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Magazine

15 enero 2018
La vida o contribuciones a la nube

Anna Dot

“Nuestra memoria permanecerá en una nube”, o eso afirmaba el título con el que Esperanza Costa encabezó la reflexión que publicaba en El País el 16 de octubre de 2013 sobre las relaciones entre los archiveros y los historiadores ante la gran cantidad de datos que se publican constantemente en las redes. En los últimos años se han celebrado una serie de actos que denotan un cambio en la percepción de este mecanismo de acumulación y archivo que llamamos nube. Pienso en la exposición Big Bang Data en el CCCB en 2014, las dos ediciones (2015 y 2017) del seminario “Archivos del común”, del MNCARS; la conferencia “Archives Matter” en Goldsmiths en Londres (2016), la jornada “Engaging with Screens: Art, Book, Archive” de la Universidad de Loughborough (31/05/2017) o el reciente simposio sobre “Tecnologías de la acumulación” que se ha celebrado en la Universitat de Barcelona (23/11/2017).

En Big Bang Data, José Luís de Vicente mostraba la instalación “Del secreto al monumento”, que resultaba bien ilustrativa de lo que estamos diciendo porque hacía pública la imagen de los bastidores de este gran nube en el que se supone que ha permanecer nuestra memoria: los centros de datos o una nave de estilo industrial en Council Bluffs, un edificio urbano robusto de Nueva York, una catedral de Helsinki y un viejo molino papelero reformado por Alvar Aalto en Hamina. Estos sitios cuentan con toda una infraestructura, tanto para la obtención de recursos energéticos que mantendrán vivos los recuerdos que preservan, como para su agencia en el sistema político y económico del tecnoliberalismo -o el sistema que nos empuja a la liberación constante de datos sobre nuestros estados vitales en la nube y del que la investigadora Diana Padrón criticó el predominio de la cultura positivista y las actitudes celebrativas[i].

Así, decir que nuestra memoria permanecerá en una nube es decir que la mayoría de nuestras actividades en relación con las cosas interconectadas serán interpretadas, transportadas, clasificadas y archivadas de manera automática en edificios por los que seguramente nunca nos pasearemos. Y estos datos nos identifican y legitiman una serie de comportamientos, narraciones y significados que se estructuran sobre una determinada información, y no otra. Es en reacción a estas condiciones que se han dado varios proyectos de archivos “otros” arrancados desde el contexto artístico, como la recopilación de casos de producciones culturales censuradas que representa la instalación y archivo digital The File Room (1991 – actualidad ) de Antoni Muntadas, la colección que Alicia Framis mantiene y hace pública con La habitación de los libros prohibidos (2014) o el proyecto de investigación del Equipo Re (Aimar Arriola, Nancy Garín y Linda Valdés) Anarchivo Sida. Los materiales que acumulan estos tres proyectos en forma de archivo permiten vehicular unas memorias que, como afirmó Garín, de otra forma no encontrarían un lugar donde guardarse porque no son normativas[ii].

En la película Inside Out (2015), la memoria humana se presenta como un archivo de pasillos llenos de estantes cargados de recuerdos. Unos operarios se dedican a gestionar la entrada de nuevos recuerdos y eliminar otros viejos para hacer sitio. Se acompañan de un tubo aspirador que envía lejos los documentos descartados y los lanza por un precipicio de oscuridad. Refiriéndose a lo precipitado, uno de los operarios afirma “Nothing comes back from the dump” (nada retorna del vertedero). La memoria humana es un archivo y el olvido es un vertedero, o la papelera de nuestro entorno de escritorio, donde cae lo descartamos. Quizás yo soy la productora de mis recuerdos pero no decidiré qué lugar ocuparán en mi memoria, como se clasificarán o si acabarán en el vertedero del olvido. De alguna manera pasa lo mismo con nuestras acciones en relación a los objetos interconectados. Al actuar generamos documentos que registran nuestros actos como los archivos de autoguardado que se producen independientemente de nuestra voluntad cuando hacemos uso de programas informáticos. Como los borradores de toda la vida.

