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Magazine

18 May 2010
Pasando de tópicos

David G. Torres

“Guía secreta de la Rambla”, que incluye varias exposiciones, entre ellas una dedicada a Ocaña, intenta trazar un retrato complejo de la calle más emblemática de Barcelona, que justamente por su carácter emblemático ha quedado tantas veces reducida a simplificaciones casi caricaturescas. Es también una oportunidad para medir los intereses de la institución dependiente del Ayuntamiento de la ciudad, la Virreina, y las posibles vías de la nueva dirección.


Al ayuntamiento de Barcelona siempre le ha gustado pensar que una de las funciones de la Virreina era publicitar la ciudad. Lleva el nombre, reciente, de centro de la imagen, pero muchas veces parece que tenga que ser centro de la imagen de Barcelona. Así se contagia de ese carácter tan barcelonés al que le gusta pensarse y repensarse. Un carácter que ha sido una constante desde las olimpiadas y que ha encontrado su punto de inflexión o de hartazgo en el referéndum de la Diagonal. Obviamente, la Virreina no sólo depende del ayuntamiento de Barcelona, cuya principal preocupación debe de ser la ciudad, también está en un enclave privilegiado, la Rambla. Osea que le viene como anillo al dedo para, en ocasiones, dedicarse a pensar en esa imagen de la ciudad, como se construye o girar la mirada hacia el pasado para ver como se explica. A ello habían respondido exposiciones que van desde “Ciutadana Maria Aurèlia Capmany” a “Vostestaquí” (para la que se pensó una arquitectura efímera que aun hoy conforma las paredes del centro, una arquitectura pensada para unos meses que ha durado diez años). En todo caso, la cuestión no está en dilucidar hasta que punto el ayuntamiento cree que el centro debe pensar la ciudad o no; sino, en todo caso, en si debe de ser un útil para la ciudad o para el propio gobierno de la ciudad. En fin, si sirve para actos de explícita autopublicidad electoralista como en el caso de “Ciutadana Maria Aurèlia Capmany” (en ello debía pensar el conseller Treserras cuando decía que Santa Mònica tenía que estar al servicio de la Generalitat); o como lugar para, por ejemplo, intentar revisar la producción artística local como en el caso “Vostestaquí”. “Guía secreta de la Rambla” en apariencia podía responder a un interés de ensimismamiento y autopublicidad de la ciudad por parte del ayuntamiento. Sin embargo, la nueva dirección, a cargo de Carles Guerra, ha intentado ir más allá del escaparate publicitario, trabajar sobre una mirada y un imaginario más complejo que el de los tópicos que recaen sobre la Rambla.

En realidad “Guía secreta de la Rambla” son varias exposiciones. En primer lugar, una con instantáneas de las Ramblas en la que hay desde cuadros de Joaquim Vayreda, hasta fotografías de transeúntes en la calle barcelonesa de Breat Streuli, pasando por distintos documentos históricos (fotografías, carteles, libros, películas…) de más de un siglo de historia (desde documentación de sucesos relacionados con las bombas anarquistas hasta celebraciones de las recientes victorias del Barça). Como si se tratase de un inventariado y una documentación histórica este apartado también incluye algunas obras como la colección de retratos de Jaume Pitarch hechos por pintores callejeros o el “Diario de un ladrón” de Jean Genet. La segunda y la tercera exposición dentro de “Guía secreta de la Rambla” recoge los archivos fotográficos de Frederic Ballell y Xavier Miserachs. Y, finalmente, la cuarta está dedicada al que quizá ha sido el último personaje emblemático de la Rambla, Ocaña.

Hace tiempo que era necesario hacer una revisión de Ocaña. Un personaje que ayuda a reconstruir la historia de una Barcelona en el borde de la transición, emigrante, canalla, libertina, sucia, una ciudad gris (como más tarde cantó Loquillo), que sin embargo, mucho antes del exceso de diseño, encontró algunas luces y algunas islas de libertad (por las que algunos pagaron un alto precio). Y, también, era necesario hacerlo por el propio trabajo de Ocaña: no sólo sus pinturas, sino entendiendo de una vez que el trabajo está hecho de una actitud. Esa actitud, que en muchos sentidos habría que recuperar por lo insolente, lo mestiza y lo incorrecta, queda bien retratada, justamente, porque no se limita a exponer su “obra” sino que está llena de documentación de la propia vida y las actitudes de Ocaña. Al mismo tiempo, esa necesaria revisión sabe a poco enclaustrada en una exposición que trata de trazar la imagen de la Rambla.

Porque ese es el objetivo, trazar la imagen de la Rambla. Algo que se podría hacer desde el ensimismamiento del que hablaba al principio y que sin embargo ha preferido evitar la demagogia y mostrar su rostro lleno de complejidad y sin autocomplacencia, es decir, evitado aquello de que es un crisol de culturas. También sin nostalgia, sino mostrando la crudeza de lo que podía significar habitar la Rambla y aquella ciudad canalla, ser el escenario social de Barcelona o su actual desnaturalización como lugar de turismo o celebraciones futboleras.

La exposición viene a demostrar que, a veces, es posible desarrollar trabajo en un centro que está a disposición del ayuntamiento o que ocasionalmente está dedicado a trazar la imagen de la ciudad, desde una una visión más compleja de la que hasta ahora habíamos visto. Es la primera exposición en la que se nota la huella de la nueva dirección o en la que se pueden advertir algunos de sus rasgos. En primer lugar, ese deseo de no contentarse con discursos planos. Pero, más prosáicamente, hay cuestiones básicas de organización expositiva. La estructura arquitectónica, aquella que queda desde hace diez años, se ha hecho más invisible a base de una operación tan simple como pintar todas las paredes de blanco (no en el caso de la sección de Ocaña, aun muy pesada) y abrir huecos. O al menos esa es la impresión, se han abierto las ventanas a la Rambla (como guiño evidente a la exposición) y así el mismo centro se ha hecho más poroso, no es un cubículo ni un búnker. Y se ha instalado un hall de entrada que viene a articular el espacio y a hacer que el ingreso no sea tan abrupto. En cualquier caso, son aspectos que podrían hablar de un deseo que hoy parece preocupar a diversas instituciones de la ciudad: abrirse y ser más porosos sin renunciar a una cierta complejidad.

http://www.davidgtorres.net

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