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Magazine

13 noviembre 2017
La compulsión amateur: el cine de Juan Carlos Olaria

Ana Llurba

Admirado gracias a su ingenio y excentricidad por el director de cine Nacho Vigalondo o por Angel Sala (director del festival internacional de género fantástico y terror de Sitges), además de los varios expertos en subcultura hispánica que transitan por Olaria (el documental sobre su vida y obra, aún en producción), Juan Carlos Olaria (Zaragoza, 1942) es una rara avis en el contexto cinematográfico español. Sus aventuras fílmicas, una improvisación amateur de efectos especiales rudimentarios en las que él asumió los roles de productor, actor, cámara y atrezzista, han adquirido ya un halo de culto. Y hasta le ameritan el mote algo estigmatizante de ser “el Ed Wood catalán”.

 

En 1976, después de rodar varios cortometrajes,  Olaria estrenó su único largo. El hombre perseguido por un OVNI (rodada entre 1972 y 1975 y financiada por su padre, quien también actuó en ella) es para muchos la primera  película sobre extraterrestres realizada en España. Sin embargo, a pesar de ser un pionero, Olaria fracasó comercialmente y por eso no volvió a dirigir. Hasta ahora. Lleva actualmente dos años rodando la segunda parte de este largometraje, que se titulará “El hijo del hombre perseguido por un OVNI”, y que está protagonizada por el crítico, guionista y actor Tony Junyent, quien lo acompañó en una charla con el público el pasado jueves siete de septiembre en el Espacio Quiró.

En medio de la densidad edilicia de la zona alta de Barcelona, una gran laguna de tierra se abre en medio del bosque cerrado de hormigón. Es el Espai Quiró, en funcionamiento desde enero de 2015 y gestionado por diferentes entidades del barrio que debe su nombre a la proximidad del solar de la antigua Clínica Quirón. Al aire libre, a pesar de una llovizna intermitente, ante una pantalla y unas tribunas hechas con palés de madera, estaba teniendo lugar el ciclo PPF (Poluciones púber fílmicas) organizado por Infancia en escabeche, una organización que se dedica a descubrir talento y a recuperar aquellas filmaciones que fueron “pecados de juventud”. En esta ocasión, rinde homenaje a Juan Carlos Olaria por “la escasez de medios, decorados rudimentarios y efectos especiales que despertarían la pulsión onanista de Wes Anderson y Michel Gondry” como anunciaba el programa. Tras una breve introducción de los organizadores del ciclo, tuvo lugar la proyección de una serie de cortometrajes que descubrimos a continuación.

Robo al amanecer (1957, 7 minutos, blanco y negro, película muda, 8mm) es una historia detectivesca que el autor rodó con solo catorce años, asumiendo los tres papeles protagonistas simultáneamente. En esta misma línea de inspiración neorrealista, Grandes rebajas (1962, 5 minutos, blanco y negro, sonora, 8mm) delata el contexto de inmigración interna masiva en la Catalunya de los 60, con el aumento del chabolismo, el hacinamiento y la delincuencia. Sin embargo, una relación más picaresca que costumbrista se entabla entre un tendero de una mercería de Guinardó y de un comprador de inusual avidez de calcetines. También de inspiración realista, el corto Principio del Nirvana (1964, 15 minutos, blanco y negro virado a colores monocromos con baños químicos), expresa un cambio radical del tono. Olaria nos presenta aquí una especie de psicodrama existencial con las tribulaciones típicas de un joven que intenta suicidarse arrojándose a las vías del tren.

Sin embargo, la gran pasión de este director era la ciencia ficción, el género que demuestra la candidez de su amateurismo desatado,  en el corto que quizás sea el favorito de muchos de sus fans: El planeta Plinio (1958, color, sonora, 8mm) filmada en la Muntanya Pelada (el monte El Carmel) y protagonizada por él mismo y sus compañeros de bachillerato. Un hilarante viaje interplanetario con mucho candor adolescente y, por supuesto, cohetes y monstruos de cartón.  En esta línea de ficción especulativa, contagiándose del clima paranoico de la época ¡Mil bombas! (1961, 10 minutos, blanco y negro, sonora, 8 mm), un corto de política-ficción, histeria nuclear durante la Guerra Fría, que administra una cierta vehemencia con guiños a El séptimo sello de Bergman en tensión, con un derroche de inesperada comicidad próxima a la improvisación y al slapstick. Fue galardonado con la Medalla Estímulo del Centro Excursionista de Catalunya. Finalmente, a diferencia de la mayoría de sus cortos, en Hormiga (1964, 7 minutos, color, sonora, 8mm) Olaria traslada su habitual mirada del cielo y el espacio exterior hacia la tierra en un mini documental sobre el comportamiento de las hormigas y otros insectos. Eso sí, al observarles logra un efecto de mirada extrañada, como si los insectos respondieran a la fisonomía de los extraterrestres que no podía darse el lujo de producir en sus películas.  Por esta obra, Achile Coron, ministro italiano de gobierno de Aldo Moro, le otorgó el Premio della Rassegna del Cinematore, el máximo reconocimiento artístico que Olaria obtuvo hasta el momento.

Las posibilidades casi ilimitadas que ofrece la tecnología digital aplicada al campo audiovisual han promovido desde hace décadas un retorno a los orígenes artesanales del séptimo arte. Un revival del bricolaje fílmico  promovido por los talentos de Michel Gondry, Spike Jonze o Wes Anderson que vuelven a esa materialidad artesanal inaugurada por Méliès. Por eso, no sorprende la atención que está teniendo en estos años la obra del olvidado Olaria: entrevistas en medios nacionales e internacionales, un documental sobre su obra y vida aún en rodaje, además de la edición de El hombre perseguido por un OVNI (1976) que la productora L’Atelier sacó en 2007, coincidiendo con el trigésimo aniversario de su estreno.

Según Harry Merrifield, en The Amateur: The Pleasures of Doing What You Love (Verso Books, 2017), lo amateur (ese galicismo algo estirado, sinónimo de aficionado) formula una crítica a nuestra cultura contemporánea del trabajo. Merrifield propone los ejemplos del escritor ruso Fiodor Dostoievsky, la urbanista y activista canadiense Jane Jacobs, los filósofos Edward Said o Guy Debord como expresiones de un pensamiento “aficionado” que los convierte en radicales postdisciplinarios. Al igual que en el caso de la producción fílmica de Juan Carlos Olaria, “amateur” define a ciudadanos no alienados, entusiastas, contrarios a la profesionalización mecánica  que nos exige la sociedad contemporánea. Los amateurs, según Merrifield, como apasionados obsesivos, representan valores que necesitan ser defendidos. Y en el caso de este director, el candor y el entusiasmo en la acción de dirigir, más allá de los resultados finales. Su compulsión por el cine desde una edad temprana, en un país inmerso en la posguerra, con una industria cultural incipiente, configuró una obra inmadura, incómoda en esa artesanía demasiado evidente, con temáticas extravagantes. Exhibe una resistencia, quizás involuntaria, a la profesionalización y el formalismo técnico, una compulsión amateur que prefigura una reacción  inaugural a este hiperespecializado capitalismo del siglo XXI.

 

A Ana le fascina zambullirse en libros y películas, acercarse con precaución a esos tentáculos que yacen en las profundidades y volver para contar lo que ha visto. Estudió Teoría Literaria y Literatura Comparada en la UAB. Actualmente trabaja en el medio editorial, colabora con algunas revistas y fanzines y coordina el proyecto Honolulu Books.

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