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Magazine

06 julio 2010
If you leave, you can’t return

Alba Mayol Curci

Uno de los acontecimientos culturales más densos, cruce de disciplinas y aglutinador de manifestaciones artísticas alrededor de la tecnología, hace reaparecer a una banda lumpen y sublime. Además de mujeres imposibles, nostalgia dudosa y futuros que son para siempre.


Habrá sido ya varias veces caso de análisis la denominación del festival barcelonés, con las ganas de sacar punta a posibles incongruencias o pretensiones. Realmente el cruce de música y arte, música y arte y performance, y otras variantes, sólo puede ser una buena idea. Ya se sabe que la compartimentación es vicio del poder, y que la disrupción de oposiciones binarias es una de las tendencias más productivas de la postmodernidad. Ella, tan acusada del todo vale neoliberal, sigue oscilando en una cuerda floja a la espera de decidirse si realmente podemos vivir con parámetros mentales genuinamente abiertos o somos esclavos del determinismo de un cerebro dual, con sus dos hemisferios irremediablemente asimétricos deseando el nirvana new age que nunca llega.

Sin querer ofrecer ningún panorama exhaustivo, se asiste con el gancho principal de la banda art rock por antonomasia. Lo de art rock no deja de suscitar mucha curiosidad. La definición podría ser una banda de música que se sirve de componentes estéticos, de cuya mezcla se proyecta una actitud determinada, considerada por algún motivo “arte”. Perfecto para el Sónar, aunque Roxy Music no sea, en principio, ni música avanzada ni arte multimedia.

De hecho, el sonido era mejorable y las visuales eran creaciones sin muchas ganas ni entusiasmo, de las que las secuencias de las magnas portadas de su discografía emergían como verdadera iconografía contemporánea. Seguramente es en buena medida este aura que rodea al grupo, y que se materializa no sólo en el componente visual sino en ser parte de los cimientos sobre los que se desarrollaría el dance y la electrónica en las décadas siguientes, lo que les lleva al Sónar, en una política de as en la manga (como la misteriosa película con título en latín, monumental videoclip de culto), que siempre es una actividad muy fructífera.

Roxy Music, ingleses que se juntan al principio de los ’70, partían de un pop entre ñoño e irónico, que deriva en decadencia post-romántica en estado puro con los sintes de Brian Eno y su especie de misión musical. El tándem con Bryan Ferry y su vocación teatral se revelará no menos mesiánica: un maestro en el arte de la bajada de párpados, el suspiro estilo ennui permanente, la postura artificiosa entre Charles Baudelaire y Julio Iglesias, el flequillo estudiado, todas las variantes del uso de la lentejuela. Sin embargo, el artífice de la estética que les hace célebres y que forma parte integrante de su producción artística es el diseñador de moda Antony Price, que además de encargarse de los brillos y las hombreras king size de Ferry, se dedicará a inmortalizar visualmente al grupo en las portadas de sus discos.

Lo hace a través de la ficcionalización de la figura femenina tirando de la femme fatale hasta llegar al paroxismo de la mujer-objeto, con una falta de mensaje subliminal y una explicitación tan genuina que acaba resultando honesto y didáctico. Podría ser una lección de ingenuidad o de cómo darle la vuelta a la repulsión sin pretender hacerlo, fabricando fascinación con olor a laca en una enciclopedia del cliché femenino. De hecho lo toca todo: valquirias, amazonas, arpistas, depredadoras, cándidas autistas, perdidas en el bosque, sirenas y magas, todas hasta arriba de artificialidad y sofisticación, de plástico fino. Para más morbo, una de las chicas Roxy –la de la pantera negra de “For your pleasure”– es Amanda Lear, famosa entre otras cosas por su relación con Dalí.

Metiendo también dosis de mitología británica con referencias al ciclo artúrico y una predilección especial por los halcones, Roxy Music como colectivo artístico se sitúan en ese cruce entre pasado legendario y futuro glam que se ha etiquetado como retro-futurismo y que fomenta los vicios iconográficos de la sociedad de consumo visual que está ya a las puertas en los años ’80. La conjunción de Eno como visionario y Ferry como dandy del futuro no podía a la larga más que acabar en la Fira Gran Vía 2.

El lugar impresiona un poco. Remite instintivamente a la serie de lugares sagrados de la postmodernidad, hangares o aeropuertos, por ejemplo. Sin llegar al extremo de los carteles luminosos que avisan de los minutos necesarios para llegar de una terminal a otra, es suficiente con el efecto que provoca ver unas luces lejanas e imaginar que es el escenario cuando en realidad es el control, ubicado en la mitad del hall más grande. Tan grande que se dan zonas de vacío, que hay espacio para no tropezarse con los que han decidido sentarse en el suelo, en la penumbra, para vivir la experiencia de forma alternativa. Tan grande que cabe una zona customizada como feria de fiesta mayor, con autos de choque a velocidad ultra-rápida para que el golpe sea más fuerte y chiringuitos de frankfurts, cosa que se agradece, ni que sea como recordatorio del mundo prosaico al que pertenecemos.

El ambiente de la noche de sábado en el Sónar hace intuir que el clásico forever young sigue ahí. Y es mucho más grande. Un acontecimiento que abarca seis espacios diferentes, entre ellos el MACBA, el CCCB, L’Auditori y el CosmoCaixa, que consigue unir públicos, edades y procedencias diferentes al amparo de la tecnología, es un punto de análisis complejo y cargado de implicaciones. Tal vez el forever tiene sentido ahora de una manera diferente, por cierta sensación de omnipotencia que como el fantasma recorre Europa y todo lo recorrible. El futuro de los sintetizadores y el brillo de las luces ya no es una pose romántica, no queda mucho glamour en el futuro y a nadie le importa demasiado. Podemos vomitar al lado de obras maestras del arte contemporáneo y sentir el vacío. O lo tomas o lo dejas. Ya lo avisan en la entrada, y no citan ninguna canción, sólo se remiten a los carteles que han colgado en inglés y en castellano: “Es que este año no hay pulseritas. Si sales no vuelves.”

Desde un trabajo con texto, a la performance, el dibujo o la fotografía, Alba Mayol Curci investiga narrativas periféricas en las que mecanismos emocionales pueden funcionar como un activismo.

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