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Daniele Porretta: Según Oscar Wilde, un mapa del mundo sin utopía no merece la pena consultarse, ya que es el destino que siempre se marca la humanidad. Una vez alcanzada la utopía, zarpa de nuevo en busca de otra. En cambio, para Berdiaeff las utopías se han vuelto peligrosamente realizables y nos tendríamos que preguntar cómo evitar su realización. Entonces, ¿para qué sirve una utopía? La respuesta no es fácil. Quizás tengan razón tanto Oscar Wilde como Nicola Berdiaeff.
Laura Benítez Valero: Quizás la propia pregunta sobre la funcionalidad de la utopía nos abre una primera grieta de posibilidad para revisar cómo concebimos las utopías. ¿No sería deseable que las utopías nos permitieran pensar más allá de la dimensión instrumental? ¿Y si la especificidad de la utopía reside, precisamente, en no poder ser analizada con parámetros que miden su para qué?
D: Pero el éxito de las utopías reside justo en su dimensión instrumental. En haber producido unos manuales de instrucciones para transformar la sociedad a través de un formato narrativo como la novela. Desde T. More hasta A. Bogdanov, la idea de base es enseñar una sociedad en perfecto funcionamiento que sirva de espejo positivo para una realidad insoportable. Si una utopía no sirve para hacer la revolución, ¿qué hacemos con ella?
L: No estoy proponiendo negar su dimensión instrumental, se trata de tomar la potencia de la utopía para añadir una capa de complejidad, no tan centrada en el para qué sino en el cómo. Las tentativas de realización utópica centradas únicamente en el para qué han conllevado, por lo menos en parte, su imposibilidad. Seguro que conoces el caso de Viktor David Grünbaum, conocido como el arquitecto de los centros comerciales modernos, con el perverso apodo del arquitecto del sueño americano.
D: Se trata del “juego espacial” del que habla David Harvey en Espacios de esperanza. La utopía se asocia al diseño de un espacio porque se considera que tiene una función transformadora y moral. Los centros comerciales como “utopías degeneradas”, en los cuales podríamos encontrar los parques temáticos como Disneyland, lugares desconflictualizados que simulan espacios reales, pero sin las características de los espacios públicos, primero de todo, lo de estar abiertos a todo el mundo. Por esta razón tienen algo de inquietante y siniestro.
L: ¿Podría ser un fracaso del para qué? Es decir, si el cómo de este para qué era el modelo de expansión económica norte-americano, ¿no era ya la crónica de una muerte anunciada para la particular utopía de Grünbaum?
D: Si hablamos de fracaso, cualquier intento de poner en práctica un proyecto utópico dentro de la sociedad capitalista está destinado a ser fagocitado y rentabilizado. ¿No es lo que pasó con las Superilles y los ejes verdes de Barcelona? Tenían en su base una necesidad justa de descongestionar el tráfico automovilístico, mejorar la calidad del aire de la ciudad, crear más espacios públicos de calidad y nuevos lugares de relación social. Han acabado convertidos en unos de los factores de las dinámicas de gentrificación de la ciudad.
L: La gentrificación no es un efecto colateral o accidental de determinadas intervenciones urbanas, sino una lógica estructural inscrita en el modelo neoliberal de ciudad, sostenida por decisiones políticas, marcos legales y una violencia sistémica y estructural que mercantiliza el territorio y la vida. Preguntarse si las Superilles pueden convertirse en la promesa verde de una ciudad como Barcelona implica, en sí mismo, una operación problemática. Barcelona es un entorno urbano profundamente hostil, presenta niveles alarmantes de contaminación por partículas en suspensión, una de las contaminaciones acústicas más altas de Europa y una contaminación lumínica que afecta tanto a la salud humana como a los ecosistemas no-humanos. Pretender que una intervención localizada en el espacio público pueda revertir o, siquiera, contrarrestar de manera significativa el impacto de décadas de urbanismo atroz y de un neoliberalismo feroz es operar desde un pensamiento naïf, propio de los modelos de simplificación idiocráticos que proliferan en la autoayuda barata.
D: Entonces, ¿para qué nos sirve la utopía en un contexto urbano?
