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Magazine

04 enero 2016
@a-desk.org Ed Atkins_Ribbons_2014.
Cuerpo, texto, sudor, píxel

Martí Manen

Una exposición en un garaje en Estocolmo. Es Ed Atkins. Bien, entremos. Un proyector de video instalado en el medio del garaje, un sistema de audio seguramente mejorable y unas sillas. De momento tienen problemas con el video, eso tan divertido de cuando las máquinas deciden no trabajar conjuntamente. Gente algo nerviosa y cambio de planes: Pasamos al piso de arriba, una oficina abierta -con cervezas- y un salto a un patio en el que se servirá comida. Estamos con Camilla -comisaria-, con Carl -artista- y con Britta -bailarina en lo de Tino Sehgal para Documenta-. Estamos esperando a Ed Atkins. Hay tormenta en Londres, lo que significa caos aéreo en Europa y vuelos retrasados. El suyo entre ellos. Momentos de espera y de comentar la jugada. Carl montó una rave en Venecia durante la inauguración de la Biennale. Se les complicó el tema y terminó casi en batalla campal. Siempre hay un lado oscuro, siempre hay quien va más allá, todo es más complejo que esa necesidad de buscar un éxito periodístico o una respuesta rápida de los media. Siempre hay más capas y más información, siempre están pasando más cosas, siempre hay más tonos y otras gramáticas, otros ritmos, otros movimientos. Montar una rave durante la inauguración, cambiar el status mental de los visitantes del macro-evento para ser también parte de ello y no parte de ello. Ser virus y no serlo, ser cuerpo en ese momento de fascinación para el descubrimiento (o el aburrimiento) en el contexto internacional del arte. La simplificación se la dejamos para aquellos que necesitan comprender, para los que no quieren asumir que en la contradicción y en la multiplicidad está buena parte del potencial del arte, del cuerpo del arte.

Una exposición en un garaje pasa a ser un encuentro no ya de ámbito local sino internacional. Un espacio independiente que se abre para un video y que, a lo mejor, después no va a seguir. Es igual, es un momento, es un encuentro, es un generar una emoción y dar comida avanzada. La empatía o la sensualidad de ese encuentro propio de los espacios independientes se convirtió en un punto más en un cuerpo de relaciones en las que ya no importa el nivel ni la escala. Es Ed Atkins, está en un garaje pero podría estar en el museo. No importa. Pero al museo le afecta y al espacio independiente le afecta y a todos nos afecta y vamos algo más perdidos. El video ya funciona. La fascinación por el detalle físico en una creación digital. Pelo, poros, respiración. Cuerpo que se sabe falso, representación perfecta de lo imperfecto. Y alteración gramatical: lo digital permite los saltos, las repeticiones gestuales, la superación de un tiempo “standard”. El cuerpo como masa, los gestos como coreografía, la repetición como estructura. Podríamos saltar directamente a Gary Hill y también a Laure Prouvost y allí estaríamos, en ese campo de batalla de la redefinición permanente del cómo construir mediante alteraciones.

Unos días después hablamos con Kate Cooper. Ella es Kate, “¡eres Kate!”, la misma Kate que participa en Looking for Headless de Goldin + Senneby. Headless, sin cabeza, recuperando una tradición en la que el pensamiento se descabeza, del mismo modo que la economía actual es simplemente un sinsentido de direcciones, cifras y cuerpo. De nuevo cuerpo. Kate Cooper, que también busca esa perfección física del cuerpo digital, esa saturación no ya de grasas sino de píxeles. Llenó KW en Berlín con belleza, con gesto, con carne de gimnasio pero ya sin carne. La cosificación de la belleza, la competición como punto de partida, el deseo como algo paralelo al asco. Casi material intercambiable. El cuerpo como código, asumir que todo es código y que el código es modificable. Y todos tenemos nuestros referentes y yo no puedo dejar de volver a Gaddis. Gaddis, que convierte el texto en masa y en algo casi incomprensible. Gaddis, que separa el texto de la lógica de su consumo, que te lleva emocionalmente sin que sepas muy bien hacia dónde y, de nuevo, tampoco importa ya qué está ocurriendo delante tuyo y contigo en el medio de este huracán. Allí está, delante tuyo, allí está, dentro de ti. El texto como alien, como ser que decide, como algo que desde su propio cuerpo actúa en otro, en el tuyo. Desde la oscuridad, desde lo complejo. Las miradas de los cuerpos digitales, esas miradas perdidas en Ed Atkins, en Kate Cooper, esos mundos paralelos de Ian Cheng.

Los cuerpos digitales y sus miradas digitales, los campos de relación en frío. La palabras se convierten entonces en contenedores de calor, en el medio para la posibilidad de contacto. La performatividad de los cuerpos pasa entonces por su comunicación en lenguaje roto, en los glitchs y descomposiciones de la imagen y la transmisión y composición de ello. Al final todo termina siendo definición y posición para la definición. Cuerpo, gesto, sudor y deseo. Y alteración, repetición, reposición y cambio. Súdate esto, Aimar. Y seguimos anclados cuando ya no es necesario, seguimos con los mismos patterns cuando todo cayó. A lo mejor por inercia, a lo mejor por miedo, a lo mejor porque no hay nada más que hacer. En vez de permitir que salte todo (y todos) por los aires aquí nos quedamos, buscando enclaves que nos devuelvan a nuestra realidad. Lo físico “de verdad”, los nombres que nos indican que todo está bajo control. Que hay éxito y fracaso, que hay estabilidad y que todo está bien, correcto, ordenado. La escritura de código implica también asumir que, como escritura, es variable. El resultado puede ser cerrado, pero en la masa de dígitos habrá posibilidad de recorridos conceptuales distintos o paralelos, fracciones de mundos alternos y miradas a ello.

El cuerpo digital perfecto, lleno de perfectas imperfecciones, no es más que un resultado en un camino ya largo, no es más que la imagen de la necesidad de huída y de generación de personajes, de alteraciones de “la verdad”. El carácter narrativo está presente, la construcción también, el asumir la posibilidad como una de ellas (entre otras posibilidades) indica que lo estable es simplemente algo más. Y el salto a la ficción como campo de investigación, como tono en el que formularse preguntas, como inseguridad a construir conjuntamente. No es ya un cuerpo cyborg pero sí que incorpora, por la propia lógica del código, el replanteamiento feminista que se pueda hacer desde Haraway. No es ya un cuerpo técnico y mecánico sino algo textual y crítico en una trama. Una trama a redefinir a través de sus personajes.

Masa y cuerpo, dígitos y palabras. Caricias en plan random, deseo de contacto, alteración lingüística y campo de acción. Cuerpos en movimiento desde un descontrol programado, logaritmos fuera de la funcionalidad al uso, gestos sin sentido aparente que permiten sentir, saber, ser. Y la exposición como esa posible zona de encuentro de cuerpos, en la que la indefinición es plausible, en la que la contradicción se posiciona frente a la normatividad, en la que la construcción vuelve a ser común, propia, abierta y sin ese sentido a la que se la quiere forzar. En medio del deseo, en medio de la construcción de recorridos, tonos, mensajes y emociones.

Comisario de exposiciones y crítico de arte. Sí, después de Judith Butler se puede ser varias cosas al mismo tiempo. Piensa que las preguntas son importantes y que, a veces, preguntar significa señalar.

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