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Spotlight

29 enero 2026

Epopeya erótica balcánica

Imposible desarraigar los Balcanes de Marina Abramović

Antes de que comience la función, el ambiente tiene una carga distinta, ajena a la habitual solemnidad de la ópera. Y es que Marina Abramović presenta la obra Balkan Erotic Epic (Epopeya erótica balcánica). No se trata de un espectáculo, sino más bien una liturgia pagana desplazada —no sin fricción— al corazón de una institución burguesa. En el Gran Teatre del Liceu, templo histórico de la ópera y de la representación clásica, la artista serbia activa un ritual colectivo que desborda el formato escénico para convertirse en una experiencia coral y sensorial. Durante más tres horas, el teatro deja de ser un lugar de contemplación pasiva para transformarse en un espacio atravesado por corporeidad, cantos, sufrimiento (mucho), música y gestos.

Marina Abramović, figura clave en la legitimación museística de la performance, a sus casi 80 años deja aquí su propia anatomía para asumir el ambiguo rol de gran sacerdotisa. El espectáculo que ha concebido, diseñado y dirigido conduce un coro de cuerpos anónimos que encarnan mitos, cultos ancestrales procedentes de la mitología balcánica —algunos datados entre los siglos IX y X—, atravesando geografías y culturas de Rumanía, Bulgaria, Albania, Serbia, Bosnia, Kosovo, Montenegro, Macedonia del Norte, hasta Grecia y Turquía, junto a tradiciones gitanas y nómadas. Su mirada evita la nostalgia, es arqueológica, política y profundamente telúrica. El cuerpo se convierte en un archivo vivo, una superficie donde se inscriben memorias borradas por la guerra, la religión, el comunismo o la modernidad higienizada.

Estrenada originalmente en Manchester con 70 intérpretes activando simultáneamente todas las escenas, la versión que llega a Barcelona es una adaptación teatral condensada, con 34 performers que encarnan 11 escenas consecutivas. Lejos de debilitar la propuesta, esta reducción intensifica su dimensión coreográfica, desplazando el foco del exceso hacia una densidad corporal más concentrada y subrayando la idea de Gesamtkunstwerk: dramaturgia y humor, danza, performance, música folk balcánica en directo junto a electrónica, proyecciones audiovisuales y animación se entrelazan en una estructura fluida y envolvente.

En el pasillo hacia el escenario aparece una banda de percusión y vientos, seguida por Danica Abramović, la madre de la artista. El espectáculo se inicia con un largo lamento fúnebre por Josip Broz Tito. Más que un homenaje, es el duelo por un mundo desaparecido —la Yugoslavia multicultural soñada— y la constatación de que toda epopeya empieza siempre con una pérdida. Danica, rígida y uniformada, deposita flores. Ella es la personificación del conservadurismo que la artista necesita exorcizar. Desde ese punto, Balkan Erotic Epic se despliega como una epopeya sin héroes; lo que se narra no son gestas individuales, sino ceremonias comunitarias de supervivencia.

Cada escena funciona como una estación de un itinerario litúrgico profundamente atávico: mujeres que muestran sus vaginas al cielo para detener la lluvia y salvar la cosecha; una danza con cuchillos ejecutada por burrneshas, mujeres que juran castidad y asumen roles masculinos como cabeza de familia. Esta tradición, principalmente albanesa, pero con ecos en Kosovo y Montenegro, que el cine ha explorado en filmes como Burrnesha (2015) de Laura Bispuri, una potente reflexión sobre identidad de género y poder en los Balcanes. Continúa con cantos guturales masculinos donde la virilidad se expone como fragilidad; bodas fúnebres que unen amor y muerte; escenas de duelo donde el erotismo funciona como lenguaje para dialogar con los ausentes; y una taberna —la kafana— donde enemigos históricos bailan juntos, y una relación homoerótica sugiere la posibilidad de deseo entre países balcánicos tradicionalmente enfrentados. La fecundidad de la madre tierra y su fuerza generadora atraviesa toda la obra como principio activo, reconociendo en el orgasmo (masculino) una forma de ofrenda y en el grito una forma de oración.

