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Hacer las micro-utopías

Magazine

23 marzo 2026
Tema del Mes: NeutopíasEditor/a Residente: Oscar Guayabero
micro-utopías -

Hacer las micro-utopías

Hace ya cuatro años del texto para el libro Neutopías en el que hablábamos de la Reutilización como un acto subversivo. No sólo como una estrategia para alargar la vida de los objetos u optimizar el consumo de recursos, sino como una forma de cuestionar las lógicas productivas y de uso que organizan nuestra vida cotidiana.

Aquella conversación colectiva, escrita a partir de varios diálogos entre las personas que formamos parte de Makea en aquel momento, terminaba con dos preguntas abiertas que siguen resonando hoy:

«¿Cómo transferir herramientas del diseño para contribuir a transformar la sociedad dentro de los límites planetarios y parámetros de justicia social?

¿Y cómo transformar, desde la práctica, la propia práctica del diseño?»

Seguimos sin tener una respuesta cerrada para ellas, pero nos atrevemos a plantear algunas hipótesis que quizá entonces no habíamos expresado con tanta claridad. 

En este tiempo fluido, de sobre-información, posverdad, tecno/teocracias, viralidad, señores de la guerra descontrolados, inteligencias artificiales, algoritmos neofascistas, hipermercantilización de la vida, sociedad fracturada, compras monitorizadas, convivencias frustradas, aislamiento de la empatía y pieles muy muy finas… parece que la mayoría de los límites que definían un status quo democrático y distributivo hayan saltado por los aires. 

Desde el lugar que nos encontramos creemos que la cuestión ya no está únicamente en diseñar objetos más sostenibles, ni siquiera en especular en futuros deseables desde el diseño. Tal vez el reto sea algo más básico y elemental: reconstruir las condiciones vitales que permiten que las personas podamos existir y hacer cosas juntas.

Cuando pensamos en la palabra utopía solemos imaginar un horizonte lejano, un lugar ideal que todavía no existe. Sin embargo, en estos últimos años y observando nuestra realidad cotidiana dirigirse hacía el escenario menos deseable, hemos tenido a menudo la sensación de que algunos elementos que dibujan ese mundo deseado habían estado presentes ya en nuestras vidas, que se habían ido construyendo en nuestras ciudades y barrios lentamente durante mucho tiempo, aunque no siempre fuimos conscientes hasta que empezaron a desaparecer.

Hace no tantas décadas, el paisaje cotidiano incluía una red bastante extensa de saberes y oficios distribuidos: talleres de reparación, ferreterías, pequeñas carpinterías, zapaterías, modistas, electricistas o talleres mecánicos que mantenían en funcionamiento los objetos, los cuidados y las máquinas de la vida diaria. Cuando algo se rompía, lo habitual no era sustituirlo por algo nuevo sino intentar repararlo y en muchos casos mejorarlo. Y para hacerlo, existía el conocimiento, los lugares, las herramientas y, sobre todo, personas que sabían cómo intervenir sobre aquello que se había roto o fallado.

No era una utopía. Pero contenía algo que hoy empezamos a echar en falta: un ecosistema de saberes y prácticas que nos permitía una relación distinta con el mundo material. Los objetos se abrían, se desmontaban, se adaptaban o se transformaban, no se tiraban. Y cuando algo dejaba de funcionar, era relativamente fácil encontrar a alguien que supiera cómo actuar. Había conocimientos que circulaban y espacios donde aprender mirando, preguntando o ayudando. Aclarar que esta reflexión no trata de romantizar que hubo un tiempo mejor sino de reconocer el de dónde venimos para apuntalar un hacia dónde vamos como sociedad. 

Ese ecosistema productivo y cultural del hacer ha ido desapareciendo progresivamente. El diseño de productos cada vez más cerrados, la obsolescencia programada, la creciente complejidad tecnológica, la deslocalización de la producción o la simple falta de relevo generacional en muchos oficios han ido reduciendo drásticamente la posibilidad de intervenir sobre aquello que nos rodea, nos hemos especializado en el ensamblaje y en colocar ‘bajo criterio’ algunas cosas.

Nuestras ciudades están perdiendo los lugares donde esas prácticas podían suceder. Talleres, espacios de fabricación, pequeñas tiendas de reparación, asociaciones o lugares de aprendizaje informal han ido desapareciendo, desplazados por las dinámicas inmobiliarias, por la concentración económica o por la pérdida de rentabilidad de actividades que durante décadas sostuvieron buena parte de la cultura material cotidiana.

