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Magazine

17 septiembre 2018
Secretos resilientes habitantes de sonoras danzas compartidas

Juan Canela

Tuc, toc, tuc, toc, tic, toc, tuc, toc, tic toc tac!

Noches en las que al cerrar los ojos, escucho el sonido de los bastones chocando unos contra otros. Sonidos viejos, socios que me acompañan desde hace tanto. Pequeñas formas geométricas de colores y espejos bailan entonces en mi mente. Son los cuerpos y gorros de los danzantes saltando y cruzándose. Cada 25 de junio estos sonidos, formas y colores ascienden al puerto de Yebra de Basa acompañando la procesión de la Romería de Santa Orosia, de la cual mi abuelo era romero, y a la cual acudo cada vez que tengo ocasión. Ese día, la procesión asciende a una ermita que hay en lo alto del monte en peregrinaje donde se almuerza, se bebe, se canta y se baila. El dance lo componen ocho danzantes, mayoral, repatán y músico, que lucen trajes aderezados con pañuelos de seda cruzados sobre el pecho y vistosos sombreros de cintas de colores y flores. Los danzantes golpean con fuerza y en distintas posiciones sus palos de señera, en un ritual de limpieza del espacio que ahuyenta toda fuerza maléfica. Una de las características de este dance es que no se tiene constancia de que se haya dejado de realizar desde su origen, allá por el s. XVII, ya que la comunidad a su alrededor se ha preocupado de mantener vivo su sentido.

Tuc, toc, tuc, tac

¿Qué es lo que me atrae de este evento, por qué esos golpes secos están guardados en mi memoria? Más allá de la cercanía familiar, creo que el carácter ancestral del baile y el ritual, la simplicidad de las formas, la imponente presencia del entorno natural y sinceridad de los cuerpos presentes hace que me afecte de un modo imprevisto. Nunca he sido religioso. Ni siquiera demasiado espiritual. Desde siempre me ha costado practicar cualquier tipo de meditación, o acercarme a experiencias más o menos místicas. Mi padre, que fue interno a un colegio de curas durante la dictadura, solía decir que ya había rezado él por mí y por mi hermano (y por toda nuestra descendencia). Recuerdo esperar solo los domingos en la puerta de la iglesia con la pelota sentado a la sombra de un pino a que mis amigos salieran de misa para seguir jugando. Entre esta aversión familiar por la iglesia católica (en la que me he reafirmado con los años), y el dominio del saber científico sobre cualquier otro tipo de conocimiento en oposición a lo anterior al que uno se abraza irremediablemente mientras crece (del que sí me he ido alejando con los años), pareciera que no existe otro espacio para entendernos existencialmente. No será casualidad que el avance del mundo moderno haya viajado de la mano de la religión en tantas ocasiones. Ahí está la caza de brujas, o la colonización de tantos territorios a manos de las naciones europeas, donde las expediciones científicas corrían en paralelo a las misiones cristianas.

Leía hace poco en algún lado[1] que el hecho de que prácticas como el yoga estén hoy tan afianzadas en nuestra cultura es una evidencia de que necesitamos construir otra manera de entender la relación cuerpo-mente. No lo sé, pero en mi caso, los últimos años he sentido una necesidad de acercarme a ciertas prácticas que tienen que ver con lo mágico, con lo espiritual o con lo ritual. Quizá mientras uno entiende que ya no puede fiarse de todo lo que le han contado, y que la razón que gobierna el pensamiento moderno nos ha traído hasta donde estamos, necesita encontrar otros lugares a los que agarrarse. Lugares que fueron olvidados, descartados, escondidos. O que todavía no existen.

Hace unos meses, durante una residencia en Artpace San Antonio, conocí a Roberto Botello, un matachín e investigador que trabaja elaborando un análisis crítico hacia instituciones e intelectuales contemporáneos en relación con cuestiones de apropiaciones y falta de autenticidad cultural. Roberto me contó cómo en San Antonio grupos de matachines autónomos bailaban cada diciembre en honor a la Virgen de Guadalupe. Una tradición que, aunque pudiera parecer una forma de catolicismo hispano, cuando se mira de cerca llega más lejos. Parece claro que los tlaxcaltecas que trajeron la tradición de la danza de los matachines desde el centro de México practicaban algo fuera de los confines del dogma católico. La autonomía de estos grupos se ponía en evidencia por la decisión de bailar y rezar en espacios públicos sin permiso del gobierno de la ciudad o las instituciones católicas, pero en los últimos años ésta se ha ido perdiendo, debido a la influencia ejercida por la archidiócesis en una peregrinación matachín anual con el fin de explotar la tradición para el desarrollo económico a través del turismo. Hacia diciembre de 2016, la compañía de Roberto, como muchas otras, se habían desintegrado debido a su apropiación por las instituciones de la ciudad y la iglesia. Pero una noche, Roberto escuchó el sonido del pequeño tambor y los cascabeles en la calle.

