparaciones siempre se hacen sobre mínimos -lo que se hace aquí no es peor que lo que se hace no sé dónde-, cuando quizá habría que hacerlas sobre máximos.

La exposición insiste en una de las bases sobre las que se ha articulado el proyecto del museo: que el arte tiene que ver con ideas, procesos de trabajo y con el conocimiento. No en vano Carles Guerra empezaba su artículo del Culturas con la anécdota de alguien que comentaba que en el MacBa no hay exposición sin alguna pieza de Marcel Broodthaers. Su reflexión al respecto era ajustada: aunque no sea cierto, es verdad. También ese otro comentario de que la exposición parece un paseo por la historia del arte es ajustado. Toda colección es un intento de escritura de esa historia del arte y, en este caso, se asienta en el compromiso de los Herbert con dos generaciones, la de 1968 y la de 1989, en una supuesta separación generacional entre “conceptuales” y “post-utópicos”.

Pero saltando esas barreras históricas y centrándonos en el Marcel Broodthaers más malicioso, cuesta ver dónde está la diferencia de tono entre la mofa de Martin Kippenberger y la de John Baldessari cantando las Sentences on Conceptual Art de Sol LeWitt, una pieza que ya marcaba una distancia irónica sólo tres años después de que Sol LeWitt publicase sus reflexiones. Y a partir de ahí, acompañados de Gilbert&Georges, se hace difícil leer a On Kawara desde la ortodoxia, desde una supuesta trascendencia o rigidez, y más bien se ve afectado, sin perder un ápice de radicalidad, por una vena humorística. Precisamente, no lejos de esas mismas salas, hace unos pocos meses exponía Ignasi Aballí, un artista vinculado estrechamente a esa estirpe de artistas y del que también habría que empezar a señalar, más que la trascendencia, el intenso sentido del humor del que surge.

Por ahí el recorrido es impresionante: On Kawara, Gilbert&Georges, John Baldessari, Jan Dibbets, Dan Graham, Robert Ryman, Joseph Kosuth, Lawrence Wiener y “Violent Incident” una pieza en la que Bruce Nauman no se muestra tan moralista como acostumbra a serlo en “Sex&Death” o “Good Boy Bad Boy” . Quizá por eso la figura de Bruce Nauman sirve de visagra. Su obra oscila entre los momentos de intensidad herederos de sus primeros trabajos encerrado en su estudio (pintándose los testículos, midiendo la pared, tocando un violín afinado en D.E.A.D.) y esa vena un tanto moralista, de rigidez calvinista entre lo que está bien y está mal, afectado de cierto pensamiento simple estadounidense, que está presente en otras como las citadas. Y funciona como bisagra en la medida en que ahí se relaciona con ese otro grupo de artistas más inmanentes y en los que sí que es posible certificar una actitud no resquebrajada por una pérdida de la utopía: los Mario Merz o más en la estirpe de Sol LeWitt, Richard Long, Robert Smthson o Donald Judd.

Algo no tan habitual en el museo es la contundencia y claridad con la que están expuestas las piezas.

Parece, según marcan las fechas de la exposición, que ese sentido del humor a unos se lo da la caída del muro de Berlín (1989) y a otros no se sabe muy bien qué, pero está ahí. Y es que quizá lo afortunado es hacer una visita a contrapelo, de atrás a delante, de la segunda planta, con Kippenberger, Kelley y Franz West, hacia la primera. Tal vez para confirmar que sólo es posible pensar en presente y que, más que un razonamiento histórico, lo que funciona es la mirada que, insisto, Martin Kippenberger aporta sobre On Kawara. Aunque posiblemente sea necesario haber pasado por Mario Merz para entender el críptico sentido del humor de Franz West. Y ver que, comparado con el artista italiano, lo suyo no está tan lejos de lo que hacía Jonhn Baldessari al cantar las “Sentences” de Sol LeWitt.

Si además de cumplir una función pedagógica históricamente anclada, la exposición fuerza lecturas más complejas, transgeneracionales o temáticas, si se quiere, es también por la contundencia y claridad con la que están expuestas las piezas. Algo ya no tan habitual en el museo. Como si no hiciese falta un excesivo esfuerzo de contextualización y de explicación, y sin embargo, finalmente, un ejercicio de confrontación fuese más enriquecedor.

http://www.davidgtorres.net

close
close
close
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)