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07 diciembre 2015
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Reformas domésticas y reformas políticas. Una entrevista con Uriel Fogué

Andrés Carretero

Su significativa práctica profesional -que abarca desde intervenciones efímeras, pasando por la producción de texto, hasta reformas de pisos- está con el presente, aunque proyecte ficciones hacia el pasado y el futuro para seguir desplegando su deseo. Co-fundador del grupo de investigación [Inter]sección de Filosofía y Arquitectura, y junto a Eva Gil y Carlos Palacios de la oficina de arquitectura elii, aún es joven, pero hace ya mucho que dejó de emerger por coherencia. Conversador alegre y amante de la salsa, Uriel Fogué es arquitecto y profesor.

“Sometimes a collaboration, sometimes a competition”, escribe Hal Foster en The art-architecture complex (Verso, 2011). Vuestro trabajo como arquitectos se relaciona directamente con el arte contemporáneo, a través de colaboraciones con Alicia Framis o María Jerez, y una presencia recurrente en la institución que os ha permitido desarrollar proyectos específicos en centros como el MNCARS, Matadero Madrid o Tabakalera. Ese espacio de oportunidad dentro de la cultura en general, y de la institución arte en particular, implica un desplazamiento en la esfera pública que traslada la construcción cívica a otro foro. ¿Pensáis que podría configurar un punto de no retorno ante la falta de oportunidades profesionales disciplinares?

Una vez escuché a Beatriz Colomina explicar cómo la práctica arquitectónica se despliega en varios estratos más allá de la “construcción”, en lugares como las prácticas docentes, las publicaciones, la arquitectura efímera de pabellones y, cómo no, en la interacción con el arte y los medios. Cada uno de estos espacios actúa como un laboratorio donde se problematizan las agendas y se retroalimentan los marcos que, en otro momento, también pueden ser testados en la edificación. Estos espacios que permiten ampliar la práctica arquitectónica, siempre han estado ahí. Tal vez hoy muchos de estos laboratorios se han desplazado a algunos de estos lugares que mencionas. No obstante, pensar algo así como que “la arquitectura ha muerto” deja los espacios de la construcción en manos de la tecnocracia. Una cosa es repensar la disciplina y otra autonegarla de manera acomplejada.

En el taller Las paradojas de la arquitectura política (Tabakalera, 2015), releímos el texto de Jacques Rancière, Las paradojas del arte político, cambiando la palabra “arte” por “arquitectura”. El objetivo no era equiparar una y otra, sino repensar la dimensión política de la arquitectura desde este planteamiento. Para Rancière ninguna práctica artística (ni arquitectónica) es política por autodefinirse como tal, ni por autonegarse; sino que lo es cuando produce una alteración en “el reparto de lo sensible”, es decir, en las formas de distribución de la experiencia o en la red de agentes movilizados. Recuerdo que, una vez, en unas discusiones donde se trataba de determinar los límites disciplinares de la tradición, la socióloga Amparo Lasén nos interpelaba a entender la arquitectura como una disciplina “bastarda”, como lo fue la sociología, desde sus inicios. Ante la esterilidad de ese debate, quizá sea mejor simplemente ponerse ¡a trabajar!

What is Home without a Mother (Madrid, 2015), vuestra última publicación, puede entenderse como un proyecto textual y arquitectónico al mismo tiempo, que visibiliza o, para emplear tu lenguaje, descajanegriza estrategias arquitectónicas domésticas que provienen del mundo de la ficción, con la intención de abrir un debate tan especulativo como práctico.

Hay dos formas de entender la caja negra. Por un lado, la “caja negra tecnológica” es aquella que va en los aviones y permanece invisible, salvo colapso. Desde la domesticidad, esta idea se relaciona con los procesos metabólicos de la ciudad que, por lo general, discurren de manera invisible cuando prestan un servicio al terminal infraestructural-vivienda. “Abrir la caja negra”, significa introducir en el espacio doméstico algunas de estas problemáticas que suelen permanecer invisibles. En Insider dispusimos unos visualizadores energéticos, que cambiaban de color en función del consumo eléctrico, lo que permitía tomar consciencia de este proceso, haciendo del espacio doméstico un escenario político donde cuestionar los propios hábitos.