El resultado es una pérdida de valores y transformación profunda en nuestra relación con el entorno. 

Vivimos rodeados de objetos y tecnologías cada vez más sofisticadas, pero cada vez tenemos menos capacidad de comprender cómo funcionan, de modificarlas o de adaptarlas a nuestras necesidades. El mundo material se ha vuelto progresivamente más opaco y no tenemos capacidad de encontrar soluciones propias. 

Parece que se trate simplemente de un cambio tecnológico o económico, pero sus efectos van mucho más allá. Cuando desaparecen las personas que reparan, desaparecen sus espacios de trabajo, sus conocimientos, y la posibilidad de aprender de ellas observando, preguntando o probando. Y con ello, desaparece también nuestra percepción de que las cosas pueden ser transformadas. 

A escala individual ocurre algo parecido. Cuando dejamos de reparar o de fabricar cosas, dejamos también de sentirnos como personas capacitadas para modificar nuestro entorno o nuestras relaciones mentales. Nos acostumbramos a relacionarnos con los objetos como usuarias o consumidoras, no como posibilitadoras de su transformación. Cuando necesitamos algo, nos conformamos con lo que encontramos en el bazar de variedades de debajo de casa, sabemos que es de mala calidad, no cumple nuestras expectativas, no funciona, pero lo compramos porque es la única opción que tenemos.

Un ejemplo muy básico que puede ayudar a entenderlo es ¿Qué ocurre cuando una silla empieza a quejarse, a cojear o se le doblan ligeramente las patas?

Durante mucho tiempo, la reacción habitual habría sido intentar arreglarla. Darle la vuelta, observar cómo está construida, comprobar si alguna unión se ha aflojado o si sólo hace falta apretar unos tornillos o reencolarla. Quizá añadir una pequeña cuña, ajustar las patas o sustituir la pieza rota. Ese gesto aparentemente trivial implica detenerse un momento a mirar el objeto con atención e intentar comprender cómo funciona.

En ese proceso se activaban pequeños saberes cotidianos: reconocer un tipo de unión, saber usar un destornillador, qué tipos de colas existen, decidir si una pieza se puede ajustar o si hace falta cambiarla. A veces también implicaba preguntar a alguien que tuviera conocimientos específicos o pasar por una ferretería para encontrar el tornillo adecuado. Eran gestos modestos, pero formaban parte de una cultura material compartida donde los objetos no eran necesariamente definitivos ni cerrados, sino cosas que podían mantenerse, ajustarse o repararse, en definitiva continuar viviendo.

Hoy, sin embargo, la cosa suele resolverse de otra manera. Cambiamos la silla por otra nueva y la bajamos a la calle el día de los trastos para que sea gestionada, para así sentirnos que contribuimos a rebajar nuestro impacto ambiental.

Lo que parece una acción insignificante, forma parte de una cadena mucho más amplia de transformaciones. Tiene múltiples implicaciones e impactos sociales y materiales. Cada vez que reemplazamos un objeto que podría haberse reparado se reactiva todo el sistema productivo que lo hace posible: extracción de materias primas, fabricación industrial, transporte global, embalaje y distribución. Al mismo tiempo, desaparece la posibilidad de activar un conocimiento práctico, de aprender algo sobre cómo están hechas las cosas o de mantener vivas pequeñas economías locales vinculadas al mantenimiento y la reparación. Y se activa otro conocimiento muy paralizante que es el del scrolling en el terminal buscando la mejor oferta que encaje en nuestra vida «de diseño»

No se trata sólo de una silla. 

Esta transformación no afecta únicamente a los objetos. También afecta a nuestra capacidad colectiva de imaginar alternativas y posibilidades reales de cambio. Porque hacer cosas no es solo una actividad técnica. Probar, desmontar, reparar o construir son también formas de conocimiento y de relacionarnos. Nos permiten comprender cómo están hechas las cosas y, al mismo tiempo, descubrir que podrían estar hechas de otra manera, de dónde vienen los materiales y saber en qué condiciones se han producido.

Afecta a nuestra convivencia, a nuestros valores como sociedad, a nuestra inteligencia colectiva y capacidad de sobrepasar situaciones imprevistas generadas por el cambio climático que cada vez nos acucian más repetidamente y más violentamente. 

