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Vivimos en un momento en el que la comprensión ha adquirido una función tranquilizadora. Todo parece exigir traducción inmediata, encuadre, mediación. Allí donde algo se resiste, se activa un dispositivo que lo vuelve legible. La opacidad deja de ser una dimensión de la experiencia para convertirse en un problema a resolver.
Este gesto no responde solo a una voluntad pedagógica, sino a una economía del sentido: cerrar calma, ordenar pacifica. La respuesta funciona como garantía de control. Sin embargo, en ese movimiento algo se desactiva. No desaparece lo que no encaja, pero pierde estatuto. La cultura contemporánea no elimina los espacios sin respuesta; los vuelve transitorios, tolerables solo mientras avanzan hacia una forma de resolución.
Desde el psicoanálisis, Jacques Lacan formuló esta tensión de manera precisa: cuando el sentido se cierra sin resto, algo del sujeto queda excluido. No como accidente, sino como efecto estructural. Hay dimensiones de la experiencia que no pueden integrarse plenamente sin perder su espesor.
Forzar su traducción no las aclara: las neutraliza.
Este diagnóstico encuentra hoy resonancias en lecturas contemporáneas que, desde otros registros, describen una cultura marcada por la expulsión de la negatividad. Byung-Chul Han, por ejemplo, ha señalado cómo la transparencia, la fluidez y la positividad se convierten en imperativos que reducen la fricción. Lo que no circula, lo que no se muestra, lo que no produce un retorno claro, se vuelve sospechoso. El silencio incomoda. La interrupción se percibe como ineficiencia.
En este contexto, ciertas prácticas artísticas —no todas— continúan habitando esos espacios residuales. No porque renuncien al sentido, sino porque no se apresuran a clausurarlo. No operan ofreciendo mensajes claros ni posiciones estables, sino sosteniendo una tensión: algo ocurre, pero no se deja resolver del todo. La experiencia no avanza hacia una conclusión; se detiene, se repite, se desplaza.
Ese gesto no puede reducirse a una estética del vacío ni a una poética de la ausencia. Se trata más bien de una relación específica con la demanda contemporánea de legibilidad. Allí donde se espera respuesta, la obra introduce demora. Allí donde se solicita claridad, mantiene una zona opaca. No como provocación, sino como forma.
Pero estos espacios no pertenecen únicamente al ámbito del arte. También aparecen en el síntoma, en el deseo, en determinadas formas de silencio, en experiencias que no se convierten inmediatamente en relato. El síntoma no es solo algo a corregir; es una insistencia que no se justifica. El deseo no coincide con lo que se espera ni con lo que se ofrece. El silencio interrumpe el circuito de la explicación automática.
Lejos de ser marginales, estos espacios son constitutivos. Señalan un límite a la expansión del sentido y recuerdan que no toda experiencia puede ser absorbida por los lenguajes de la claridad y la eficacia. Cuando ese límite se borra, la falta no desaparece: reaparece como saturación, como cansancio, como malestar difuso. Se entiende mucho, pero algo no se sostiene.
Habitar un espacio sin respuesta no implica pasividad ni retirada. Implica aceptar una forma de exposición: soportar que algo no cierre, que no devuelva imagen, que no confirme. Implica asumir que la pérdida no es un error del sistema, sino una condición de posibilidad de la experiencia.
Quizá lo contemporáneo no se defina por la proliferación de discursos, sino por la dificultad creciente de sostener esos espacios donde el sentido no se completa. No como promesa ni como programa, sino como práctica: mantener abierta una zona de fricción en un contexto que exige cierre constante.
[Imagen destacada: Absence is everything. Fotografía en blanco y negro manipulada digitalmente. Victoria Pérez Quesada, 2025]
Victoria Pérez Quesada es artista plástica con una marcada vena conceptual. Su práctica se articula en torno a los conceptos, el lenguaje y la imaginación como espacios de exploración, lo que la lleva en ocasiones a decantarse por el texto como forma de trabajo autónoma o complementaria. Le interesa operar en los límites del sentido, allí donde la imagen y la palabra no se cierran del todo, generando zonas de fricción y ambigüedad. Concibe la creación como un campo de experimentación en el que pensar y hacer se entrelazan.
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)