L: Los para qué de la utopía verde urbana se agotan casi antes de formularse. La promesa de una ciudad más habitable queda rápidamente neutralizada cuando no se acompaña de políticas estructurales de vivienda, de control del mercado inmobiliario, de redistribución de la riqueza y de cuestionamiento real (y radical) del modelo turístico y económico. Y a pesar de ello, el cómo sigue siendo un espacio de fricción y de posibilidad. Es ahí donde se abren grietas que permiten imaginar otras formas de habitar y de (re)organizar lo común, aunque sean frágiles y constantemente amenazadas por la lógica de la captura capitalista. Sin una desarticulación del modelo extractivista, del crecimiento infinito, el urbanismo verde se convierte fácilmente en greenwashing. Una estetización de la sostenibilidad que no cuestiona las causas profundas del colapso ecológico. Por eso insisto en desplazar el foco. El “modelo” no son las Superilles, sino experiencias radicalmente distintas como las ZAD (Zones à Défendre) y los llamados “bosques en resistencia”. Estas luchas, como las de Notre-Dame-des-Landes en Francia, Hambach en Alemania o Białowieża en Polonia, no se limitan a mitigar los efectos del desastre ecológico, sino que ponen en crisis directa el modelo de explotación y extractivismo. Son territorios defendidos frente a infraestructuras aeroportuarias, mineras o forestales que encarnan una confrontación material con el capitalismo fósil y logístico. En ellos, la defensa del territorio va inseparablemente ligada a formas de vida comunitarias, a la autogestión, al cuestionamiento de la propiedad privada y al excepcionalismo humano.
D: Ciertamente hablar hoy de utopías urbanas lleva a la imagen de enclaves para privilegiados: las gated communities, los barrios residenciales elitistas, The Line. Lugares desconflictualizados e irreales como Seaside, la ciudad donde vive Truman Burbank. Los conflictos son desplazados a otro lugar. Si algo caracteriza nuestra época es el aumento de las desigualdades y siempre más tendremos esta diferenciación entre infierno y paraíso. Los problemas que tenemos son sistémicos y las medidas que necesitamos son estructurales. Y volviendo a la pregunta del principio, ¿para qué sirve una utopía? Algo que nunca me ha gustado es la tendencia autoritaria de algunas, su falta de dinamismo y, a veces, su simplificación de la realidad. Pero creo que algo que tenemos que recuperar es su radicalidad, porque nos enfrentamos a algo que requiere soluciones más radicales. En esto sí que tendríamos que recuperar la utopía: la de las experimentaciones socialistas de vivienda colectiva, las otras formas de entender la democracia, la búsqueda de alternativas al ocio dependiente del consumo, y también de repensar nuestra relación con el planeta. Y hacer un salto de escala, evitando la realización de microutopías para unos pocos privilegiados.
L: Sí, recuperar el cómo de la utopía no debería significar construir islas de orden en medio del caos, ni refugios asépticos donde esconder el conflicto. Tampoco reducirla a una escala humana, antropocéntrica y excepcionalista. Las utopías de comienzos del siglo XX, incluidas las propuestas anarco-naturalistas, atravesadas por tensiones y contradicciones, entendían (al menos) que la transformación debía desplegarse sobre territorios interdependientes, sobre cuerpos colectivos y sobre una relación distinta a escala planetaria. La utopía sólo tiene sentido si recupera su radicalidad, no como un modelo cerrado ni como una promesa de armonía, sino como un gesto de imaginación política capaz de abrir grietas en lo dado.

Torre de vigilancia del ZAD de Notre Dame des Landes. Fuente Wikicommons.
Daniele Porretta es arquitecto, doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura y profesor del Grado de Diseño de Elisava, Barcelona. Entre sus ámbitos de investigación está la relación de la ciudad con el cine y la literatura, en particular la construcción de la imagen de la ciudad del futuro en la cultura popular, desde las utopías tecnológicas de finales del siglo XIX hasta las distopías del control social del siglo XX. Es miembro de Histopia, CSIC (Instituto de Historia), grupo impulsor de la Red Trasatlántica de Estudio de las Utopías que ha llevado a cabo el proyecto de investigación “Utopías trasatlánticas: imaginarios alternativos entre España y América, siglos XIX-XX (UtopiAtlantica)” (2022-2025). En 2022 ha publicado con Siruela La otra Tierra. Marte como utopía, dedicado a la historia de la utopía en el planeta Marte.
Laura Benítez Valero es investigadora y docente universitaria. Su investigación conecta la filosofía, las prácticas artísticas y la tecnociencia. Es profesora del Departamento de Filosofía de la Universitat Autònoma de Barcelona. También ha impartido clases en Elisava y ha codirigido el máster en Diseño para Futuros Emergentes del IAAC. Ha sido coordinadora del área de Teoría en el grado de Artes y Diseño de la Escola Massana, donde ya no es docente por motivos políticos, pero donde impartió Estudios Críticos y Culturales. Ha sido investigadora visitante en el Ars Electronica Center y en el Centro de Estudios y Documentación del MACBA. También ha colaborado con instituciones internacionales como la Kunstuniversität Linz (en el máster Interface Cultures), el Sónar Festival (Barcelona/Hong Kong), la Royal Academy of Arts (Londres) y la Universidad de Puerto Rico. Entre 2019 y 2021 dirigió Biofriction, proyecto europeo (Creative Europe) sobre prácticas de bioarte y biohacking, liderado por Hangar en colaboración con Bioart Society, Kersnikova y Cultivamos Cultura.
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)