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Magazine

04 December 2006
Zurcidos y descosidos

David G. Torres

En los últimos años se han producido una serie de modificaciones en la estructura artística de Barcelona de los que tengo la sensación que no somos muy conscientes, o que por cierta desidia en la voluntad por explicarnos o por incapacidad de sostener una mínima memoria histórica (que afectaría incluso al hecho de los fuertes cortes generacionales que se producen en la ciudad y que hacen que cada nueva generación crea que tiene que empezar la casa de nuevo, se olvide de los cimientos y rechace las referencias a los más próximos, algo de lo que sin duda tiene buena culpa la cerrazón universitaria) hacen que todo parezca que forma parte de un status quo inamovible, cuando no siempre las cosas han sido como ahora.


Recientemente en un pequeño artículo de opinión para El Temps d’Art escribía que a veces me da la impresión que Barcelona tiene un espacio limitado, que cuando se arregla un descosido, se abre un agujero por otro lugar. Casi como trasparentando la propia estructura urbana de la ciudad: no hay sitio, para construir un edificio nuevo hay que derruir otro o para construir un barrio nuevo hay que cargarse una estructura industrial o económica de otra índole (pero ese problema es harina de otro costal).

Por ejemplo, señalaba en aquel artículo, que cuando el Macba empezó a funcionar verdaderamente como museo de arte contemporáneo de la ciudad la programación de la Fundación Tapies se desdibujó (lejos quedan exposiciones emblemáticas como Fluxus o “Els límits del museu”) y el Centro de Arte Santa Mónica entró en una crisis que acabó en la necesidad de su remodelación. Parece que poca gente se acuerda, pero antes de unos años de bajo interés y problemas diversos, en los primeros noventa por Santa Mónica pasaron General Idea, Chris Burden, nuevos fotógrafos alemanes (comisariadada por Pepe Lebrero) e incluso una exposición tan controvertida como “Anys 90. Distància 0” de José Luís Brea. Sin alejarnos del Centro de Arte Santa Mónica, cuando Ferran Barenblit nos llamó a Miguel von Hafe Perez y a mi para, en una primera etapa (que luego siguieron Jacob Fabricius y Frederic Montornés), reformular el centro y ver que espacio podía ocupar en la ciudad hacíamos la siguiente evaluación: el hueco destinado a artistas en torno a la treintena que podían asumir una primera producción importante quedaba cubierto por espacios como la Sala Montcada de la Fundació La Caixa, La Capella y el Espai13 de la Fundació Miró; el Macba cubría un sector más consolidado, tal y como le corresponde a un museo, y, por otra parte, La Virreina, por ejemplo, cubría el espacio destinado a exposiciones de tesis (no hay que olvidar una exposición cuya pertinencia crece con el tiempo como “Interzona” de Manel Clot). Así que lo que quedaba verdaderamente desatendido era el hueco que se abría entre el project room y el Macba, ¿qué hacer entre Montcada y la exposición middle carrier? ¿dónde asumir un proyecto ambicioso un artista que ya ha pasado por galerías o que ya ha trabajado sobre proyectos tipo, insisto, Montcada? Seguro que no todo es tan simplista. Aunque volviendo a lo del roto y el descosido, lo curioso es que tras cuatro años de la remodelación de Santa Mónica esos otros espacios, anteriores, han desaparecido o también se han desdibujado. La sala Moncada se ha trasladado a CaixaForum y está por ver si es capaz de recuperar el pulso que la caracterizó en otros tiempos; la Capella cada vez parece más abandonada, desde luego se acabaron los ciclos comisariados (donde aristas como Tere Recarens, Joan Morey o Carles Congost asumieron su primer proyecto importante); y el Espai13 se ha refugiado estos dos últimos años en artistas de Le Fresnoy (¿es posible irse más lejos del entramado del propio contexto?). No hay espacio para todo, coses por aquí y revienta otra costura: cierra la galería T4 y abre Nogueras·Blanchard; cierra Metrònom y otros coleccionistas se muestran activos…

