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11 junio 2018
El abrazo de Hermanubis

Marc Navarro Fornós

La escultura llamada Perro de caza – albergada hoy en las dependencias de la Gliptoteca de Múnich – decoraba originalmente la sepultura de un ignoto ciudadano griego. No conocemos su fortuna, pero el mármol, datado en el tercer siglo anterior a nuestra era, retrata el animal con el semblante abatido, el hocico apuntando al suelo, siguiendo un preciado rastro que se desvanece bajo tierra. Su presencia constituye una verdadera rareza en ese mausoleo colmado de dioses y dignatarios que el arquitecto Leo von Klenze diseñó a principios del siglo XIX. Alguien decidió no restituir un fragmento perdido de una de sus patas traseras, y la línea quebrada que dibuja ese muslo funciona ahora como un resorte que nos retrae y nos recuerda que a pesar de la naturalidad y del gesto convincente, estamos ante un bloque de piedra cincelado.

La fundación de esta gliptoteca -museo dedicado a la escultura – se produjo bajo asunciones museísticas hoy en entredicho. Ajena a la reciente relectura de la antigüedad clásica en clave feminista de Mary Beard, también al comentario de Alain Resnais, Chris Marker y Ghislan Cloiquet en su memorable Les statues meurent aussi (“las estatuas también mueren”) sobre el racismo que impregna la clásica segregación de la escultura griega, romana y egipcia de la africana. Pero también se fundó ajena a debates menos alejados en el espacio y en el tiempo, como los iniciados por Wilhelm Bode, fundador de la museografía moderna alemana que ya en 1913 se preguntaba: “¿deben llevarse las obras de arte [antiguas] a los museos?”. Bode aporta argumentos favorables al museo, en cuanto a la divulgación y preservación del arte, en un momento en el que el pillaje estaba a la orden del día y la opinión pública empezaba a cuestionar la bondad y la legitimidad del museo: ¿acaso no sería más lógico que las arquitecturas, las estatuas y los relieves monumentales siguieran en su contexto original? En cualquier caso, allí siguen estas, perro incluido, herméticamente conservadas y aposentadas sobre el césped del Kunstareaal muniqués.

Mientras tanto, en Berlín, la galería Tanya Leighton acoge una nueva exposición de Oliver Laric inaugurada coincidiendo con el Gallery Weekend. Uno no puede evitar pensar en una especie de gliptoteca-repositorio ante el trabajo de Laric. El artista se ha empleado a lo largo de esta última década en la fabricación de réplicas y versiones tuneadas de esculturas que forman parte de museos y colecciones públicas. Sirviéndose de la tecnología de escaneado en 3D, Laric ha generado un gran número de archivos libres listos para su impresión. Con este gesto, Laric quiere activar nociones como reproducción y apropiacionismo, pero también participar con voz y voto en el efervescente debate sobre el impacto de los medios digitales en la producción artística. A pesar de que en esta ocasión Laric ha partido de cero para diseñar sus piezas, el diálogo con el lenguaje clásico de la escultura sigue allí. Lo vemos en el tema y en el material. Sus relucientes Hermanubis, mitad hombre, mitad perros, parecen labrados en jade, un guiño al “viejo materialismo” y una nota mental sobre la comodificación de la espiritualidad: al jade, como a muchos otros minerales, se le atribuyen propiedades mágicas.

La fundación de esta figura mitológica en la que se mezclan la tradición griega y la egipcia tiene su origen en la época de dominación de los primeros sobre los territorios de los segundos, y en la voluntad de clarificar que su función – transportar las almas – era aplicable a ambos por igual. Una visión más cercana de las esculturas nos permite vislumbrar los restos de una oreja asomando en la espalda, un cangrejo flotando en su interior y hasta una salamandra. Sedentes y atentas, las deidades mecen en sus brazos el cuerpo hierático de un can. En ese abrazo mortal y en ese estomago que digiere indistintamente al crustáceo y al anfibio, podríamos leer un relato alineado con la crítica al “amor incondicional” hacia los cánidos de Donna Haraway. Una crítica hacia ese narcisismo y esa neurosis que asoman tras la infantilización e instrumentalización de las especies de compañía en aras del propio bienestar; según Haraway “los perros podrían ser nuestros mejores guías a través de los matorrales de la tecnobiopolítica en el Tercer Milenio de la Era Actual”.

