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26 marzo 2026
pedagogías de guerra

Pedagogías de guerra: La estética ucraniana contra la pornografía del dolor

En el tránsito cotidiano de las imágenes de guerra que nos llegan siempre se esconde un principio de inverosimilitud. Detrás de cada bombardeo, ataque con drones o bloqueo económico se prolonga, silencioso, un vacío de significados sobre lo que está ocurriendo. El principio informativo de los medios -la ruptura de la normalidad- nos impide ver más allá de los números de personas asesinadas, declaraciones institucionales o reels más virales, escondiendo, tras un robusto régimen visual, la vida no contada que transcurre entre las bombas. Lo que nos ofrecen, en general, no suele ser más que un bucle infinito que termina pornografiando el dolor ajeno.

La exposición Pedagogías de guerra, primera individual en España de Roman Khimei y Yarema Malashchuk, nos muestra el esfuerzo por construir un eficaz contrarelato desde el centro de la guerra misma. Mediante cuatro instalaciones de vídeo producidas desde que comenzó la invasión de Ucrania por parte de Rusia, estas figuras clave de la nueva generación de artistas visuales ucranianos nos acercan, desde una calma inquietante, hacia las imágenes de la no-noticia en la ciudad de Kiev y otros territorios ucranianos. Comisariado por Chus Martínez para la Fundación TBA21 en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el proyecto consigue, con unos pocos gestos muy bien pensados, aproximarnos a la guerra desde una mirada múltiple: hacia quienes se quedaron, hacia quienes se fueron y hacia quienes ya volvieron. 

Durante la conversación inaugural, los artistas explicaban que sus obras eran, en primer lugar, una serie de pruebas de la tragedia y que solamente después vendría el arte. Una expresión que se hace patente nada más entrar a la sala que nos recibe con The Wanderer [El caminante] (2022), una pieza donde utilizan sus propios cuerpos para escenificar las posturas de los  soldados rusos caídos, confundiéndose con el paisaje natural de los montes Cárpatos. Inspirada por El caminante sobre el mar de niebla de Caspar David Friedrich, esta obra resignifica la tradición de apropiación visual del paisaje que la modernidad romántica ayudó a consolidar. Lejos quedan las imágenes icónicas del sufrimiento de Los desastres de la guerra, de Goya, o el Guernica, de Picasso. Lo que vemos aquí, desde un retorno a lo pictórico, es una invitación a desaprender lo aprendido sobre la guerra.

Imagen sala expositiva del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. De la vista de instalación de "The Wanderer".

Vista de la instalación “The Wanderer [El caminante]”, 2022. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid. Marzo, 2026. © TBA21. Foto: Maru Serrano

Si el siglo XIX planteó la guerra como espectáculo moral, el XX introdujo la sospecha sobre la imagen. Tras la Segunda Guerra Mundial, artistas como Martha Rosler desmontaron la retórica heroica introduciendo la guerra en el espacio doméstico, mientras Harun Farocki entendía la guerra como sistema de imágenes antes que como acontecimiento histórico. Hoy, Khimei y Malashchuk operan en esa línea crítica: la guerra contemporánea es infraestructura visual antes que suceso, y su obra obliga a repensar el papel del espectador. 

La siguiente sala nos presenta Open World [Mundo abierto] (2025), una videoinstalación donde podemos ver cómo un joven ucraniano desplazado por la guerra teledirige un perro robótico para visitar virtualmente a su familia, jugar con una niña y recorrer los lugares que recuerda de su infancia. Presentada en la 36ª Bienal de Artes Gráficas de Liubliana, la pieza lleva la exposición a un diálogo explícito con las posibilidades de un agenciamiento tecnológico -cercano a los postulados del tecnofeminismo- y la apropiación crítica de dispositivos que, en este caso, fueron diseñados para la vigilancia y la destrucción. Esta es una idea que resuena a lo largo de toda la muestra: tomar lo que tenemos para dotarlo de nuevos usos y significados.

Fotograma de "Open Word". Niña con perro robótico en espacio natural.

Roman Khimei y Yarema Malashchuk. Open World [Mundo abierto], 2025. Videoinstalación de dos canales, color, sonido. Dimensiones variables. Producida por TBA21–Thyssen-Bornemisza Art Contemporary para la 36ª Bienal de Artes Gráficas de Liubliana, 2025, con el apoyo de la Bienal de Arte de Pontevedra. Fotograma: cortesía de los artistas.

La tercera obra, You Shouldn’t Have to See This [No deberías tener que ver esto] (2024), desplaza la cuestión de la representación hacia un territorio aún más incómodo. La videoinstalación de seis canales muestra a niños y niñas ucranianas mientras duermen. No hay estridencia ni dramatización. Solo cuerpos vulnerables entregados al descanso. Sin embargo, sabemos —y ese saber transforma radicalmente la imagen— que se trata de menores que han sido trasladados forzosamente a territorio ruso y posteriormente devueltos. La pieza no documenta el trauma; documenta el intervalo posterior, el espacio donde el horror ya no es visible pero, de alguna manera, sigue operando.

La exposición culmina con We Didn’t Start This War [Nosotros no empezamos esta guerra] (2026), un tríptico audiovisual producido en el contexto aún abierto del conflicto. El título, que remite a una consigna repetida por la sociedad civil ucraniana desde la invasión rusa, no funciona como eslogan sino como afirmación obstinada de agencia. Lejos de la retórica patriótica o del imaginario heroico, la pieza insiste en algo aparentemente menor: la persistencia de la vida cotidiana. Gestos mínimos, tiempos muertos y rutinas casi imperceptibles ocupan el lugar que en otros relatos correspondería a la acción.

Imagen sala expositiva del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. De la vista de instalación de "We Didn't Start this War".

Vista de la instalación «We Didn’t Start this War [Nosotros no empezamos esta guerra]», 2026. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid. Marzo, 2026. © TBA21. Foto: Maru Serrano.

En estos gestos insistentes hay una verdadera pedagogía. La guerra no solo destruye cuerpos y ciudades; también coloniza el imaginario, impone una gramática visual donde todo debe ser urgente, extremo, definitivo. La muestra, completamente situada en el presente histórico ante la escalada belicista, ensaya una ética de la atención capaz de reconectarnos con el otro. En lugar de amplificar el horror, lo bordea. En lugar de insistir en la herida, observa cómo se recompone —precariamente— aquello que la guerra no ha logrado destruir del todo. Si la pornografía del dolor convierte la mirada en consumo —como advirtió Susan Sontag—, aquí mirar exige demora. No toda imagen de guerra tiene que gritar. Algunas, para resistir, simplemente permanecen. 

[Imagen destacada: «Pedagogías de la Guerra», exposición de Roman Khimei y Yarema Malashchuk, 2026. Presentada por el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y TBA21 Thyssen-Bornemisza Art Contemporary. No deberías tener que ver esto, 2024. Vista de la instalación. Foto: Maru Serrano]

Alejandro Alcolea Marín (Palma, 1990) es periodista y crítico cultural. A lo largo de su trayectoria profesional se ha dedicado a la comunicación, gestión e investigación en diferentes instituciones culturales como el Círculo de Bellas Artes, el Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona (CCCB) y Es Baluard Museu d’Art Contemporani de Palma. Ha colaborado con medios y publicaciones como A*Desk, elDiario.es, CTXT o lamarea. Tienes interés por lo que pasa (y lo que no) en el cruce entre los campos de la cultura, el poder y las tecnologías.

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