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Magazine

13 julio 2015
Colau y Carmena conversando el pasado mayo
Obviedades y retos. A partir de la política actual

Marina Vives


Mañana se cumplen cuatro semanas, el primer mes, de un ayuntamiento liderado por una alcaldesa en Barcelona. Primera mujer que llega a la máxima posición de representación política municipal en la capital catalana. Surgida de las mismas elecciones municipales, otra mujer se convierte en alcaldesa de la capital española. Primer elemento novedoso: dos mujeres son simultáneamente alcaldesas de las dos ciudades más importantes de este reino resquebrajado.

Segunda cuestión a destacar: estas dos mujeres son además representantes de grupos políticos generados específicamente para la ocasión, “desde abajo” (lo que en inglés se conoce con la bonita y dinámica expresión de “bottom-up”). Y ambas lideran grupos políticos de base ciudadana, con un discurso muy claro basado en el cambio. La necesidad de este cambio emerge en ambos casos de la historia reciente, no solo a nivel local, sino también regional, estatal, e incluso mundial. La idea de ser la figurita más pequeña de la matrioska nos había sido inculcada: creíamos estar metidos –como sociedad, como ciudadanía- en un una dinámica voraginosa cuya cúspide nos parece inalcanzable (Gramsci lo llamó “hegemonía cultural” de la clase dominante). Explicándonos que no tenía por qué serlo tanto –de inalcanzable-, que podíamos acceder, que podíamos decidir, que podíamos incidir, ganaron. Y ganaron además, porque sus biografías así nos lo testificaban; el poder del activismo triunfante por un lado, la seducción de la ideología impecable, por el otro.

Tercer elemento a considerar: tanto el gobierno de Ada Colau como el de Manuela Carmena tiene más enemigos poderosos que amigos invisibles. Aunque se haya demostrado que el 99% sí tiene acceso, que con perseverancia e ilusión (qué engañosa palabra) “sí se puede”, en este apartado, las diferencias sí son mayores: Colau tiene a su favor una estructura previa conservadora y crítica pero relativamente dialogante. Carmena por el contrario deberá vérselas con un contexto de extrema derecha maquillada, una herencia complicadísima que la hace de entrada más vulnerable, pero no por ello menos necesaria.

Para muchos, además, el todavía calentito “oxi” griego nos tiene bien excitados. Solo como apunte, este “NO” no debe leerse –únicamente- como un no contra la ilegalidad, la inmoralidad y la desesperación de una deuda imposible de pagar. También debe interpretarse como un voto de confianza a un partido que ganó unas elecciones prometiendo precisamente una voluntad de cambio, cambio que afianzó llevando a cabo ese referéndum. Bajo su responsabilidad, bajo su gobierno, no habrá más decisiones tomadas sin el consentimiento de sus electores, sin el pueblo al que representan. Para muchos, esto es causa de excitación porque precisamente, devuelve un poco de sentido común a un sistema “matrioskal” –hegemónico- capitalista, liberal y necio, que nos había arrojado a la derecha o el vacío.

Así las cosas, si consideramos estas múltiples -y comunes- realidades ciudadanas; estos discursos sociales; estas prácticas laborales, políticas institucionales, estas críticas de contexto… Y teniendo en cuenta esta aparente realidad política nueva, con mucho potencial y extremadas rémoras, con urgencias sociales que acometer (también los artistas, curadores, programadores, críticos, gestores somos ciudadanos en su mayoría vulnerables), sorprende que a algunos del mundo del arte les dé por tener miedo, un miedo posiblemente víctima (o verdugo), que asume que la cultura no es prioritaria. Un miedo a que las grandes medidas sociales se lleven por delante las micro-políticas culturales, que la mal llamada “alta cultura” siga sin tener lugar o cabida, que sea definitivamente declarada no urgente. Que el arte contemporáneo, a veces tan elitista o banal, no sea entendido como lo que es cuando realmente cumple su función: la de ensanchador de límites, medicina para el espíritu crítico, necesidad vital y experiencial para muchos, fuente de producción, discusión e intercambio; fuente de reflexión, de educación y debate.

Como en otros momentos de la historia, es momento –siempre lo es- para el arte y la cultura. Y es indudable y atractiva la oportunidad que tenemos para que el contexto no solo excite nuestro lado crítico, sino también nuestra capacidad de emisión. Igual sí debemos seguir deseando que los discursos institucionales oficiales y los íntimos vayan algún día a la par; que se financie la cultura; que se promueva la producción artística; que se aplaudan los discursos críticos y se valoren como lo que son. Que se instaure de una vez por todas la centralidad de la cultura. Que los niños crezcan en esta nueva etapa haciéndose preguntas cuando no entiendan algo, en vez de despreciarlo de entrada como hacían sus papás y sus abuelos cuando no entendían algo. Que esas dos grandes mujeres nos vean, y que nosotros podamos vernos con ellas, y lo más importante, que esto suceda también más allá de ellas.

El reto está, también, en el tejado del arte. Si el antagonismo ha llegado a la representación política, urge generar paralelismos en la institución artística, no solo produciendo nuevas exposiciones y ensayando nuevos formatos, ensanchando o tensionando discursos, también asumiendo que la ampliación de los límites y el acceso institucional es algo personal. Citando a Andrea Fraser: “con cada intento de evadir los límites de la determinación institucional, de abrazar el afuera, expandimos nuestro marco y llevamos más del afuera dentro de nuestro mundo” (Andrea Fraser, 2005, traducción propia [[cita original: “With each attempt to evade the limits of institutional determination, to embrace an outside, we expand our frame and bring more of the world into it. But we never escape it”]]).

Lo que considero apremiante copiar de nuestro momento político es la valentía, sensatez y metodología que han llevado a Barcelona en Comú y Ahora Madrid donde están. El cambio es necesario en cuestiones como la toma de decisiones en el ámbito cultural, en las elecciones de directores de museos públicos, en cómo se distribuyen los recursos. Puede que debamos plantearnos y asentar como fundamento la cultura libre y la gestión colectiva de los recursos que compartimos, puede que sea el momento de salir de la institución, de la fisicidad y poca flexibilidad de los edificios. En cualquier caso, es imprescindible que esta nueva centralidad (por protagonista, no por posición política) del discurso periférico no suceda solamente en el ámbito político, si no que afecte y contamine profundamente la esfera cultural y artística. Ha llegado el momento de que podamos ceder paso ya a nuevos (y siempre necesarios) discursos periféricos que ensanchen, en un futuro, nuestro mundo actual.

Marina se pasó los primeros dos años de su vida sin hablar: les dijeron a sus padres que estaba interiorizando. Y aunque hace ya un tiempo que habla, sigue necesitando interiorizar. Y luego sacudir, dudar, ordenar y desordenar, celebrar. Encuentra política en muchos lugares y tiene un especial interés en lo subalterno, el "commons" y en los puntos donde todo impacta con la expresión creativa.

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