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03 septiembre 2018
Arte, pobreza y formas de vida

Andrés Carretero

Es un tópico recurrente reflexionar sobre la precariedad en el campo del arte y la cultura que lastra a una mayoría de sus productorxs. Estas reivindicaciones, legítimas y necesarias, se comparten con frecuencia en foros públicos, focalizando sus esfuerzos en conseguir mejoras materiales vinculadas a la profesionalización de la práctica artística, ya sea en forma de convenios laborales, contratos, cotizaciones a la seguridad social, honorarios… El conjunto jurídico-legal que conforma los derechos de todo trabajador y trabajadora. Es decir, la asimilación del arte como un trabajo más y de las artistas como trabajadoras integradas en el sistema económico capitalista, independientemente de su grado de asociacionismo, colectivismo o iniciativa social. Los “nuevos pobres” del arte, por decirlo con Hito Steyerl.

Más infrecuente es encontrar las ocasiones, y la confianza, para discutir cómo se ganan la vida –por no hablar de cómo se financian las inversiones en “formación”– los distintos agentes artísticos, en particular durante sus primeros años de actividad, ese período de transición o emergencia siempre anterior en los relatos hegemónicos a la plena institucionalización, en donde se encuentran toda una serie de actividades reconocibles. Tener un empleo claramente diferenciado y estable o desempeñar trabajos “menores” que dejen suficiente tiempo libre, la docencia en toda su amplitud, tareas paralelas relacionadas. Un plural que cualifica al agente artístico como maker liberal, lo que implica una rica hibridación donde el artista cura exposiciones mientras el comisario hace arte y todos escribimos, pero también –seguramente– una falta de intensidad patológica y endogámica, una contribución que en última instancia dificulta la tan ansiada profesionalización. Becas, premios, subvenciones y un largo etcétera que suele maquillar la realidad sistémica subyacente de la economía familiar, las herencias y, por encima de todo, la renta de bienes inmuebles: la propiedad en sus más diversas manifestaciones como base en la que apoyar el despliegue de una trayectoria artística exitosa o en vías de consolidación.

Inmersos en esa cotidianeidad se publicaba hace unos meses Arte y Monacato (Bilbao, 2018), un proyecto coral promovido por Modelos Operativos Abiertos (MOA), el colectivo formado por Alberto Díez y Mar Domínguez. No se trata de un “libro de artista”, sino de un libro hecho por artistas y agentes del arte (Semíramis González, Jordi Claramonte, María Ptqk, Rita Sixto), impreso en papel liviano, de pequeño formato, cuidadosamente editado en castellano y euskera. Aquí la forma responde con fidelidad al contenido. Fundamentado en una reflexión lenta y pausada, dialógica, en un uso del tiempo alternativo, este proyecto de arte ensayístico, eminentemente textual, alberga una voluntad programática que pasa por auto-organizar, volver a ritualizar la vida en común sin llegar a totalizarla. Un planteamiento inquietante que parte de un examen biográfico, de la propia vida y sus resistencias, una tesis encarnada que problematiza la producción artística como trabajo, quehacer o tarea, sus reglas y metas, la asunción apriorística del formato expositivo, su supuesta necesidad y la reificación objetual que conlleva. Arte y Monacato constituye una temprana reflexión, a lo Benjamin, sobre los medios de producción (artística) y no tanto sobre sus productos, un ejercicio de pensamiento consciente de la “dificultad para resolver lo propio del arte”, si es que se da ese absoluto y es operativo pensarlo.

Compuesto por contribuciones de distinta relevancia e interés –cuya elección y oportunidad no escapa a las dinámicas de visibilidad y circulación del campo artístico criticadas por MOA, como tampoco lo hace este mismo texto– el detonante de este proyecto parte de la imposibilidad de separar la vida del trabajo, que se solapan y suceden sin interrupción en el presente. Comenzando una indagación materialista de la tradicional dicotomía arte-vida, la no imposición del uno sobre la otra en busca de su síntesis formalizada, una artesanía del arte que establece un paralelismo entre la vida artística y la vida monástica, centrado el estudio en la Orden Benedictina, lo que da lugar a algunas de las aportaciones más significativas por lo que tienen de antropología de la vida cotidiana, con la intención de enunciar y transmitir una experiencia personal –generacionalmente compartida– como teoría práctica.

Así, en “Escucha y conversación con el monje benedictino J. M.ª Sanromá” (Monasterio de Valvanera, La Rioja), se comenta en profundidad la regla de San Benito, el problema de la relación entre regla y vida: la división del tiempo, los grados de humildad, obediencia y silencio, el acecho de la acedía como pereza o depresión. “No estoy en la comunidad que yo me he inventado, sino que estoy en la comunidad que yo he encontrado” explica el monje, manifestando la aceptación y pertenencia a un colectivo determinado, su compromiso con una nueva vida en común, resumida en el ora et labora. O el texto final “Aun cuando no se deja de hablar de arte”, de Alberto Díez, que reconoce la difícil asunción del radicalismo monacal. Mediante una ecología política del cuerpo se discrimina entonces la Cultura, en mayúsculas, aquella que “le ha declarado la guerra a la vida porque (ya) no se ocupa de acompañarla”, de ese algo propio del arte, “de aquello austero que se ha ido quedando”, una actitud. [1]

¿Es posible siquiera imaginar hoy una práctica artística fuera del sistema mercantil? ¿Ajena a la propiedad? ¿Que no subsuma las condiciones materiales ni los cuidados necesarios para la reproducción de la vida? Si estas preguntas –enunciados históricos– son urgentes, sus respuestas no pasan por un actualizado fuga mundi, ahora que tenemos la certidumbre de que no hay “naturaleza” a la que retornar, ni por otra reclusión austera más, cuando la palabra austeridad, cooptada e impuesta antidemocráticamente por el neoliberalismo, así como sus frecuentes interpretaciones pseudoestoicas no hacen sino aquilatar un obligado conformismo, un conformismo en la pobreza.

Como gran parte de las investigaciones arqueológicas de origen teológico-religioso de Giorgio Agamben, Altísima pobreza. Reglas monásticas y formas de vida (Pre-Textos, 2014) es una referencia ineludible, que parte del franciscanismo para pensar “una vida humana que se sustraiga por completo a ser capturada por el derecho, y un uso de los cuerpos y del mundo que no se sustancie jamás en una apropiación”.­ Arte y Monacato comparte carácter dialéctico: por un lado bebe de tradiciones arcaicas con un fuerte componente disciplinario, por otro rescata praxis cotidianas que, reinterpretadas, pueden detonar alteridades organizativas de emancipación, liberación y autonomía-con-otros. Su lectura infunde la alegría de reencontrar lo nuevo. Un novus periférico que es precario, pobre, sobrio pero intenso.

 

[1]. La insistencia en la “actitud” como “lo propio del arte”, ese algo con lo que no se puede mercadear, es cuestionable a partir de las declaraciones del trapero Yung Beef entrevistado en Show Bizness, cuando dice que “la actitud no se puede operar”. Pero, tal vez, sí venderse.

 

*

Imagen: Planta del monasterio de Saint-Gall. Dibujo de Kenneth Conant adaptado para la edición de Arte y Monacato, cedido por los autores.

Andrés Carretero es arquitecto y crítico. Su práctica abarca una concepción expandida de la arquitectura atravesada por el arte, la teoría y lo político. Co-fundador de MONTAJE – infraestructura cooperativa de producción arquitectónica.

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