Por otro lado, la “caja negra”, para las artes escénicas, es el escenario: aquél dispositivo arquitectónico equipado para activar cualquier ficción. Si comprendemos el proceso de descajanegrización (tecnológica) en paralelo al de cajanegrización (en el sentido escénico), podemos entender la vivienda como un escenario para testar lo cotidiano en varias dimensiones (éticas, ecológicas, políticas…); como un espacio donde virtualizar y ensayar la construcción de la propia subjetividad; como una infraestructura al servicio de la ficción del día a día.

Siguiendo con WHM, señaláis el espacio doméstico como “uno de los escenarios políticos cruciales para el desarrollo de varias de las polémicas de la modernidad”, tomando parte en una genealogía que vincula domesticidad y política, donde podemos encontrar a Beatriz Colomina y Andrés Jaque. Reformulando vuestras palabras: ¿Cómo ensayar la domesticidad a través de la ficción para poner en crisis las grandes narrativas disciplinares?

Una de las grandes narrativas que ha dominado la modernidad es la dialéctica entre espacio público y espacio doméstico, siendo el primero el espacio político genuino, mientras el segundo quedaba relegado como el lugar de la intimidad. Sin embargo, no existe tal discontinuidad entre el espacio público y el doméstico. Por ejemplo, para autoras como Janet Wolff, la narrativa del flâneur baudeleriano, aquella figura que deambulaba por las avenidas parisinas tras las reformas urbanas del XIX, no es más que el relato masculino del espacio público, porque, como señala en The Invisible Flâneuse, el flâneur nunca es una mujer. Aquí se demuestra la continuidad política de ambos espacios: mientras el hombre disfrutaba de los cafés y las terrazas, la mujer trabajaba en el hogar. Lo público y lo privado en este esquema se articulaban de acuerdo a un modelo político repro-céntrico y machista (como se recoge en tantos relatos, desde La educación sentimental hasta Frankenstein). Pese al discurso que identifica el espacio político con el ágora o el foro, el espacio doméstico es tan político como el espacio público.

Para continuar en el marco discursivo de la domesticidad en guerra [[Colomina, Beatriz. Domesticity at war, The Mit Press, Cambridge, 2007]], elii lleva a cabo reformas de viviendas, entre otras cosas por pragmatismo, pues se trata del encargo principal para la generación más joven de arquitectos, gracias su relativa accesibilidad en el contexto actual de crisis sistémica. En términos políticos progresistas, existe la opción reformista ante la revolucionaria; en qué medida este tipo de obras, reformas del espacio doméstico “moderadas” en escala y economía, pueden introducir potencialidades políticas reformistas, o una “política de la reforma”, como la ha definido en alguna ocasión Peio Aguirre.

Hemos tenido la oportunidad de desarrollar algunos espacios domésticos transformables. En estos trabajos el espacio doméstico es entendido como una suerte de “tablero de juegos” sobre el que se despliegan ciertas “jugadas” (domésticas), que emergen a partir de la interactuación del cuerpo en el espacio. En este sentido, en elii nos ha interesado el trabajo de R. Thaler y C. Sunstein en torno al concepto de nudge. Según estos autores, el espacio neutral no es más que un mito, porque cualquier espacio cuenta con una dimensión persuasiva y comunicativa que afecta a nuestra forma de habitar y de tomar decisiones (“choice architecture” o “arquitectura de la elección”). Por eso, proponen integrar las estrategias nudge –literalmente, codazo o empujón suave- en el diseño, favoreciendo determinados enrolamientos políticos. Se trata de un concepto ciertamente perverso, si bien es más eficaz que las instrucciones que, al fin y al cabo, siempre pueden ser desactivadas desde la disidencia. El desafío es hacer que el proyecto participe de dichos procesos de “seducción” a través de los “tableros de juegos”; dejar que se activen ciertas “estrategias” que, inevitablemente, tendrán que ser evaluadas por los habitantes. Así lo hemos expuesto en “Unfolding the Political Capacities of Design” (What Is Cosmopolitical Design?, 2015).

La JF-Kit House es singular en vuestra producción, porque es un espacio doméstico pero también un pabellón efímero. En “La casa de Mies: exhibicionismo y coleccionismo” (2G nº48/49, 2009), Beatriz Colomina cita las palabras que Mies empleó para defender la radical exclusión de una de sus primeras obras del canon moderno que supuso su exposición en el MoMa: “Not enough of a statement” (No resulta suficiente como declaración). Vuestra generación hace grandes esfuerzos por hacer cosas, y necesita que esas cosas sean, de alguna manera, un statement. ¿En qué se diferencia la JF-Kit House de vuestras reformas domésticas, a mayores de ser un enunciado claro que trabaja en una lógica representativa?

