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15 noviembre 2015
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Y mojarse en ella

Marina Vives

Es el primer simposio internacional de crítica de arte de la ACCA al que asisto, y mira que ya van diez. También es el primero que incluye entre sus ponentes a un artista que suda el discurso, porque su discurso crítico emana del movimiento, de la crítica “encuerpada”, como dice (y baila) él, Aimar Pérez Galí-; y a otro artista (Mark Lewis) al que parece que se la suda el discurso, aunque no me lo creo, entre otras cosas porque en el año 1998 creó junto con Charles Esche la revista Afterall, con base en Londres, y porque aunque ya no escriba (o eso dice), sí filma, y de qué manera, una realidad que observa a vuelo de colibrí. No puede ser que no tenga visión privilegiada a la hora de observarla.

El simposio partía de una pregunta, si se me permite, algo recurrente: ¿dónde se encuentra la crítica de arte hoy?, para dar paso al análisis coral de los lugares y maneras de la diseminación crítica. Y aunque sí ha habido ¿necesarias? obviedades; cosas que ya esperábamos; cosas que ya entendíamos, cosas que ya sentíamos, la sensación final es satisfactoria, sinceramente. Porque en la línea de lo que dijo Joana Hurtado en su intervención de la última mesa redonda, algo así como un “yo sí creo en ello”, también hubo algo de venga va, y al final, mucho de vamos allá, aunque sea de forma distinta.

Peio Aguirre se refirió a los peligros del vínculo actual entre crítica-mercado-publicidad, cada vez más intensos, si consideramos y respetamos una de las más primarias funciones de la crítica, la de la contribución a la conformación de una esfera pública. Nuria Enguita amplió y arrojó luz y potencia, ensanchando con su experiencia los espacios posibles de emisión a través de la edición (Revista Concreta), el comisariado o la programación.

Irit Rogoff, que también entrevistamos aquí esta semana, compartió algunos elementos de su investigación más reciente, la que observa la “infrastructura” o estructura oculta que gobierna instituciones, finanzas, corporaciones, etc. en la actualidad, y que mediante la apariencia de neutralidad, está copando los espacios de libertad del individuo y la cognición críticos. Lo que busca su análisis es precisamente el apuntar la necesidad de encontrar las posibles grietas para la crítica en un marco regulado por el mercado y la “eficiencia”.

Para Stephen Wright es la necesidad de adaptación y concreción terminológica (también en su taller “Un giro léxico: repensando los términos de la crítica”) lo que hay que observar en el proceso de ‘desontologización’ constante del arte. Como en una propuesta de cambio de tipo de relación, sugiere el término “usership” (algo así como “usuaridad”), que propone tanto en el tipo de “usuario” (antes espectador), como en el tipo de análisis crítico, o en la producción artística.

Thijs Lijster, como ya indicaría en la entrevista llevada a cabo por Anna Dot, incidió en el elemento espacial de la crítica, no desde un punto de vista de atomización de ella, si no desde la necesidad de una re-localización y asentamiento que incluya también la re-historicización de su práctica, su vuelta a la necesidad contextual en términos de espacio-tiempo; aunque esta vuelta no sea para ir al mismo lugar del que veníamos.

David G. Torres se encargó, con una irónica alegoría a Greenberg –al que pondría, literalmente, del revés desde el principio- de una necesaria puesta en tensión, imprescindible en la casi absolutamente lineal secuencia de intervenciones (a no ser de Aimar): el crítico es marginal, y debe serlo; es vampírico, es vicario, y “tullido”. Pero es, también, parte del proceso de avance creativo. Es sujeto y parte; es ego, interés y agenciamiento.

Y entre todas estas propuestas conceptuales, o “conceptológicas”, hay algo que me preocupa siempre cuando pienso (me pienso) en el contexto artístico, en la crítica, en la edición, curadoría, montaje o lo que sea que nos ocupa en transversal. Esto es el distanciamiento de la realidad. El peligro de estar viendo –y viviendo- el mundo desde un lugar en el que la capacidad de abstracción es privilegio; un lugar en el que, si bien la dificultad de pagar las facturas sea igual o mayor, los emplazamientos de producción particulares, robando las palabras de Enguita, sean al fin y al cabo, alivio.

Es indiscutible que nos encontramos estrechamente dependientes del mercado, de la opinión y de las instituciones (David G.Torres), pero esto no es solo cierto en el mundo de la crítica. Nosotros, afortunados, podemos ubicarnos o “posicionarnos” en ese lugar del “usership” (Wright) donde la interacción nos ayuda a recepcionar y desestabilizar (eso que nos reconforta tanto a algunos).

Para ello, el posicionamiento es clave; porque si bien es necesario no ser teórico para elaborar un discurso desde la práctica (Pérez Galí), también es cierto que la producción de conocimiento es el espacio del que disponemos para incidir en el mundo (Rogoff).

Más allá del sentido clásico de la crítica, en el que se emitían juicios no implicados, la criticalidad actual contiene un poder de transformación en sí. No se trata solo de juzgar, pienso que el reto es ensanchar las ya de por sí blandas fronteras de la producción actual, llevar la crítica de lo real al campo de lo real, asumir de una vez de una forma holística la contemporaneidad. Y mojarse en ella.

Marina se pasó los primeros dos años de su vida sin hablar: les dijeron a sus padres que estaba interiorizando. Y aunque hace ya un tiempo que habla, sigue necesitando interiorizar. Y luego sacudir, dudar, ordenar y desordenar, celebrar. Encuentra política en muchos lugares y tiene un especial interés en lo subalterno, el "commons" y en los puntos donde todo impacta con la expresión creativa.

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