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25 diciembre 2017
El estado es la excepción

Jeffrey Swartz

Escribo estas palabras la tarde de una votación que no debería celebrarse, la menos legítima que he visto nunca en cualquiera de los lugares donde he vivido. El hecho de que se haya alabado entusiásticamente desde todo el espectro político, social y cultural, hace que su aceptación sea todavía más difícil de entender. Una cosa es la rendición forzada; otra la aquiescencia feliz. Lo constato desde una postura abstencionista o de voto en blanco que he consolidado en años recientes (“necesitaré 4 horas para abstenerme el día 21”, la broma del mes) en pleno acuerdo con el “No nos representan” del 15M, una frase forjada por un siglo y medio de crítica sistémica. Uno de los comentarios más ridículos que oí de un cultureta involucrado en las acampadas fue que había participado para asegurar su derecho a votar, cuando el movimiento entero se había planteado dudas básicas sobre la lógica del voto. Prueba viviente que es posible llevar la máscara de activista, haciendo el papel de figurante en medio del escenario, sin tener la más mínima idea sobre la batalla que se libra.

No hay ningún motivo por el que la apariencia de los nuevos partidos políticos que capitalizan el malestar con el sistema pueda alterar la validez abstencionista. No nos representaban antes, y no lo hacen ahora: nada ha cambiado, ni cambiará. ¿O acaso se cree que algunos elegidos representan una ruptura antropológica fundamental? ¿que antes se trataba de una especie humana y ahora es otra? Ante la política de partidos que dependen del voto, tipificado por el lenguaje de máximos y reclamos de exclusividad y la demagogia más espectacular, la idea es la de recuperar el espacio común de la política, usurpado por los intereses privados (incluidos los que pertenecen a los partidos de izquierdas, que quede claro). Esto es necesario para garantizar un espacio, un terreno tan tangible como intangible, un dominio no determinado de potencialidad, una reserva política para una sociedad que desea tomar forma aun manteniéndose amorfa. Un espacio donde la política pueda ejercerse por las partes de la polis en libre coyuntura, no secuestrada por las formas jerárquicas de la representación, sacralizada por el voto.

Considerando que la abstención forma parte de un éxodo activado y voluntariamente construido -como lo podría imaginar Paolo Virno, estas elecciones al Parlamento han sido una invitación fácil para iniciarse en los ritos abstencionistas. La dimisión forzada de una legislatura legítimamente elegida, el encarcelamiento coercitivo y arbitrario de algunos consejeros, la ocupación de la estructura catalana de toma de decisiones políticas y la convocatoria subsecuente de elecciones por parte del gobierno de España, burlándose de cada aspecto fundamental de la autonomía catalana, más la violencia policial militarizada y el desprecio judicial – se trata de un golpe de estado administrativo con voluntad de perpetuarse, y por lo tanto fácil de resistir. Los golpes de estado políticos son ilegítimos y vacían de legitimidad todo lo que de ellos se deriva. En este caso, la voluntad de la intervención actual es la de devolver la totalidad de la esfera política catalana a los condicionantes de la Constitución de 1978, mientras se confirma la naturaleza fraudulenta del “estado de las autonomías”, donde ninguna de las partes goza de autonomía real. Si todo se puede intervenir, todo está amenazado constitucionalmente por la violencia del estado; no hay ningún límite al poder central arbitrario. En España, todas las partes constituyentes son esencialmente tuteladas del estado, sometidas a su potestad.

Fácil de resistir, se ha dicho, o sea, en forma de un boicot, aunque concebido muy específicamente. Un boicot, o conjuro coral de no aceptación, pero sin dejarnos en la negación. Los artistas y otros agentes culturales deberían entenderlo ya que son muy a menudo boicoteados y marginados por el poder económico y político, que los denigra sistemáticamente. Deberían saber cómo cambiar los términos del debate, como muy a menudo lo hacen, en su trabajo y a través del compromiso más apasionado. Los esfuerzos por rechazar la autoridad arbitraria y no consensuada no se deberían juzgar por los parámetros propuestos de reemplazo, ya que estamos hablando de un modelo cultural (probablemente anarquista), que se ha montado de esta manera: a un lado, todo lo que no podemos aceptar, y nunca haremos, ya que obliga a renunciar a lo mejor de nosotros, la voluntad creativa incluida; en el otro lado, el convencimiento de que lo que vendrá después, el sustituto, necesitará tiempo y ciertos procesos y un respeto por los agentes participantes. Lo menos que se podría hacer es dejar limpio el campo de juego, al menos para asegurar que aquellas voces y voluntades que se han apartado sistemáticamente entren a formar parte de la ecuación renovada.