También podemos leer esa “conexión con la alteridad” en el vídeo titulado Betweenness, que se presenta como el plato fuerte de la exposición. La música de Ville Haimala, miembro de Amnesia Scanner, hace las veces de banda sonora e inunda el espacio en semi-penumbra de la Kurfürstenstraße. En la pantalla, una hilera de hacendosas hormigas avanza a ritmo ligero. Cargan con objetos diversos y su procesión nos introduce en este relato de transformación y regeneración en el que convergen lo vegetal, lo animal, lo mineral y lo tecnológico. La idea que le da título, ese betweenness, define en su origen un problema algorítmico que atañe al orden de las cosas. El efecto de unas sobre las otras varía en función de su proximidad, generando interdependencias y mutaciones. Esa intermediación que ilustra Betweenness parece cercana a la empatía interespecífica que propone Haraway: dinosaurio, mantis, manos tejiendo, rana, hongo, todos participan de ella por igual.

Oliver Laric: Betweenness. Courtesy Tanya Leighton

Aunque puede que su función sea la de un indicador temporal, Laric ha titulado la exposición Year of the Dog. En efecto, según el horóscopo chino los atributos del can rigen nuestras alegrías y pesadumbres en lo que llevamos recorrido y lo que nos queda por andar de este agitado dos mil dieciocho. No podemos eludir que esa invocación astrológica tal vez responda a la voluntad de invocar un orden universal capaz de diluir, entre otros, el marco social, económico e incluso especista. El interés por la astrología es creciente y cada vez es más habitual encontrar sus rastros en exposiciones y en conversaciones. En Berlín, el dictado de las estrellas y los planetas no se manifiesta únicamente en la exposición de Laric. No muy lejos de allí, en la galería Barbara Wien, los calendarios de Mariana Castillo Deball desbordan el espacio expositivo y apuntan hacia los astros como medida temporal y como forma de adivinación. O desde un ámbito más ubicuo como el de la radio, el consultorio de Emotional Labour Queen en Berlin Community Radio recurre al zodiaco para ofrecer consejo y remedio a los problemas sentimentales de su audiencia.

Resulta oportuno que en Betwenness Laric recurra a la levedad de la línea para abordar una narración a la vez personal y universal. Un cuento que tiene mucho de juego y otro tanto de hipótesis. Nada es concluyente y todo es objetable, pero es inevitable abstraer las formas, los gestos y los motivos que se dibujan ante nosotros a algo tan básico como eso, la línea.

Tim Ingold sugiere que esta nos permite abordar fenómenos y sujetos diversos dejando a un margen su condición, poco importa que sean animados o sean cosa, al final todo se puede reducir a una suma de líneas. También la mano y las líneas que recorren su palma son un dispositivo de lectura, dice Ingold, y la lectura, sin duda, es el primer paso para revelar asuntos que de otro modo permanecerían sumidos en la oscuridad. El esoterismo que impregna Year of the Dog tiene más de lectura que de adivinación. Aquello verdaderamente relevante puede que sea la descripción del recorrido, un fin en sí mismo. Al fin y al cabo, de poco sirve aventurarnos en el cómo y en el cuándo cuando aquello que nos urge es descubrir formas más justas de interrelacionarnos, ese podría ser el refugio que nos mantenga resguardados del abrazo de Hermanubis.

Marc Navarro Fornós es comisario y escritor. Actualmente reside en Barcelona.

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