Y aún podría verse de otra manera. Al desdibujamiento de Montcada, La Capella y el Espai13 le ha correspondido la aparición de otros espacios de un perfil generacional quizá más bajo o con menor capacidad para asumir proyectos individuales: desde Processos Oberts en Terrassa a Hangar y Can Felipa, o de la Sala d’Art Jove de la Generalitat y los tímidos intentos de la Facultat de Belles Arts cada inicio de temporada al Centre Civic de Sant Andreu. Hace unos años ese hueco era el verdaderamente desatendido: apenas la programación de Creatures en el Glass Cabinet de Estrany-de la Mota, algún intento de Metrònom (dando espacio a la performance con el Club 7), los becados de la Generalitat en las horas bajas de Santa Mónica o las ediciones de “Se alquila” en plan okupa que organizaba Luisa Ortinez.

El caso del Centre Civic de Sant Andreu y el Premi Miquel Casablancas es paradigmático. Si no recuerdo mal, empezó siendo un premio dedicado a pintura joven con una exposición de los seleccionados y poco más. De ahí se ha convertido en un premio que, afortunadamente, se ha olvidado de la desafortunada etiqueta formal, para ofrecer un premio a la obra (3.000 €) y otro destinado a la producción de un proyecto (otros 3.000 €). Pero lo destacable, más allá del dinero y los premios, es como el proyecto se estira a lo largo del año. Ahora en la presentación de la última etapa del proceso se publican las bases de la edición de 2007 que empezará a ser visible la próxima primavera en un nuevo espacio, Can Fabra (que esperemos sea más adecuado que las actuales salas del Centre Civic que, al menos, ahora tienen las paredes blancas y la oportunidad de desarrollarse más allá del espacio estricto de exposición, no es un logro pequeño).

Barcelona tiene un espacio limitado, que cuando se arregla un descosido, se abre un agujero por otro lugar.

El jurado de la edición 2006 estaba formado por tres equipos: David Bestué y Pauline Fondevila, artistas, por un lado; David Armengol y Manuel Segade, comisarios, por otro; y, finalmente, Peio Aguirre y Victor Palacios, también comisarios. La opción es que el jurado no sólo dé el premio, haga la selección y se olvide, sino que participe en un auténtico seguimiento de participantes y premiados, que se produzcan, así, intercambios generacionales y entre profesionales (comisarios y artistas). Otra cosa es que acaben dándose, que las buenas intenciones sean efectivas, pero no es, ni mucho menos, un mal punto de partida.

En la pasada primavera se hicieron públicos los premiados al mismo tiempo que David Bestué y Pauline Fondevilla presentaban “La ilusión del pirata”, una exposición que recogía trabajos de los artistas que se habían presentado a la convocatoria, mezclándolos con obras de artistas conocidos (de Pierre Huyghe a Jeff Koons) y referencias al cine o la música. Toda la presentación con una ingente cantidad de información estaba montada, clavada y pegada en las paredes, con imágenes directamente recogidas de los dossieres o recortadas de otros lugares. Y en fin constituía un exposición verdaderamente inteligente, que sacaba jugo de ahí donde seguramente en muchos casos no lo había, que oponía resistencia a la idolatría por la pieza única, que repensaba con intensidad el fenómeno de la exposición que parece aún anclada en preceptos de museo decinomónico y que apostaba por las referencias y por la idea de contexto como base de cualquier producción cultural.

