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En uno de los momentos más conmovedores de la 76ª Berlinale, el director Emin Alper, utilizó su discurso de aceptación al recibir el Oso de Plata por Kurtuluş (Salvación), para dedicar su premio —y prestar su voz— a los sufrimientos silenciados del pueblo palestino, del pueblo kurdo y de la población iraní. Al hacerlo, amplió el alcance político del festival de este año, donde el presidente del jurado, Wim Wenders, había provocado, quizá de forma involuntaria, una tormenta durante la rueda de prensa inaugural al esquivar una pregunta sobre la impopular postura del gobierno alemán respecto a la guerra en Gaza. Hecho que estableció el tono de una edición altamente politizada, incluso para los estándares de la Berlinale.
En otro gesto de desafío y, teniendo en cuenta la creciente susceptibilidad de Ankara ante cualquier forma de disidencia, Alper demostró un notable coraje personal al cerrar su intervención recordando a los presos políticos en Turquía, como Çiğdem Mater, Tayfun Kahraman y Osman Kavala, que llevan años encarcelados. También mencionó al numeroso grupo de alcaldes detenidos, entre ellos el de Estambul, Ekrem İmamoğlu, privado de libertad desde hace más de un año, transformando así su victoria cinematográfica en una contundente declaración en favor de los derechos humanos.
En su película Kurtuluş, Alper recupera la memoria de la masacre de la aldea de Bilge en 2009 para realizar una disección de los aspectos más oscuros de la psique humana. Rodada en los vastos y sobrecogedores paisajes de Anatolia, la película se articula en torno a un conflicto por la tierra entre los Hazeran (un clan de guardias rurales) y los Bezariler (una comunidad que regresa al hogar del que se vieron obligados a huir). El filme logra convertir una tragedia local en una alegoría universal que muestra cómo los líderes manipulan los miedos colectivos para mantener el poder, creando una tragedia “predeterminada” que se ha repetido a lo largo de la historia de la humanidad.
La gramática visual de la película amplifica esta sensación de inevitabilidad. La inmensidad de Anatolia, atravesada por una larga historia de violencia, funciona como telón de fondo y campo psicológico de grupos sectarios en el que la salvación de unos se entrelaza inevitablemente con la condena de otros. La fuerza de la cinta reside como el realizador explora los sueños como herramienta para activar el miedo. Alper muestra cómo las ansiedades individuales y personales son intensificadas y convertidas en armas por los líderes para arrastrar a sus comunidades hacia derivas oscuras e irreversibles. Para cuando la película alcanza su inevitable clímax, el espectador comprende que la violencia nunca tuvo que ver realmente con la tierra, sino con la pulsión humana de imponer la propia verdad por encima de la vida de los demás.
Así Kurtuluş se configura, en este sentido, en lo que podría denominarse un «noir anatolio». Alper construye una película tan bella como aterradora; un recordatorio de que, en la búsqueda de la salvación, el mayor enemigo suele ser aquel que nosotros mismos hemos creado en nuestros imaginarios compartidos.
Si por algo se recuerde la 76ª Berlinale, probablemente sea por la centralidad del cine turco dentro del panorama europeo. La inusual configuración de la victoria con un «doble Oso» —Gelbe Briefe (Cartas amarillas) de İlker Çatak alzándose con el Oso de Oro, junto al Oso de Plata de Emin Alper por Kurtuluş— sugiere no solo un momento de reconocimiento, sino una reconfiguración de las coordenadas geopolíticas y estéticas del festival.
Staffan Folcker es un agente cultural con base en Estambul. Su trabajo se articula en torno al cine como herramienta para leer la ciudad, en diálogo con sus capas históricas y su escena contemporánea. En este contexto, las proyecciones locales y los ritmos cotidianos se funden en una única narrativa, moldeada por el lugar, la memoria y la experiencia colectiva de la mirada.
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)