El proyecto surge a partir de una propuesta para realizar una exposición sobre el trabajo de elii en el CIVA (International Center for City, Architecture & Landscape, Bruselas), con planos y fotografías. Pensamos que, dado que esa documentación ya estaba disponible en la red, sería más interesante emplear el presupuesto para, en lugar de “exhibir” contenidos, usar el museo como un laboratorio. Nos pareció interesante plantear un ejercicio clásico de la arquitectura: imaginar una “casa del futuro”. Rancière se refiere a la política como un mecanismo de ficción capaz de imaginar un futuro posible y de poner en marcha unos medios para construirlo. En este sentido, la JF-Kit House es una ficción política: un futuro posible donde los habitantes cubren los requerimientos energéticos de sus viviendas mediante ejercicios físicos. Por eso pensamos en Jane Fonda, que es un personaje bien complejo: icono sexual, Barbarella, comprometida políticamente contra la guerra de Vietnam, defensora de la construcción de cuerpos perfectos mediante ejercicios de work-out en casa, en el momento en el que emergen las controversias del sida… Si lo piensas, las casas del futuro suelen estar diseñadas por expertos que anticipan un futuro “problemático”, que después es “solucionado” mediante un ejercicio arquitectónico. Sin embargo, la sostenibilidad no es (sólo) un problema tecnológico, sino un cambio cultural, que precisa de un debate informado para discutir cómo queremos (si queremos) que sea dicha transformación. La JF-Kit House trata de participar en este debate. Este prototipo doméstico extremo permite habitar un escenario que ya está siendo discutido en los debates ecológicos: el Off-the-grid (la desconexión de las redes). Pero, en lugar de solucionar el problema, procura encarnarlo. ¿Es esto un statement? Tal vez, pero no en el sentido representativo; no a la manera de decir “así pensamos que deben ser las cosas, a ver si te queda claro”. En todo caso sería: “la arquitectura necesita ser discutida” o “la arquitectura puede activar ciertas polémicas”. Sólo nos faltó Jane Fonda para probar la casa…

Me gustaría preguntarte por las posibilidades de la arquitectura para llevar a cabo sus ensayos desde una perspectiva textual. Si tu tesis doctoral (Ecología política y economía de la visibilidad de los dispositivos tecnológicos de escala urbana durante el siglo XX, 2015) es una especulación teórica, WHM podría ser una de sus vertientes prácticas, en forma de registro técnico para abrir la caja negra. En Planos de [Inter]sección (Lampreave, 2011) reflexionabas sobre la metáfora textual en relación a la arquitectura, y en Común, comunidad, comuna (Ediciones Asimétricas, 2015) empleáis vuestra propia obra como ejemplo. ¿De qué manera se relaciona vuestra praxis escrita con vuestra praxis material?

Para muchos autores la arquitectura en sí misma es una suerte de texto, una superficie donde se inscribe y se negocia no sólo la palabra, sino también una época, unas instrucciones de uso, unos modos de interacción, unos discursos, unas formas políticas… En ese sentido, no habría demasiada diferencia entre construir y escribir, si bien hay que tener en cuenta que el “texto arquitectónico” es siempre colectivo porque nunca tiene ni un único autor, ni un único intérprete. Construir es otro modo de participar en otras superficies de inscripción, de erigir otro tipo de textos. De la misma manera que proyecto en equipo, a menudo escribo en colaboración con otras personas para enriquecer y discutir los temas con profundidad. Cuando escribimos sobre nuestro trabajo no los hacemos para presentarlo como un conjunto de casos ejemplares, sino para problematizarlo y armarlo críticamente. Los textos, como las obras, tienen vida propia. Los textos, como las obras, son espacios habitables.

Andrés Carretero (www.andrescarretero.net) desarrolla una práctica arquitectónica indisciplinada, con bases en el arte, la teoría crítica y la filosofía política. Su trabajo se ha desplegado, entre otros sitios, en la Trienal de Arquitectura de Lisboa, Matadero Madrid, Goethe Institut, Círculo de Bellas Artes, Salonkritik, o Museo Patio Herreriano. Escribe ocasionalmente.

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Reformas domésticas y reformas políticas. Una entrevista con Uriel Fogué

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