Ahora bien, la función de autoguardado escapa al control de la mayoría de nosotros, que ignoramos las localizaciones a las que pueden ir a parar los documentos, las etiquetas que se les adjudicarán, los usos que se les darán y los patrones de comportamiento que se deducirán. Estas tareas las hacen los algoritmos, que quizás deberíamos añadir a la lista de especialistas de la memoria, y es que comparten mucho más de lo que pensamos con un archivero humano. O eso me hacen pensar casos polémicos como el de Google Images y las imágenes de gorilas[iii], o el racismo de los programas de detección de criminales de Estados Unidos[iv], entre otros, que han ido poniendo de manifiesto la parcialidad de los algoritmos. Actúan condicionados por los prejuicios de sus diseñadores y programadores, así como de las acciones de los usuarios que les sirven de ejemplo cuando se basan en técnicas de aprendizaje automatizado. En este sentido, una de las últimas novedades con que acababa  2017 era la noticia de que el desarrollo de la Inteligencia artificial se basaría en la información almacenada en las nubes de grandes potencias como Amazon, Microsoft y Google[v]. Al fin y al cabo, parece que independientemente de las tecnologías que utilizan, los archivos y la acumulación de documentos de la memoria siguen reflejando los órdenes de poder y las ideologías dominantes de cada sociedad.

Del mismo modo que The File Room de Muntadas o el Anarchivo Sida del Equipo Re elaboran una memoria de lo que la normatividad hegemónica descartaría, ¿podemos pensar en iniciativas similares que tengan en cuenta que nuestras experiencias como usuarias generarán documentos de memoria que también serán archivados? El proyecto digital The Body Archive[vi], de la investigadora Marta Delatte, nos podría servir como referente, ya que se inicia en 2016 como reacción a la falta de documentos de vidas femeninas en las bases de datos a partir de las cuales se calculan las estadísticas oficiales. Se trata de una web donde la autora ha enlazado 500 contenidos que desde el 2015 se han compartido en sus redes y que se relacionan entre unos y otros por medio de unas palabras clave que funcionan como nodos: “bias” , “abuse”, “digital memory”, “women”, “solidarity”, “body archive”, “hard internet users”, “remix culture”, “research” y “girl culture”. Desde el momento en que somos conscientes de nuestra co-responsabilidad en la generación de estos datos, tal vez podríamos plantearnos si sería posible modificar nuestras actividades, o el registro de ellas, con el fin de generar documentos que vinculen subjetividades no normativas y que éstas puedan ganar presencia en la nube, o este archivo al que inevitablemente contribuimos al vivir.

[i] Diana Padrón presentó la comunicación “On the Shitstorm. La pospolítica en la rizoesfera del tecnoliberalismo” en el simposio “Tecnologías de acumulación” de la UB, 23/11/2017.

[ii] Nancy Garín presentó Anarchivo Sida en el simposio “Tecnologías de acumulación” de la UB, 23/11/2017.

[iii] “Google Photos labeled black people ‘gorillas'”, publicado en USA Today por Jessica Guynn, 01/08/2015. Enlace a la noticia: https://www.usatoday.com/story/tech/2015/07/01/google-apologizes-after-photos-identify-black-people-as-gorillas/29567465/

[iv] “Machine Bias. There’s software used across the country to predict future criminals. And it’s biased against blacks”, publicado en ProPublica, por Julia Angwin, Jeff Larson, Surya Mattu y Lauren Kirchner, 23/05/2016. Enlace a la noticia: https://www.propublica.org/article/machine-bias-risk-assessments-in-criminal-sentencing

[v] “2017: The Year AI Floated into the Cloud”, publicado en MIT Technology Review, por Jackie Snow, 29/12/2017. Enlace a la noticia: https://www.technologyreview.com/s/609646/2017-the-year-ai-floated-into-the-cloud/?set=

[vi] Marta Delatte presentó My Body Archive en el simposio “Tecnologías de acumulación” de la UB, 23/11/2017. El proyecto se puede consultar en la web: http://www.bodyarchive.wanderingliquen.com/

Anna Dot nació un domingo de abril. Es de Torelló y trabaja entre dos mundos que no percibe separados de ninguna manera: el de la producción artística y el de la reflexión sobre los contextos artísticos a través de la escritura.

Publicaciones

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