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En la sociedad del 1% y del tecno-feudalismo, los delirios financiadores levantan castillos de humo para dar respuesta a una realidad exangüe. Los tempos computacionales aceleran procesos (im)productivos y, con ellos, aceleran también la experiencia social del tiempo. En plena emergencia climática, la mística económica hegemónica defiende las propiedades curativas del crecimiento a ultranza. Y entre todo este espectáculo de irrealidad aumentada, la imaginación social queda paralizada cuando no capturada por las promesas y renders del escapismo billonario.
La capacidad de proyectar futuros está distribuida desigualmente. Al igual que no todo el mundo puede construir «hechos» (esas cosas innegables que sostienen la realidad), tampoco todo el mundo tiene la misma capacidad de producir visiones de lo que pasará capaces de ser consideradas deseables o inevitables. Aunque una parte considerable de nuestra especie se esfuerza en desplegar su agencia hacia un mañana lleno de vida, la agencia del planeta se manifiesta tercamente: incluso a aquellos que todavía quisieran escaparse, nos señala límites que nos negamos a comprender.
¿Tiene el futuro una dimensión material? ¿Qué rol tiene en el presente? El futuro se experimenta en la anticipación, que es una experiencia presente: nace cuando nos proyectamos y se transforma en ansiedad frente a una incertidumbre negativa o nos ilumina cuando lo que está por venir se espera con alegría. El futuro tiene, pues, una condición vivida que se expresa en expectativas que, cuando son compartidas, pueden coordinar la acción social para crear las condiciones para la realización de lo querido.
El hecho es que, como dice Bifo Berardi, quizás estamos viviendo una “captura paradigmática”, donde las dinámicas actuales consiguen reducir la multiplicidad de posibilidades emergentes. Marina Garcés lo formula como un “futuro póstumo”: después de la modernidad diseñando futuros para todos y de la posmodernidad celebrando un presente inagotable para cada individuo, ahora parece que no hacemos más que sobrevivir, unos contra otros, en un tiempo que sólo queda.
David Graeber y David Wengrow publicaron en 2021 The Dawn of Everything, un recorrido por los últimos 10.000 años de la historia de la humanidad. Cuestionan asunciones fundamentales: que existe una forma social original “buena” o “mala”; que hubo un tiempo sin desigualdades sociales ni conciencia política; que algo pasó por cambiarlo; que «agricultura», «civilización» y «complejidad» siempre llegan con un coste en libertades; o que las relaciones igualitarias sólo son posibles en pequeños grupos, pero no pueden darse a escala de ciudad o nación. Con evidencias, niegan estas aproximaciones y, con ello, además de acercarnos a pasados más rigurosos, amplían el abanico de lo posible, pero sobre todo refuerzan la realidad de que siempre podemos deshacer caminos que no nos sirven.
Ante esta «muerte del futuro», y habiendo visto los límites de un diseño especulativo a menudo estéril más allá de estimular imaginación, ¿qué podemos hacer como profesionales del diseño? ¿Cómo poner nuestra práctica al servicio de realidades radicalmente mejores sin reproducir las inercias absolutistas de ingeniería social del diseño modernista? ¿Y cómo pueden estas utopías nutrirse y co-evolucionar con la imaginación prefigurativa de los movimientos sociales y de otros agentes cuidando de los bienes comunes y todo lo que sostiene la vida?
En el siglo XVI Thomas More escribió Utopía, una ficción satírica que describía una sociedad en la que, entre otras cuestiones, la propiedad del suelo se sostenía en formas colectivas. Esta utopía, aparentemente hundida hoy por la especulación inmobiliaria, sigue viva en muchos lugares del mundo. Un ejemplo cercano es la nueva ola de vivienda cooperativa que está surgiendo en Cataluña, en el País Valenciano o en las Islas Baleares. Este modelo extiende la propiedad colectiva de las viviendas y suelo durante toda la fase de convivencia, no sólo durante la construcción. Así se extrae la vivienda de las lógicas especulativas del mercado y se asegura su asequibilidad.
Otro aspecto fundamental es la vida comunitaria. Manteniendo el espacio privado de los hogares, se reserva espacio para servicios comunes como lavandería, comidas comunitarias, habitaciones para invitadas, canguros o cajas de resistencia. El objetivo es redistribuir el espacio y el tiempo; repartir tareas, sumar o ahorrar recursos, y promover la interacción social para tratar de facilitar el día a día doméstico.
