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Magazine

10 marzo 2014
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Haring de vuelta en Barcelona

David G. Torres


Finalmente, el mural de Keith Haring ha vuelto al MACBA. A Oscar Guayabero no le parece bien, pero a mi me ha dado una alegría. Es cierto que no es el lugar original en el que Keith Haring lo pintó, en la plaza Salvador Seguí, pero también es cierto que allí nadie lo quería. Eso de hablar del SIDA en un lugar centro de drogas y prostitución de la Barcelona preolímpica no estaba bien visto. Ahora, contrastaba ver a los restauradores repintando ataviados con batas blancas y con cuidado el mural, frente a las imágenes de Keith Haring en 1989 rodeado de curiosos y amigos pintando con una brocha que dejó algún goterón rojo. Al pobre Keith Haring no le querían en la plaza Salvador Seguí y luego cuando en 1996 se reprodujo su mural delante del MACBA sólo aguantó dos años. Hasta que Chillida decidió que donaba al museo, justamente, un mural que, precisamente, tenía que ocupar el espacio del “feo” graffiti contra el SIDA del artista americano homosexual muerto por efecto del virus. Algún día, si a algún reportaje le da por hacer indagación histórica, se desvelará quién no vio ningún problema en ese ofrecimiento tan poco respetuoso y que ocasionó el curioso efecto de que el museo de arte contemporáneo de Barcelona quedase enmarcado entre los dos artistas vascos más significativos: Oteiza a la derecha y Chillida a la izquierda.

Ahora finalmente Keith Haring ha regresado para romper ese enmarcado. Y no es casual que regrese. Es un buen momento para recuperar a un artista que hace sólo unos años nadie contemplaba (de ahí la poca importancia y molestia que a finales de los noventa supuso su borrado) y que lleva implícita la revisión de una época tratada con demasiada frivolidad. Keith Haring expresa compromiso político y no sólo en sus formas sino al adoptar nuevos modos de distribución de los contenidos en arte (el graffity es uno, los pins, camisetas, gorras, pósters… auténticos Harings de consumo popular que no agradaron ni a coleccionistas ni a galeristas porque buscaban oponerse a un mercado elitista). Y de paso en esa revisión de los ochenta recuperaríamos a figuras clave como Douglas Crimp, pero también a Basquiat (de hecho ya hay signos de su recuperación).

De momento el mural de Keith Haring mira de reojo al de Chillida (a ver cuánto aguanta, tal vez esa era su preocupación). También si a alguien le interesa todavía puede subir hasta la calle Atenas, en la antigua discoteca Arts Studio que ahora ocupa una sala de billares, donde en una noche de dj’s Keith Haring pintó otro mural.

Y para los curiosos, además de pintar murales y bailar en la discoteca Arts Studio, Keith Haring visitó la Fundació Joan Miró y fue a la inauguración de una exposición de jóvenes artistas españoles que vivían en Alemania en el Palau Robert: “Accénts”. Keith Haring en su diario escribe que se aburrió soberanamente y que le parecían artistas demasiado preocupados en buscar las razones del qué hacer, en repensarse y repensar la función del arte, más que en hacer.

http://www.davidgtorres.net

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