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Magazine

10 July 2006
“Honestidad brutal”

David G. Torres

La irrupción de Pauline Fondevila en el panorama barcelonés en el último año significa un revulsivo, un ápice de optimismo en un relevo generacional que no parece despertar, aletargado y más preocupado por el dónde y por el cuánto que por el qué. Con Pauline Fondevila podemos volver a hablar de arte y no de condiciones de producción, de honestidad e implicación frente al trabajo y no de cinismo, de intentos de renovación lingüística e investigación y no de conformismo e imitación.


En el último año su obra y actitud ha aparecido salpicada en exposiciones y eventos. Así, de memoria: en la presentación de un póster en Hangar Obert; la exposición “World Painting” (A-Desk Nº1 06 02 06), en la misma galería Estrany · de la Mota; y en un trabajo en colaboración con David Bestué organizando la exposición de los seleccionados del Premi Miquel Casablancas en Sant Andreu. Ahora por primera vez podemos ver una verdadera exposición individual en su galería de Barcelona y que obviamente debe servir para tomar el pulso de lo que hasta ahora eran las posibilidades apuntadas de un trabajo.

En esas salpicadas apariciones ya insistía en la voluntad de, a través del dibujo, trazar una especie de mapas personales hechos de referencias: obvio en el mural que presentó en “World Painting”, un listado de nombres con los que, se intuye, siente afinidad personal, sentimental y artística. Evidentemente ese trabajo sobre referencias personales sigue formando el nudo de su obra. Más sofisticadas ahora, especialmente en un nuevo mural que recupera el título “Share the darkness” que ya utilizó para el póster que produjo en Hangar Obert y en la que los nombres son como una vomitera sobre el muro, casi como un “dripping all over”, pero de mapa mental. Y en la fantástica serie de dibujos que dan título a la exposición: ” Una extraña mañana de febrero en Gijón (Parte II)”. Aquí ese dibujo mental aparece más bien como una especie de ensoñación que fluye de un dibujo a otro como una ola.

Dos cosas a apuntar sobre el nudo del trabajo de Pauline Fondevila y un anexo. La primera, señalar la pertinencia del dibujo por lo que tiene de directo y de inmediatez para el trazado de esos mapas mentales. Si André Breton decía que el pensamiento se hace en la boca, habría que convenir en este caso que el pensamiento se hace en la mano. Y claro, André Breton −por cierto, cuya biblioteca, expuesta hoy en el Centro Pompidou de París tal y como la dejó, es también una especie de mapa mental en un caos de objetos, obras y libros− no sólo señalaba que el lenguaje es el que hace pensamiento, sino que, ligado a la escritura automática, se da de esa manera, que es inmediato, que se construye directamente. De ahí ese aspecto de desorden, de vomiteras, ola o dripping en las obras de Pauline Fondevila. Así que el uso del dibujo también estaría ligado a, rememorando a Andrés Calamaro, una honestidad brutal. Aquí aparecería el segundo aspecto a apuntar. Todo ese juego de referencias para nada es ampuloso o arrogante, sino un auténtico vaciado en un intento de construcción del sujeto propio que ya no puede ser expresivo ni arrogante afirmación del yo. Sino que está hecho desde los márgenes, fragmentario y explicado a través de otros. O, recurriendo a un referente presente, sampleado. Y finalmente un anexo: valorar el asentamiento de un pensamiento referencial, que sólo puede pensarse a si mismo pensando en los otros, y que viene a ratificar la cualidad discursiva del trabajo en arte, algo que por ejemplo y de manera destacada, Enrique Vila-Matas ha puesto en marcha en fantásticos libros como “Breve historia de la literatura portátil” y “Bartleby y compañía”.

Por eso sorprende que Ángela Molina, en la crítica que hizo de la misma exposición en El País, insistiese en relacionar el trabajo de Pauline Fondevila con un universo infantil. Quizá porque entiende que sólo los infantes dibujan o, tal vez, y esto ya no sería ingenuo sino grave, porque confunde honestidad con niñez. Claro que tampoco he sabido encontrar en el complejo mundo de referencias de la artista ni a Lewis Carrol ni al famoso principito de Saint-Exupéry sobre los que tanto insiste la crítica de El País y que sin duda sirven para ajustar su teoría de la niñez. Y sin embargo sí que aparecen desde Goya, a Maurizio Cattelan, pasando por Los Planetas, Jeff Wall o Gilbert & George. No es un mundo imaginario, sino, insisto, un mapa mental. Y no es imaginario porque implicaría apartase de esa honestidad brutal y de su entendimiento complejo del sujeto contemporáneo.

No es un mundo imaginario, sino un mapa mental, porque implicaría apartase de esa honestidad brutal y de su entendimiento complejo del sujeto contemporáneo.

En todo caso, y para acabar con ello, dos elementos podrían tener que ver con la infancia: Little Nemo y la omnipresencia de un personaje llamado P. identificado tanto con la propia Pauline como con Pinocho, por la nariz. El primero tiene que ver con la referencia al cómic (que para nada es forzosamente infantil) y, además, está relacionado con con Goya y el “Sueño de la razón produce monstruos”. Y el segundo, Pinocho, viene a dar un giro extraño a esa honestidad brutal, poniéndo de manifiesto una duda: ¿No será tal vez todo mentira? o es que quizá no puede ser de otra manera. Sin embargo la aparición del personaje P., en concreto como escultura de madera que parece pintar el mural, apunta hacia otro lugar.

Salvado el volver a hablar de arte y salvada la honestidad, toca ahora hablar del aspecto prospectivo, la investigación o los intentos de renovación, presentes en el trabajo de Pauline Fondevila. Sin duda la aparición de ese elemento escultórico hay que leerlo en un intento de búsqueda de nuevas vías en su trabajo y de salvar un encasillamiento en el dibujo. Y, si bien es un aspecto a apreciar, y que también viene a insistir en la posibilidad de que todo sea puro artificio (la mentira de Pinocho), creo que le resta esa autenticidad, o la honestidad en la que he venido insistiendo, tan presente en los dibujos. Algo que también le sucede a la serie de ampliaciones en ploter de partes de los dibujos de la serie “Una extraña mañana de febrero en Gijón (Parte II)” y que domina el espacio de la exposición. No deja de resultar curioso, porque si bien por una cuestión técnica vuelve a subrayar un cierto enfriamiento o distancia, a objetivar de alguna manera ese acto inmediato de dripping mental con una cierta pérdida de intensidad en una solución demasiado formal, por otro lado son imágenes de una intensa cualidad pictórica. Pero no seré yo quien vaya a defender una supuesta pureza lingüística o técnica, sino más bien valorar un esfuerzo de enroque constante del trabajo, de autoreferenciarse, retomarse y repensarse y de giro sobre si mismo. Y, sin duda, de recuperación de la intensidad.

http://www.davidgtorres.net

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