{"id":19111,"date":"2014-02-26T01:00:00","date_gmt":"2014-02-26T01:00:00","guid":{"rendered":"http:\/\/a-desk.org\/2014\/02\/26\/the-quiet-volume-el-retorno-a-la\/"},"modified":"2014-02-26T01:00:00","modified_gmt":"2014-02-26T01:00:00","slug":"the-quiet-volume-el-retorno-a-la","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/a-desk.org\/en\/magazine\/the-quiet-volume-el-retorno-a-la\/","title":{"rendered":"The Quiet Volume: el retorno a la biblioteca"},"content":{"rendered":"<p><img decoding=\"async\" class=\" alignleft size-full wp-image-8658\" src=\"http:\/\/a-desk.org\/wp-content\/uploads\/2014\/02\/biblioteca.jpg\" alt=\"biblioteca.jpg\" align=\"left\" width=\"669\" height=\"501\" srcset=\"https:\/\/a-desk.org\/wp-content\/uploads\/2014\/02\/biblioteca.jpg 669w, https:\/\/a-desk.org\/wp-content\/uploads\/2014\/02\/biblioteca-534x400.jpg 534w\" sizes=\"(max-width: 669px) 100vw, 669px\" \/><br \/>\nNunca sent\u00ed gran pasi\u00f3n por las bibliotecas. Al menos no  por la funci\u00f3n a la que, se supone, deben su existencia. As\u00ed como tiendo a comprar precipitadamente aquellos libros que quiero leer, acostumbro a leer en casa porque las bibliotecas no tienen ni cama ni sof\u00e1. Tambi\u00e9n porque el silencio estructural me desconcentra. De pronto, se me ocurre un motivo muy conveniente para practicar un \u201cretorno a la biblioteca\u201d: la creciente necesidad de un espacio exento de hiperv\u00ednculos para un exilio voluntario y transitorio de la pantalla de ordenador. Aunque quiz\u00e1s ese imperativo de tramposa desconexi\u00f3n es una de las razones por las que algunos necesitamos del arte.<\/p>\n<p>Por encima de hip\u00f3tesis generalistas, podr\u00eda decir que la \u00faltima vez que pis\u00e9 una biblioteca fue consecuencia directa de una actitud sensatamente promiscua hacia el contexto del arte gracias a <a href=\"http:\/\/mercatflors.cat\/espectacle\/sessio-5-seccio-irregular-the-quiet-volume\/\"><em>The Quiet Volume<\/em><\/a>, de Ant Hampton y Tim Etchells, un trabajo para dos espectadores que, a lo largo de casi una hora, produce una lectura guiada y compartida que devuelve al libro su condici\u00f3n de fetiche intelectual y que camufla la pr\u00e1ctica esc\u00e9nica en la rutina de un espacio p\u00fablico altamente codificado: una biblioteca.  <\/p>\n<p>Como primer dilema, el ep\u00edgrafe definitorio para una pieza en tierra de nadie pero de todos. Si bien sus autores lo definen como \u201cautoteatro\u201d \u2013en oposici\u00f3n a la incomodidad que les produce la alusi\u00f3n impl\u00edcita a esa audiencia con escenario del \u201cteatro participativo\u201d-, alguien poco instruido en teatro contempor\u00e1neo podr\u00eda preguntarse, \u00bfexiste teatro sin p\u00fablico?, \u00bfexiste p\u00fablico sin actores?, \u00bfexisten actores que nunca buscaron actuar? Parece ser que s\u00ed, sobre todo si intercambiamos nociones. La de p\u00fablico por audiencia y la de teatro por mundo. <\/p>\n<p>Esta \u00faltima noci\u00f3n canjeada nos remite a una filosof\u00eda, sino anacr\u00f3nica, demasiado cl\u00e1sica para sentirla cercana; la primera nos coloca de nuevo en una de las obsesiones del arte, tanto en la cr\u00edtica institucional como en las pol\u00edticas culturales. Pero no vayamos a repetir la autocomplaciente imprudencia de pasar por una de las muchas Escilas y Caribdis de las pr\u00e1cticas art\u00edsticas contempor\u00e1neas \u2013la cuesti\u00f3n de la audiencia- cuando The Quiet Volume presta m\u00e1s atenci\u00f3n a otra experiencia est\u00e9tica, si cabe la \u00fanica que todav\u00eda entra en los arriesgados par\u00e1metros de la universalidad: la lectura.  <\/p>\n<p>The Quiet Volume funciona con dos personas que llegan al lugar de (re)presentaci\u00f3n como espectadores potenciales y que se convierten en lectores, en p\u00fablico, en actores, en audiencia y en escenograf\u00eda. Todo a la vez y gracias a un dispositivo (el libro) que necesita de otro (un reproductor de mp3) para arrojar en menos de una hora un gui\u00f3n que funciona como manual de instrucciones y como metarrelato para esa cuesti\u00f3n tan inasible que es la lectura. Aunque podr\u00eda pensarse The Quiet Volume como una m\u00e1quina del tiempo que nos devuelve a un lugar en el que las bibliotecas y la lectura todav\u00eda tienen raz\u00f3n de ser. Y pensar, desde el imperativo de distracci\u00f3n que incluyen los libros y las salas de lectura, en la angustia de Jacques Austerlizt al conocer la transformaci\u00f3n de la Biblioteca Nacional de Francia en icono arquitect\u00f3nico de una Par\u00eds posmoderna. O en aquel aprendizaje infantil que necesitaba de nuestro dedo \u00edndice para no extraviarnos en la arquitectura del texto. <\/p>\n<p>Podr\u00edamos convertir tambi\u00e9n The Quiet Volume en un libro, conducido por un narrador omnisciente que, inyectando una afectaci\u00f3n en el estilo literario que roza frecuentemente lo cursi, consigue que sus dos protagonistas accedan a leer juntos. Es entonces cuando The Quiet Volume es una par\u00e1bola sobre la condici\u00f3n humana. Sobre ese saber estar juntos respetando la autonom\u00eda del otro pero sin llegar a perderlo jam\u00e1s de vista. No obstante la transferencia s\u00f3lo funcione porque hay unas reglas que lo posibilitan y que se aceptan sin objeciones. Reglas que ya no existen a la salida de la biblioteca, cuando el teatro deja de ser mundo y el mundo vuelve a ser ese lugar en el que uno, para ser aut\u00f3nomo, debe perder de vista tantas veces a la persona que tiene al lado. <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Nunca sent\u00ed gran pasi\u00f3n por las bibliotecas. Al menos no por la funci\u00f3n a la que, se supone, deben su existencia. 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