Lo que realmente tenía en la cabeza, expectante, durante los días de la activación del 155, era la potencia constitutiva de la cultura. La constitución de una autogestión de facto ejercida por cada entidad cultural de Cataluña y los agentes culturales que pretenden representar, junto con todos los demás que se perciben culturalmente, reunidos en libre asociación y actuando ante el vacío provocado por la liquidación del organismo máximo de gestión de la cultura catalana, la conselleria. Actualmente la Consejería de Cultura no es más que una etiqueta secundaria aparecida bajo el nombre y cargo del oficial del PP que lleva las riendas desde un despacho lejano. La conselleria es un cadáver hecho zombi por la insistencia de algunos de tratarlo como vivo, cuando en realidad está muerto. ¿Por qué fingir lo contrario?

Nunca imaginé que la intervención actual se aceptaría con tanta pasividad. Admito que tenía en la cabeza los comités culturales de la Comuna de París, que esencialmente gestionaban las instituciones culturales de París desde abajo durante los meses que los comuneros resistían. Se incluían artistas y artesanos; la toma de decisión se hacía por las asambleas, y algunos individuos se reclutaban para liderar el proceso, Courbet más notablemente. Una idea que conecta con otra que me venía hace pocos años cuando un colega me animaba a presentarme por la dirección de una entidad artística. ¿Qué nos impide proponer y ejecutar una dirección colectiva y no-individualizada de una institución cultural catalana (museo, teatro, festival, entre otros), sobre todo a la luz de la desafección de la mayoría del sector con las formas individualizadas de liderazgo que nos imponen? ¿Qué hacemos con nuestra supuesta experiencia a la hora de actuar colectivamente y en asamblea, estandartes sin embargo de iniciativas destacadas de gestión de proyectos? ¿No es el caso que las direcciones individuales – y todas masculinas – actualmente impuestas se concebían para corresponder a los modelos verticales de mando preferidos por los empresarios que pueblan sus fundaciones, patronatos y juntas?

No se ha propuesto ninguna respuesta. Tras décadas de jactarse de procesos de toma de decisión no jerárquicos, de asambleas participadas, de la coherencia de la práctica cultural, representada por valores igualitarios liberados de los prejuicios de género y plenamente incorporados en el corazón de las instituciones culturales, ninguna propuesta se ha planteado para liberar de nuevo la cultura catalana. Algunos de los proyectos culturales más celebrados se tipifican por principios de este tipo, pero como ornamento, no de fondo. Nos habíamos convencido de que las éticas de la práctica que el sector cultural había paseado tan orgullosamente, hasta el punto de consagrarse en estatutos constituyentes o destacarlas en informes oficiales, eran todo menos postureo o hipocresía política. No hemos oído hablar de ninguna iniciativa auto-constitutiva (en cambio, en lo que parecía una aceptación inequívoca de la magnitud de la derrota, el sector de las artes visuales se dedicaba a organizar una ocupación de Arts Santa Mónica, auto otorgándose el papel de verdaderos squatters de la institución, y apuntando a los arquitectos como rivales principales. Uno de los casos más extremos de banalización de la acción política desde el sector cultural que hemos visto en años).

Cuando decimos que el artículo 155 debería ser fácil de resistir, significa en la forma de un boicot de sus dictados, por ejemplo, que en todo caso debería significar seguir con una parte de tu vida tal y como está; únicamente habrás cortado las cuerdas que permiten hacer el espectáculo de títeres donde no querías participar, cuerdas ligando nuestras pasiones y voluntades a los organismos, dispositivos y maquinarias del poder estatal. Un boicot en la forma de un éxodo, aquí y ahora, hacia el exilio interno, doméstico incluso; la opción de la renuncia, del no ser cómplice, pero sin terminar en la aquiescencia. Los boicots y las abstenciones no tienen sentido si no se acompañan del compromiso de construir una sociedad plenamente política, sin la necesidad de ofrecernos como corderos de sacrificio para mantener alimentado el ogro del estado.

Fácil, asumiendo que seguir con tu vida y con todo lo que la rodea no es difícil, políticamente construido por el amor, la creatividad, la solidaridad y la amistad (las preocupaciones de los situacionistas, sin ir más lejos), con la única excepción de aquella parte que implica depositar una papeleta en una urna y quedarse tan tranquilo. De aquella parte hay que prescindir. Dejaríamos casi toda nuestras vidas intactas, incluso en un día malo, sólo para conseguir un soplo de aire fresco. Aire para insuflar otras cosas. E intacto, para poder activarse políticamente sin tener que recurrir a la manera más desvirtuada y perversa de designar la relevancia política. Debía ser fácil dejar de votar, pero no fue así.

Jeffrey Swartz se define como crítico de arte incluso desde antes de ejercer la disciplina. Proyectándose más allá de su vida en Canadá en los 80, se hizo crítico, y con ello protagonista público de la cultura, coincidiendo con su traslado a Barcelona. No es aficionado del arte, pero se ha dedicado a reflexionar sobre el papel de la crítica más allá de cualquier papel suplementario que le pudiesen otorgar. Y pregunta: ¿por qué tiene que interesarse por los artistas si ellos pasan de la crítica? Así no se construye comunidad.

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25 diciembre 2017

El estado es la excepción

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)