A la apuesta de David Bestué y Pauline Fondevila le siguió en julio la revisión del premio al equipo de David Armengol y Manuel Segade. Ellos pusieron en marcha el MICA, un museo de arte contemporáneo de reducidas dimensiones, que ocupaba el espacio destinado al museo de La Maquinista en Sant Andreu, con una serie de exposiciones temporales en base a los artistas que se habían presentado al premio y hasta una pequeña programación educativa y de conferencias. Pese a las pequeñas proporciones, el proyecto del MICA era ambicioso y por ello mismo más complejo en su efectividad: se hacía más difícil ver en conjunto, entender el proyecto en sí y, evidentemente, entraba en juego la dificultad de engarzar el entorno del barrio en un proyecto semejante. Aunque sin duda tenía la virtud de no caer en la facilidad de querer hacer un proyecto con el barrio en consonancia con ese acceso neocolonialista de nuevo cuño très à la mode en el que algunos se empeñan; basta pasearse por el Besós, cuando no se intenta enseñar a vivir a los demás, se les estetiza (todavía recuerdo a Ute Metta Bauer fascinada por las sábanas con escritos colgadas de los balcones con las que los vecinos reclaman sus derechos y mostrándolas sin ningún rubor en un pase de diapositivas).

Si bien el proceso es importante, lo es en términos de consumo interno, un buen proceso no asegura un buen resultado

La etapa final del proceso del Premi Miquel Casablancas está expuesta estos días en el Centre Civic de Sant Andreu. “Negociar trobades, abraçar tres dies”, el título de la aportación de Peio Aguirre y Víctor Palacios, consistía en, siguiendo el esquema del workshop, trabajar durante tres días con artistas participantes en el premio. Distanciada de las otras dos propuestas, pretendía poner en marcha modelos relacionales, en los que romper las supuestas barreras entre comisario y artistas (aunque no acabo de ver que barreras son esas y, si las hay, si es bueno o no romperlas), con un trabajo colaborativo… Quizá sintomáticamente ha sido la propuesta que mejor delata los pros y los déficits del premio de Sant Andreu. Por una parte insiste en la encomiable virtud del premio por establecer ligámenes entre generaciones y ofrecer un proceso de trabajo más que un espacio de presentación definitivo, pero, por otra parte todo ese proceso es de difícil acceso, con resultados cuya visibilidad es escasa. Sin duda esa escasez de contundencia es lo que tanto “La ilusión del pirata” como el MICA se esforzaron en cubrir. Ahora, en “Negociar trobades, abraçar idees” apenas quedan en los pasillos del Centre Civic cuatro intervenciones sobre los muros. Destacan: Telmo Moreno (ganador del premio este año), quizá no tanto por lo que aquí presenta (un retrato de la coordinadora, Pilar Cruz, luchando con su email frente al ordenador) como lo que se entrevé a juzgar por otros trabajos en los que ha insistido en cierto sarcasmo, como jugando con las propias leyes institucionales del arte, queriendo subvertirlas y sobredimensionar su papel de artista, algo en lo que no valen apuestas a medias y en el que a veces se le escapa demasiado cinismo; y el dibujo sobre pizarra de Sergui Botella y Marta Juan Martorell en el que retratan irónicamente a Peio “Negocios” y Victor “Abrazos”. Por lo demás, dos murales con insistencia en un proceso de trabajo basado en hablar mucho, discutir y tomar cervezas.

El peligro de esa especie de necesidad actual por mostrar y dar visibilidad a los procesos de trabajo es olvidar que, si bien el proceso es importante, lo es en términos de consumo interno, que un buen proceso no asegura un buen resultado. En arte siempre hay que estar muy atento a las muletillas, que al hablar en exceso de producción o de trasparencia no acabe convirtiéndose en un puro argumento recurrente: la cuestión siempre ha estado en los contenidos.

La sensación final es que quizá sí ha habido encuentros y se han discutido ideas, pero han quedado invisibles. Volviendo al principio, seguramente este no es un problema de Sant Andreu sino de un déficit en una capa institucional intermedia en la que los artistas, alejados de enredos y experimentos curatoriales, por loables que sean, puedan mostrar sus trabajos, confrontarlos y obtener fortuna crítica más allá de la reconstrucción de un trazado institucional, más allá de intentar recomponer cuáles han sido las buenas intenciones o las intenciones a secas: más allá de la discusión y el contexto, los resultados.

http://www.davidgtorres.net

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