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Spotlight

18 julio 2018
Ver lo que no hay: una vindicación de la ausencia

Joan M. Minguet

“—Tiene los ojos abiertos—dijo.

—Es lo que hacen cuando mueren -explicó Ingrid-. Abren los ojos, pero no ven.”

Austin Wright

Samuel Beckett dice en algún lugar que el silencio no existe hasta que es nombrado.  El silencio, para el escritor irlandés, era un abismo insondable. John Cage diría que el silencio simplemente no existe, ni tan siquiera cuando lo mencionamos. La música del siglo XX se planteó debates y propuso obras en las que la ausencia del sonido —o la itinerancia entre el sonido y el silencio— eran cruciales.

¿Y el arte? ¡La visualidad parece tan sólida en comparación con la música! Las cosas están ahí para que las miremos (o para que ellas nos vean, como dicen aquellos versos de Machado), da la sensación de que el silencio visual no existe, que no podamos dejar de mirar, aunque a veces parece que no veamos nada.

El experimento de Alexandra Laudo, “Una cierta oscuridad”, el proyecto con el que ganó una de las convocatorias del Comisart y que ahora se exhibe en el Caixaforum de Barcelona, es una propuesta curatorial de gran inteligencia. Y necesaria. Acostumbrados a ir a las exposiciones a mirar imágenes, objetos o videos, entre otras cosas, Laudo nos invita a que nos detengamos sobre los dispositivos previos que encapsulan esta mirada: el marco, la proyección, la peana, la obra colgada, la cartela, la propia exposición, el centro de arte… Algo así como la ausencia (¿la mudez?) de las imágenes que están allí, pero que acabamos percibiendo de manera ordinaria, con displicencia, apáticos.

Escribo que la propuesta es necesaria. Tengo la impresión de que en nuestra época, en la que el reinado de la visualidad es indiscutible, inmersos en los modelos del homo vidensde Sartori, de la mosaic culture de Abraham Moles, del icononauta de Gian Piero Brunetta, de la sociedad panóptica de Foucault, y de tantas otras aportaciones que subrayan el paradigma multivisual o pluricónico de nuestros tiempos, tenemos que detenernos a pensar sobre los mecanismos de la visualidad. Los mecanismos contemporáneos y su tributo respecto a aquellos mecanismos heredados: la contemplación sumisa del arte del pasado, los muesos como cementerios desideologizados del arte, la sacralización casi religiosa del objeto artístico…

Confieso que el punto de partida del proyecto, el robo de la Gioconda en agosto de 1911 y que el hueco que dejó en el Salon Carré sea el más visitado de la historia de los museos, me cautivó de entrada. Es un hecho del que hablo en mis clases como síntoma de muchas cosas. Si la gente iba a mirar la “ausencia del cuadro”, ¿qué veía? Digámoslo con claridad: la pared, unos clavos y una cartela, es decir, los dispositivos de la exposición previos a la propia exposición, a lo que posibilita supuestamente la mirada del visitante. Me viene a la cabeza la afirmación de MacLuhan, el medio es el mensaje, no es tan importante lo que vemos, sino dónde y cómo lo vemos. En este sentido, no creo que para el público de entonces fuese significativo el Veronese de arriba, el Correggio de la derecha o el Tiziano de la izquierda que habían acompañado a la Mona Lisa de Leornardo hasta su sustracción.

¿No sería éste el desdichado nacimiento antes de tiempo del museo espectáculo, el de la mirada vacía y el nulo esfuerzo? Los escritos sobre arte han insistido en las (presuntas) verdades y han ahuyentado las dudas; en las concordancias más que en las disonancias. Pero es imprescindible afrontar las negaciones, las pérdidas, las paradojas que nuestro oficio nos ofrece. No como estrategia retórica o no sólo como tal.  En la visualidad contemporánea tenemos que reflexionar sobre el artista de la nada; la voluntad de escapar de la vorágine del sentido; la posibilidad que las piezas que no conducen a ningún sitio sean, precisamente, las que formulan preguntas más irreverentes y rupturistas; hay que responder a algunos aspectos de la crisis de representación; y, sobre todo, como nos propone Laudo, debemos repensar la mirada contemporánea. Tal vez en la línea que nos señala Rancière cuando dice que mirar es lo contrario de conocer.

Termino con una duda. Comisart se ha convertido en un fenómeno curatorial de grandes sugerencias: hurgar en la colección de arte de “la Caixa” (el verdadero museo de arte contemporáneo catalán, si se me permite la “semiboutade”) para repensarla. No sé si la reivindicación de la ausencia que Alexandra Laudo realiza con su proyecto ha estado demasiado exigida por la propia convocatoria, o la institución. Intuyo que el “display” de la exposición, esta provocación a la mirada del que busca obras y no encuentra más que “paredes” (léase dispositivos), hubiese funcionado mejor alterando mucho más los cánones de la exposición de arte contemporáneo. Quizás me equivoque.

En todo caso, esta “cierta oscuridad” es, mutatis mutandis, un “cierto fulgor” en el panorama expositivo catalán.

 

 

Joan Maria da clases de arte contemporáneo, crítica de arte y teoria del cine en la UAB desde 1993. Pero siempre ha sabido que el arte se tiene que estudiar, pensar y analizar a pie de obra. Ha intentado aplicar sus estudios sobre Miró, Dalí, las vanguardias, el circo y el cine de los primeros tiempos en exposiciones, libros, vídeos, artículos y, sobre todo, clases y debates. Entre 2010 y 2016 preside la Asociación Catalana de Críticos de Arte, desde la que ha procurado que la voz de la crítica se hiciese escuchar. En 2010 publicó el libro de poemas “Pensacions”, que también da nombre a su blog.

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