Las estruendosas apariciones de la banda en el escenario resuenan con el caos festivo y fúnebre del filme Underground (1995), cuya banda sonora despliega la energía de la música de Goran Bregović. Dirigida por Emir Kusturica, la película se estrenó durante la guerra de los Balcanes, que condujo a la disolución de Yugoslavia. Al igual que en la cinta, la banda con sus vientos y percusión aparece y desaparece de los actos, moviéndose entre lo grotesco, lo sagrado y lo carnavalesco, estableciendo un eco cultural que conecta directamente con la puesta en escena de Abramović.

Visualmente, el dispositivo refuerza la dimensión ritual de la obra. Una gran pantalla móvil, que asciende y desciende dividiendo el escenario, proyecta vídeos dirigidos por Nabil Elderkin. Las imágenes —a veces en slow motion, otras en blanco y negro— introducen una temporalidad suspendida, casi hipnótica, que dialoga con la música y reproduce los movimientos en escena, creando una dualidad entre presencia y reflejo, acción y reverberación.

Balkan Erotic Epic construye un puente entre lo ancestral y lo contemporáneo, entre mito y política, entre memoria colectiva e intimidad individual. Cada gesto, movimiento y sonido parece convocar un pasado enterrado bajo el progreso recordándonos que la violencia, la muerte, el amor y el deseo son inseparables de la cultura balcánica. La pieza es una epopeya de los gestos corporales, pero también del tiempo y de la memoria, es un descenso hacia lo sagrado y lo carnal que analiza más allá de la representación qué reacciones producen cuando estas ceremonias cuando son activados en el presente. Más que un retorno a un origen, la obra despierta una energía latente que, al activarse, pone en crisis —y no siempre de forma confortable— nuestra manera contemporánea de mirar y de habitar la desnudez corpórea.

En este contexto, la desnudez deja de ser provocación para transformarse en un lenguaje poético. La artista cuestiona la idea de obscenidad como escisión: “la obscenidad nace del tabú, de la distancia entre el cuerpo y el espíritu”, que aquí recobra su dimensión sagrada y telúrica, se convierte en superficie de inscripción colectiva, y el erotismo se revela como un vínculo profundamente anclado en la tierra y en la experiencia compartida.

Epílogo

La pertinencia de esta obra, además, se acopla de manera orgánica al cierre del mes editorial de enero de 2026 sobre la nueva ola de cine femenino en los Balcanes editado por Besa Luci. Abramović revive memorias históricas y rituales, y también articula un lenguaje feminista de alto voltaje, donde los cuerpos femeninos se empoderan celebrando la sexualidad como resistencia y afirmación frente a estructuras de poder tanto históricas como de nuestro retrógrado presente.

Todas las fotos © Marco Anelli Studio, @marco_anelli_studio. Cortesía del Liceu Barcelona.


 Balkan Erotic Epic de Marina Abramović el Gran Teatre del Liceu, hasta el 30 de enero.

María Muñoz Martínez es gestora cultural y educadora formada en Historia del Arte e Ingeniería de Telecomunicaciones, esa hibridez forma parte de su naturaleza. Ha sido profesora de «Historia del Arte de la primera mitad del siglo XX» en ESDI y actualmente imparte la asignatura de «Arte en un contexto global» en el Master de Gestión Cultural IL3 de la Universitat de Barcelona. Además, a caballo entre Berlín y Barcelona, colabora habitualmente en diferentes medios escribiendo sobre arte y cultura y haciendo hincapié en la confluencia entre arte, sociedad/política y tecnología. Le apasiona la imagen en movimiento, la música generada electrónicamente y los medios digitales.

Retrato: Sebastian Busse 

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