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Magazine

19 diciembre 2012
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Una exposición con un columpio

David G. Torres

Hoy acaba la exposición que Quim Packard ha montado en su estudio, “A place no cars go”. Sólo ha durado un par de semanas y era necesario avisar antes de visitarla. Reúne propuestas que de alguna manera son afines a Quim y a una idea que ha ido trabajando o detectando en el contexto cultural: un cierto retorno al origen, refugio íntimo o escapada a la naturaleza.

Eva Engelbert muestra un vídeo rodado en una casa de montaña, o un refugio, con individuos que podrían formar una comuna, o simplemente un grupo de amigos que hacen cosas -cocinar, bailar, charlar- no sabemos muy bien con que objetivo; y Wytske van Keulen una serie de diapositivas que documentan la vida de dos personas, una anciana aquejada de cáncer y un hombre que ha perdido a su familia, retirados a vivir en solitario en la Provenza. Una gran pintura de Pere Llobera muestra una cueva; las pinturas de Mercedes Magranye espacios naturales y campestres como obras de plein-air; y tres dibujos de Marijn van Krein muestran una misma imagen de Kurt Cobain -una referencia en la exposición- de una serie enorme de dibujos sobre el mismo motivo que ha ido realizando maquinalmente durante años. Mimosa Echard muestra una pintura borrada y una fotografía de una chimenea junto con una hoja de un arbusto (¿?). Finalmente, un vídeo documenta el extraño paseo nocturno por el parque de Collserola de Gerard Ortín del que hablaba Caterina Almirall; Guim Camps ha instalado unos columpios en el centro de la sala que remiten a un grupo de jóvenes que se dedican a subir árboles y saltar entre ellos; y David Armengol se ha ocupado de la selección musical con canciones de, entre otros, el friki de los frikis, Daniel Johnston, cantante, pintor, católico, enfermo…

Daniel Johnston es una referencia en este contexto. Representa ese regreso a los orígenes, en un intento de autenticidad y muestra sus contradicciones, el tufo a conservadurismo que respira. Por un lado, Quim ha mostrado a los artistas (en su estudio) y por otro, esa mezcla de referencias (durante los mismos días, en una especie de mapa mental -selección de libros y música-presentado en A*DESK) en un intento por definir unas líneas comunes en una generación. Y la apuesta es peculiar, al menos para mi. Retorno a la naturaleza, retorno a una práctica cercana a la artesanía, referentes folks y postpunks, bajo peso conceptual, un regusto por lo táctil… Y lo más chocante bajo compromiso político. Hablaba con Quim y me decía cómo, en el fondo, tras todos esos trabajos, tras ese supuesto regreso a la naturaleza, no había una conciencia, por ejemplo, ecológica. Más bien parece que responde a puro nihilismo, a un para-el-mundo-que-yo-me-bajo, de una generación desesperanzada, alejada de proyectos sociales. Una generación que recoge todos esos elementos y hace un coctel en el que emborracharse de un regreso, finalmente, individualista.

Un par de cosas más que me han llamado la atención. La primera, cómo, a partir de esos referentes y esos artistas se puede recuperar una genealogía diferente, por ejemplo, que alcanza a un artista cuya inclusión en el discurso de la contemporaneidad vía el conceptual parecía imposible: Antoni Tàpies. Aquí se puede empezar una genealogía. Y enlazar con, también, por ejemplo, Perejaume. La segunda, que los referentes no son tanto artísticos como más genéricamente culturales. Es decir, las fuentes que señala Quim sobre los proyectos que expone en “A place no cars go” no parten del trabajo de otros artistas sino de músicos como los señalados o cineastas como Gus Van Sant y, en general, sobre un estado cultural. Con lo cual la voluntaria baja artisticidad de los proyectos (hablábamos de la generación de artistas de los noventa como la última generación de artistas), su carácter a veces artesanal (potenciado por el propio estudio en el que tiene lugar la exposición), los situaría finalmente en ese anhelado contexto más amplio que saca al arte contemporáneo de su cajón para situarlo dentro de procesos culturales… y ni tan siquiera.

En todo caso, la exposición de Quim Packard (como la de Jordi Mitja en el espai 13 de a Fundació Miró el mes pasado) pone sobre la pista una generación que, de momento, muestra otros modos y otros referentes.

http://www.davidgtorres.net

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