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11 noviembre 2012
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Museos en la retaguardia

David G. Torres

Hace un par de semanas coincidieron en varios periódicos artículos y monográficos dedicados a pensar cómo afecta la crisis al sistema de museos español: Manuel Borja-Villel, director del MNCARS, escribía en El País reclamando la necesidad de trabajar en red; Rafel Doctor en el ABC se fijaba en que el argumento del trabajo en red coincidía con el de Consuelo Císcar del IVAM y apostaba por recuperar para el arte un espacio de sueño y de utopía, apelando a la sostenibilidad; el mismo periódico ABC publicaba una serie de preguntas realizadas a Agustín Pérez Rubio después de su dimisión del MUSAC por falta de fondos, otra vez Manuel Borja-Villel insistiendo en la red y cuestionando la inversión privada mientras que Dani Castillejo de Artium detectaba que, más que ante una crisis pasajera, estamos ante un cambio de modelo; y en una segunda entrega Ferran Barenblit del CA2M, Iñaki Martínez Antelo de MARCO y Juan A. Álvarez Reyes del CAAC insistían en señalar que el principal problema es la reducción de fondos y trasparentaban un cierto bloqueo frente a una situación incierta.

Efectivamente, los museos y centros de arte en España se construyeron, como en los últimos años (ya en la crisis) se han construido los aeropuertos: primero el edificio y luego los contenidos. Así, en ninguno de los dos casos se responde a una necesidad, sino que se ha buscado crear la necesidad (abro un aeropuerto y ya llegarán los aviones). Por eso cuando se inició la fiebre de nuevas instituciones dedicadas al arte contemporáneo, algunos mirábamos con envidia como se había configurado la red de FRACs en Francia: primero construir un patrimonio (no había mejor apoyo a un artista que la compra de obra… ¡ah!, de apoyo al artista y a las galerías, revistas, etc.), luego producir obras y exposiciones buscando lugares para ello (a veces una escuela de Bellas Artes e incluso el hall de algún ayuntamiento) y, finalmente, ya dimensionada la cosa, fruto de la necesidad, buscar un espacio.

Pero estamos donde estamos. Al margen de especulaciones, también creo que esta no es una crisis pasajera, ni tan sólo sistémica (sea lo que sea, hay que tener ojo con la facilidad con la que nos dejamos contagiar por el lenguaje de la economía), sino un cambio de modelo. O ¿alguien cree (fuera del PP) que esta crisis pasará y volverán los tiempos de especulación inmobiliaria? Aplicado al arte, sería lo mismo que preguntarnos si ¿alguien cree que volverán los tiempos de grandes fastos, grandes nombres, grandes expos y grandes producciones?

Podríamos empezar por replantear los modelos de gestión de los museos. Y dimensionar la situación, detectar la necesidad y las necesidades. Uno de los problemas de las instituciones artísticas y culturales es, como señalaba Dani Castillejo, su anquilosamiento. Pero también no partir de evaluaciones correctas de las necesidades o buscar necesidades donde no las hay. Es decir, partir de un “a priori”. Por ejemplo presuponer que ese susodicho trabajo en red es la clave, que además es asambleario y eso suena mucho a 15M y entonces es muy actual. Sea o no sea correcta la evaluación seguro que aparecen un montón de grupos y personas dispuestos a ofrecer esos contenidos.

Eduardo Pérez Soler hace tiempo que ha avisado que el arte está en la retaguardia. Quizá ese espacio de retaguardia es el que también deben ocupar las instituciones artísticas. Implicaría de facto tomar una cierta distancia en la que se aseguraría el no crear necesidades sino reflejar, recoger, dar visibilidad y fondos a situaciones que de hecho existen. Se trataría de ceder la iniciativa.

Pero esa cesión de la iniciativa o posición a la retaguardia colisiona con los modelos de dirección personalistas. Un modelo en el que se confunde autoría con autoritario y autoridad con el uso del poder. La autoría es lo que se configura a través de textos y proyectos, a través de un itinerario personal que se expone y valida públicamente. Hay que preguntarse entonces si es ético o moral que aquellos defensores de lo público justamente configuren su autoría a golpe de autoridad. Llevándolo más lejos, conviene preguntarse a estas alturas si es lícito poner dinero público, el de una institción entera, al servicio del engorde de currículums personales o que ese dinero público esté al servicio del desarrollo de una carrera personal.

Efectivamente, no sólo hay una responsabilidad de lo público (la administración) con las instituciones culturales. El camino es de ida y vuelta. También las instituciones tienen una responsabilidad con lo público (el uso del dinero y las infraestructuras públicas). Así que frente a los recortes, y a fin de no insistir en la quema de generaciones y en su diáspora, esa responsabilidad pasa por posibilitar contextos de trabajo de una manera amplia. No deja de sorprenderme ver exposiciones co-comisariadas por un comisario externo a la institución y el director del museo. Cuando esto sucede, me pregunto por la situación ventajosa que el director toma desde su cargo, pero también si es que no se fía demasiado del comisario de turno o, al contrario, ¿qué pasa con las otras exposiciones? ¿no le interesan? ¿no ha estado detrás? acaso ¿no es responsable de todo? o no cree que la función del museo es abrirse, ceder, buscar, investigar qué sucede y no forzarlo y, sobre todo, quedar en la retaguardia. En esas ocasiones recuerdo que cuando Chris Dercon aceptó la dirección de la Tate puso una condición: no tener que comisariar ningún proyecto.

http://www.davidgtorres.net

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