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Magazine

06 February 2007
“Vacaciones en el Prat”

David G. Torres

Un gran cartel luminoso, como los que ocupan los márgenes de autopistas y carreteras anunciando promociones inmobiliarias, da entrada a la exposición de Manel Margalef en el Tinglado 2 de Tarragona. Al igual que en esos otros carteles, también éste parece anunciar una nueva promoción inmobiliaria: casas en un campo de golf. “En venta” es el reclamo del cartel y titula la exposición. Sólo que en este caso las casas que se venden son de 30 metros cuadrados.


En primer lugar, hay una referencia obvia al furor constructivo e inmobiliario que parece mover este país (no sólo como empresa para el enriquecimiento indecente de unos cuantos, objeto de todo tipo de irregularidades para con lo público, explotación del terreno, desbarajuste ecológico, también es el sector que consigue que los índices de crecimiento económico español sigan remontando). Para ello ha tomado un ejemplo paradigmático, el de los campos de golf: pasado el tenis, el squash y el pádel, es el nuevo deporte a la moda que, como todos los otros en diferentes épocas, sirve más que nada para hacer patente un estatus social. De hecho, últimamente los proyectos de campos de golf van acompañados de promociones inmobiliarias dentro del propio campo que incluyen ser socio del club, ejemplo mayúsculo de lo “chic”. La promoción de Manel Margalef no tendría nada de extraño a no ser que las casas promocionadas en “En venta” son de 30 metros cuadrados. Así que, en segundo lugar, una referencia explícita a la actual discusión sobre la vivienda y en concreto a la que nos ocupaba hace un año escaso con la propuesta desde el gobierno de viviendas de protección de esas dimensiones. Más allá de la polémica suscitada, Manel Margalef pone una contradicción entre lo “chic” y lo precario.

El cartel viene a resumir la propuesta, pero también da entrada a la exposición en la que las referencias citadas se amplían para reflexionar sobre la artificialidad y la estandarización. Dos hoyos de campo de golf con césped artificial, algunos árboles (de verdad) y arena, más una casa piloto de esos 30 metros cuadrados e imágenes estáticas proyectadas de un auténtico campo de golf configuran la exposición.

Dos hoyos de campo de golf con césped artificial, algunos árboles (de verdad) y arena, más una casa piloto de esos 30 metros cuadrados e imágenes estáticas proyectadas de un auténtico campo de golf configuran la exposición.

La artificialidad: redobla la artificilidad propia de los campos de golf al reproducirlos en un interior, casi como una maqueta 1/1, con, sobre todo, césped falso. Es una artificialidad redoblada o subrayada porque de hecho los campos de golf son naturalezas domesticadas como lo era el paisaje francés del siglo XVIII. Además, todo está contenido en una especie de gran urna: el propio Tinglado. Finalmente, la casa piloto está construida con elementos prefabricados. Por otra parte, la estandarización tiene que ver justamente con la construcción de esa casa piloto. Aquí la cuestión es más compleja. Interviene la idea de hábitat, de casa o de hogar: no como lugar específico, sino ligado a la producción en serie; producción enserie y estandarización apoyada por el diseño de interiores y de mobiliario. Y así insiste en cierta idea del funcionalismo que se ha convertido en forma alejada de función o en unificación; y eso que los muebles que hay en la precaria construcción hecha con andamiajes y estructuras prefabricadas no son de Ikea, sino de una marca de diseño de calidad. Una vez más, contraste: ahora entre materiales industriales y prefabricados utilizados para, por ejemplo, oficinas provisionales o casetas de obra y muebles de diseño.

Frente a cuestiones tan actuales y acuciantes como las citadas (especulación, vivienda, estandarización, artificialidad, hábitat, lo doméstico…) la propuesta de Manel Margalef no cae en una crítica fácil, como podría ser una réplica naif a los famosos 30 metros cuadrados o una denuncia a la explotación de campos de golf. Sino que más bien presenta cierta complejidad de los hechos, da los elementos, los presenta bajo una óptica que, más que deformada, busca subrayar o incidir en los ángulos extremos (aunque la realidad siempre supera la ficción y así parece ser que durante la exposición se ha acercado gente a preguntar y dispuesta a comprar una de las casas en ese supuesto campo de golf). Es una reflexión casi de carácter antropológico, como un estudio de campo, la constatación de unos hechos. Aunque no exento de sentido del humor inscrito en la misma formulación de la pieza: casas estandarizadas, minúsculas y populares en un espacio elitista, un campo de golf que recuerda “Vacaciones en el Prat” que daba título a un disco de Decibelios en los ochenta, cuando El Prat era el último lugar al que uno iría de vacaciones.

Antes de inventar nada merece la pena pensar en lo que ya existe, porque de donde no hay, no se puede sacar, pero dónde sí hay algo, hay que exprimirlo, insistir en ello.

Destaca, entonces, una mirada aguda sobre la realidad, un distaciamiento que proyecta cierta ironía o sentido del humor y finalmente la misma contundencia del proyecto. Algo muy ligado a la política expositiva del Tinglado 2 que, después de un bache en el 2000, sigue ahí apostando por la producción de obras, de proyectos individuales que, como en este caso (y habría que recordar otros como los de Jordi Colomer o Francesc Abad), sean significativos en la carrera de un artista. Y todo ello sin demasiados aspavientos, fanfarrias o fuegos de artificio, pero sí con la dificultad que supone llamar la atención de una Barcelona que tanto busca la atención de los otros y está tan poco atenta a la atención próxima. En un contexto tan interesado en los modelos institucionales, en definirlos y crear nuevos, no está de más simplemente apoyar lo que existe, potenciarlo, para poder hablar y enjuiciar trayectorias. Y que no pasen tristes episodios como la Trienal de Barcelona, sólo una edición, la primera, de la que ya nadie quiere acordarse. Como tampoco nos acordamos de que quizá uno de los problemas que lastró esa decisión es que en Barcelona ya había una Bienal, a finales de los ochenta y primeros noventa, La Biennal del Joves Cradors del Mediterrani. Como no estaba de moda lo bienalístico se eliminó y luego cuando sí estuvo de moda había que inventar otra ya sin contexto ni trayectoria, políticamente marcada e indicada… En fin, antes de inventar nada merece la pena pensar en lo que ya existe, porque de donde no hay, no se puede sacar, pero dónde sí hay algo, hay que exprimirlo, insistir en ello.

http://www.davidgtorres.net

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