Cuando un grupo de personas experimenta con materiales y herramientas, aparecen preguntas, errores, soluciones improvisadas, combinaciones inesperadas y, en ocasiones, nuevas formas de organización colectiva. En ese proceso se generan aprendizajes que no sólo tienen que ver con la técnica, sino también con la manera en que nos relacionamos con los recursos, con el tiempo o con las demás personas.

Sin esos espacios de experimentación, el mundo se vuelve cada vez más cerrado. Las personas pasamos de participar en la construcción de nuestro entorno a convertirnos en consumidoras de soluciones diseñadas por otras más poderosas. Y cuando eso ocurre, también desaparece nuestra capacidad de imaginar futuros diferentes.

Desde nuestra experiencia trabajando durante años en procesos de diseño dirigidos a la construcción colectiva, esta relación entre hacer e imaginar se ha vuelto cada vez más necesaria. No se trata de afirmar que todo el diseño deba dirigirse en esta dirección, pero sí de reconocer que existen prácticas que intentan reconstruir esos espacios donde la experimentación material vuelve a ser posible.

En nuestro caso, con el tiempo hemos ido entendiendo el trabajo como diseñadoras y diseñadores menos como una actividad centrada exclusivamente en producir objetos y más como una forma de crear las condiciones para que otras personas puedan analizar su contexto, experimentar con materiales y construir respuestas colectivas a problemas concretos.

Cuando esto sucede, se producen pequeños intercambios de conocimiento, traspaso de poder y se ejercita la capacidad de acción. Las personas dejan de relacionarse con los objetos y los espacios como algo dado e inmutable y empiezan a percibirlos como algo que también puede ser modificado, reparado o reinventado. Y para nosotros es cuando se hacen realidad las micro-utopías.

Estas micro-utopías suelen ser frágiles, temporales y a veces incluso conflictivas. No se trata de comunidades ideales ni de escenarios perfectos, son aprendizajes que nos dirigen hacía una dirección concreta. Porque reconstruir la cultura del hacer no es un proceso romántico ni idílico. Implica cambiar hábitos profundamente arraigados, cuestionar modelos de consumo que damos por supuestos y reprender habilidades que habíamos dejado de practicar. También implica aceptar el error, el ensayo y la negociación colectiva como parte del proceso.

En ese sentido, la utopía no aparece como un paisaje amable al que llegaremos algún día, sino como un proceso de reconstrucción colectiva que ocurre en el presente. Surge cuando generamos espacios, herramientas y conocimientos compartidos que permiten a las personas intervenir en el mundo que habitamos.

Quizá por eso imaginar futuros distintos no dependa tanto de nuestra capacidad de especular sobre ellos, si no como de algo mucho más concreto como proteger o reconstruir los lugares donde las personas podamos volver a transformar las cosas, y si es juntas mucho mejor.

micro-utopías

Proceso de reparación de la unidad móvil O.B.N.I. Ocupació Barrial No Invasiva – Solar Germanetes de Barcelona. Recreant Cruïlles. Mayo 2015

[Imagen destacada: Proceso en Tornallom. Construccion del Aula Abierta con alumnado del grado en Agroecología del IES La Garrigosa de Meliana (Valencia). Septiembre 2023]

Makea es una cooperativa de carácter social y educativo que promueve el papel del diseño en las transformaciones sociales. Su trabajo se sitúa en la intersección entre el diseño, la ecología y la educación. Con 20 años de trayectoria, Makea ha trabajado en innumerables procesos colectivos con agrupaciones ciudadanas de base como asociaciones vecinales, centros sociales, ateneos, casals de barri, redes de producción distribuida o comunidades de aprendizaje, así como
transfiriendo sus metodologías a través de programas y talleres formativos en centros de educación superior como Universitat Politècnica de Valencia, UAB, Elisava Escola, ESDAPC, Escola BAU, UIC o UOC, entre otras.

Han impulsado proyectos en colaboración con instituciones culturales y educativas, administraciones públicas y entidades del tercer sector y sus proyectos han sido exhibidos en exposiciones nacionales e internacionales, como ACVIC, CC São Paulo (Brasil) y Corcoran College of Art and Design de Washington (USA), y
recientemente han participado en la exposición Time is Present. Designing the Common de la Bienal de Design de Porto (Portugal). https://makeatuvida.net
(Foto: María Mira)

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)