Aquí se puede observar una necesidad tangible (el derecho a la vivienda), una orientación afectiva (a querer vivir más comunitariamente) y, al mismo tiempo, un deseo de transformación que trabaja por hacer popular, por extendido y por asequible, este modelo. Y es precisamente esa orientación a la replicabilidad ya la articulación lo que huye de los imaginarios de la isla aislada y le orienta hacia el archipiélago. Este trabajo infraestructurando las transiciones, muchas veces invisible, se realiza en espacios colectivos como la sectorial de vivienda de la Red de Economía Solidaria: generando instrumentos comunitarios, haciendo campañas y co-diseñando con la administración el terreno de juego a partir de regulaciones, incentivos y barreras. Es una pequeña parte de un magma denso de personas y entidades comunitarias, cooperativas y públicas trabajando para consolidar vías dignas por el derecho a la vivienda.
Estas primeras experiencias son si se quieren realidades utópicas a la vez que transicionales: tiernas y vacilantes, pero capaces de arraigar precedentes. No ofrecen un futuro de render, sino una vivencia física de un presente cercano que literalmente puedes visitar. Más que un no-lugar (utopía, no topos), crean nuevos lugares: neutopías que proyectan posibilidades desde una realidad practicable. Y de esta tarea de hacer avanzar las transiciones destacamos dos características.
Por un lado, apostar por la cotidianidad como un espacio clave desde el que generar roturas íntimas de la percepción de lo que es realizable aquí y ahora. Ya sea una noche cualquiera en una cena comunitaria; pagar, cargando en la cuenta de socia productos de proximidad en el supermercado cooperativo del barrio; o leer las facturas de energías renovables de la cooperativa. No son sólo gestos: materializan expectativas compartidas y hacen de la experiencia material del día a día una prueba de lo posible. Podríamos decir que recogen lo mejor de la ética de la prefiguración: encontrar el camino andando, aquí y ahora.
Y por otro, fomentar el aprendizaje social como hilo conductor de las transiciones (vivienda, energía, movilidad, agricultura). Todavía predominan enfoques de “cambio” social que buscan balas de plata, o que paralizan cuando la escala y magnitud del reto exigen implicación de toda la sociedad y varias generaciones. En sistemas complejos lo que parece cada vez más evidente es la necesidad de una mirada articuladora centrada en aprender del sistema que conformamos; una inclinación de la acción social, y de nuestras prácticas como diseñadoras, que busque sobre todo la interrelación y alineación de intervenciones locales para amplificar el impacto colectivo. Y en todo esto disputar valores y lógicas (vivienda como derecho o como bien de inversión) sigue siendo clave.
Dicho esto, es importante ser honestos que este ir-haciendo no es sólo alegría. La rabia de las injusticias y la tristeza por la vida que se pierde se nos mezcla con la alegría de vivir. Actuar dignamente, aquí y ahora, quizás significa dar forma a presentes cercanos que conjuguen la atención al día a día de las transiciones con el aprendizaje social que las sostenga.
(Imagen de portada: Talleres de co-diseño de los servicios comunes en La Borda)

Imagen por instagram por la Campaña ‘#GuanyemTerreny a la especulación’ (XES)
Adrià Garcia i Mateu es diseñador y activista implicado en proyectos para mejorar la dimensión cotidiana de las transiciones ecosociales. Miembro fundador de la cooperativa de diseño holon SCCL y de la cooperativa de vivienda La Borda SCCL. Experto en diseño y transiciones ecosociales y más de una década de experiencia en proyectos con organizaciones como Som Energia SCCL, ONU Medio Ambiente o Interface Inc. Desde el año 2010 acompañando a la educación en diseño de más de 600 alumnos en Cataluña e internacionalmente, es miembro fundador de EDIVI, la red catalana de centros educativos de diseño para la innovación social y la sostenibilidad.
Licenciado en Diseño por Eina, Escuela de Diseño y Arte de Barcelona en 2009, Cataluña formó parte del Programa LeNS Learning Network for Sustainability de la UE en el Politécnico de Milán, Italia en 2009, y tiene un máster en Liderazgo Estratégico hacia la Sostenibilidad por parte del Instituto Blekinge de Tecnología. para las Transiciones por el Schumacher College, Reino Unido en 2016. Doctorando por Dimmons (IN3 UOC) en diseño de políticas públicas y transiciones ecosociales en la vivienda cooperativa.
@adriagm @weareholon en redes (linkedin, instagram, twitter)
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)