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Spotlight

05 julio 2018
La espiritualidad en los días del plastiglomerado. AES+F en el MAH de Ginebra

Alba Mayol Curci

Las piezas de AES+F que se presentan en el Museo de Arte y de Historia de Ginebra, hasta el 7 de octubre, recorren la producción de los últimos diez años del colectivo ruso. La exposición, desde la primera sala, resuena como una exaltación del arte como producto, una eficaz materialización mercantil del objeto artístico en toda su polimorfa capacidad para el consumo, visual y financiero. Aparecen como códigos utilizados la interrelación entre el arte clásico occidental y los lenguajes contemporáneos, la estilización barroca y el artificio de un sincretismo deliberadamente banal. Un poco como un Jeff Koons pasado por la tradición ortodoxa del Cáucaso. Pero me pasa con AES+F que lo que me aturde de su generación salvaje de belleza capitalista deja entrever un poso que no puedo ver en Koons, que podría denominar, así de forma muy irregular, espiritualidad. No se trata de las referencias al arte sacro, ni de las presencias de figuras religiosas explícitas, sino más bien del conjunto de vibración que la obra proyecta de cierto entendimiento de la experiencia humana.

El comienzo del recorrido expositivo de este Theatrum Mundi parece ya una declaración de intenciones. Una sala alargada, en el palacio estilo neoclásico que alberga el museo, iluminada solo por el reflejo de una pantalla de 14 metros de ancho por 5 de alto, en la que se proyecta una de las dos piezas de vídeo que funcionan como ejes, Inverso Mundus (2015). La referencia clásica de la pieza es el tema carnavalesco del mundo invertido que desde el siglo XVI aparece en el imaginario religioso y popular, el carnaval medieval en el que el apocalipsis es un arma libertaria que puede usarse sin represalias una vez al año. La presentación en la obra de esta inversión disruptiva aparece tocada por esa aura que emana de la manera ácida y cruel en la que funciona como espejo.

Todo empieza con un líquido turbio que forma un flujo que baja por una escalinata. Es decir, todo empieza con una cascada de mierda que obreros millenials hacen salir de unos tubos frente a una especie de torre Agbar translúcida, mientras trozos de basura vuelan por los aires. Dentro de la torre, se encuentra reunido un consejo de administración que parece ser presidido por un Jesucristo pelirrojo. Todos están muy aburridos hasta que llega una troupe de indignados, en la que se identifican franciscano, hindi, hippie, choni, parados de varias duraciones, tercera edad. Te das cuenta de que son los doppelgänger del consejo de administración, les hacen levantar y ocupan su lugar. El consejo de administración indignado, sin embargo, también se aburre muchísimo y ni siquiera intenta cambiar el mundo. Vuelven por tanto a las calles, para derrochar sus buenas intenciones con trajeados de clase alta que piden limosna por los suelos. También hay animales no-humanos, y es difícil contenerse ante los ojitos sarcásticamente híper-dulcificados de foquitas blancas con alas y patitas de pollo y perro. En el matadero, un gran cerdo en posición erguida con un contundente cuchillo se dispone a despiezar al humano colgado del gancho, provocando un glorioso torrente de sangre. Ante un fondo de contenedores para transporte marítimo, bellísimas mujeres torturan a bellísimos hombres mientras suena el Casta Diva, con unos instrumentos de tortura minimalistas y ergonómicos estilo nórdico. En una última exaltación de esta liberación de instintos fake, los indignados toman las calles y los cuerpos represivos se preparan para hacer su trabajo, pero acaban todos en una jaima lounge renacentista, envueltos en un ennui delicioso y patético, erotismo a cámara lenta, erotismo sin sangre de los anuncios de perfume.

Con su hiperrealismo digital y esa mística del detalle, hay una sensación de inmersión, como un ruido de fondo o un hilo musical permanente. A la vez, hay un juego dentro-fuera, en esa engañosa sensación de conquista post-fordista, de ser capaz de alcanzar el deseo como algo tangible, las piezas de vídeo tienen su propio merchandising: los instrumentos de tortura son piezas escultóricas reales fuera de la narración audiovisual, fragmentos de la misma salen de ella y se reproducen en impresiones sobre tela o papel, no siendo simples accesorios sino complementando esa inmersión, esa totalidad de la mirada hegemónica.

Algunos de los stills de Inverso Mundus elegidos para pasar a categoría de producto gama blanca constituyen la serie Inquisition or women labour. En este enésimo ejemplo políticamente incorrecto, en el que mujeres torturan a hombres, sin sangre de nuevo, puede leerse la vacuidad del discurso de la inversión de roles binarios, replicando uno de los clásicos terrores patriarcales – ellas harán con nosotros lo que nosotros hicimos con ellas. Otros  momentos pueden también ser leídos desde la perspectiva de género, con un poco de ingenuidad, como rescate de restos o búsqueda de grietas, como la escultura de la serie Last Riot, Girl with a bat, esta chica huesuda y muy concentrada en pasar a la acción con su bate de aluminio lacado en blanco; la estampa icónica del Tondo #23 de la misma serie, se presenta como una recreación trendy de la Giuditta e Oloferne de Artemisia Gentileschi, en la que una chica no-blanca va a proceder a rajarle el cuello a un pálido adolescente pelirrojo. Ante ciertos hechos recientes, son presencias de “lo femenino” que podríamos incluir en una lista de deseos para un making kin anti-heteropatriarcal, aunque ellas sean también habitantes de una adolescencia amoral consumida por la violencia virtual y alimentada por botellines de Evian.

Como un espejo de la espiritualidad en los días del plastiglomerado, hay una exaltación de una amalgama de estereotipos estilosamente elaborados, de afectaciones individuales y colectivas, y una sensación general de profundis en la que absolutamente todo está al servicio de la deshumanización. O no – absolutamente todo está al servicio de reflejar una versión demasiado precisa de lo humano. El planteamiento de este teatro del mundo en su intención de reflejar un panorama distópico me parece, en realidad, que pone en evidencia que ya se ha producido una instalación en esa distopía, que ha pasado a ser precisamente una forma de espiritualidad sobrevenida, cínica y descreída, de vuelta de todo y aún anhelante de vínculos y afectos que nunca llegan a materializarse en nada que se parezca a la satisfacción, una imposibilidad perpetua de una interrelación genuina, de ese making kin. Algunas veces lo real contradice esta hipótesis y, sin esperanza, por supuesto, nos encontramos, estamos juntas, y bailamos.

Alba Mayol Curci es artista y filóloga. Investiga narrativas periféricas en las que mecanismos emocionales pueden funcionar como un activismo.

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