Cling, cling cling, cling, pom pom pom cling cling cling poropom pom pom

Un grupo independiente de matachines celebraba una procesión a la viaja usanza por su barrio. Los viejos sonidos hicieron entender a Roberto que la danza de los matachines es intrínsecamente resistente siempre que las tropas autónomas continúen formándose. Las comparsas basadas en la comunidad y en la familia continuarán existiendo independientemente de las instituciones, siempre y cuando haya danzantes que solo se preocupen por bailar.

La cuestión es que los ritmos, movimientos, plegarias y afectos que emergen de este baile me recordaron excepcionalmente a los danzantes de Yebra. La perseverancia de unas danzas que no quieren dejar de ser lo que son. ¿Cuál es la trascendencia de la persistencia del ritual? ¿Por qué esa insistencia por permanecer posee la capacidad de trastocar la existencia? El ritual rescata la presencia entregándola al mundo, reactivando y potenciando su capacidad para afectar y ser afectado. Un ritual genera un tiempo y un espacio excepcional en los que la atención y la percepción se transforman, y donde no existe una sola posición, sino distintas posibilidades de acción fluidas e intercambiables para los participantes.

Virajes, vueltas, saltos y cruces de cuerpos intercambiables que me llevan a otro momento en el que mi cuerpo giró y giró hasta caer exhausto al suelo mientras me sujetaban brazos cómplices. Los últimos días de 2017, como cierre del proyecto Cale, cale, cale! Caale!!! en Tabakalera San Sebastián, nos reunimos con las artistas Valentina Desideri y Corazón del Sol y un grupo de personas alrededor de una olla al fuego donde plantas mágicas locales y materiales aportados por los visitantes a la exposición se iban consumiendo. Mientras le dábamos vueltas al contenido de la olla, nos dividimos por grupos preparando distintos materiales orgánicos mientras hablábamos sobre situaciones donde algún tipo de poder o dominación ejerciera control sobre nuestras vidas y que quisiéramos revertir con el ritual. Después, atamos todos esos materiales a la capa, que por turnos nos fuimos vistiendo para girar sobre nosotros mismos en el sentido contrario a las agujas del reloj mientras pensábamos en nuestra propia historia de dominación hasta perder el equilibrio y caer. Aún hoy cuando recuerdo el sonido de la capa al girar a toda velocidad mientras poco a poco iba perdiendo el sentido, un apreciado estremecimiento recorre mi piel.

pfzzpfzzzpffzzzpffzzzphhzzzzzzassssss

El resto del grupo te sujetaba entonces hasta que pudieras volver a levantarte, caminar hasta el caldero y darle unas vueltas a los materiales. El proceso se fue repitiendo hasta que todos pasamos, intercambiando las posiciones entre unos y otros. Finalmente quemamos la capa y el contenido del caldero, que eventualmente se convirtió en nube y más tarde, en lluvia.

De nuevo no puedo explicar bien con palabras qué es lo que sucedió aquel día. Pero lo que entre todos compusimos me afectó de algún modo imperceptible, y la forma en la que lidio con aquellas palabras que encerré en un pequeño hatillo y luego quemamos, ha cambiado desde entonces. Como cuenta Federico Campagna en su libro Magic and Technic[2], “la paradoja de la iniciación de la Magia consiste precisamente en afirmar que aquello que no puede ser resuelto lingüísticamente es, sin embargo, inefable­mente habitable. Del mismo modo, la forma en que puede enseñarse el conocimiento iniciático se asemeja más a una persona que invita a otra a un espacio determinado, que a la transferencia de información en la educación técnica. El iniciador dentro de la Magia no es un proveedor de unidades de conocimiento. Más bien, es alguien que podría invitar a otro a un espacio que ya habita, y cuyo acceso tiene lugar a través del testimonio de su experiencia de vida en el sistema-realidad de la Magia. Como en los rituales iniciáticos tradicionales, éste es un pasaje que ocurre en secreto, por mucho que se muestre públicamente, de la misma manera que una amistad o un beso en público no pierden nada de su secreto”.

Algo de esto hay en todo lo anterior, creo. Los secretos que habitan los bastones al golpearse, los cascabeles al temblar en las manos de los matachines, o la capa que gira y gira hasta caer con un cuerpo exhausto en su interior son los que afectan experiencias de vida al tocarlas, y los que empoderan la resiliencia del ritual frente al devenir de lo correcto, razonable y aceptado.

 

[1] Ericka Florez, Ficciones operativas, Cale, Cale, Cale, Caaaaale!, Tabakalera, 2018

[2]Federico Campagna, Technic and Magic: The Reconstruction of Real­ity, Bloomsbury Academic 2018.

*Imagen: VALENTINA DESIDERI & CORAZÓN DEL SOL, A Ritual to Reverse The Spell of The Illusion of Power as Control, 2017. Realizado en el contexto de la exposición Cale, Cale, Cale! Caale!!! en Tabakalera Donostia.

Juan Canela es comisario independiente. Tras muchas vueltas, hace unos años que vive en Barcelona. Entiende el comisariado como un espacio de trabajo que se bifurca en diversos formatos - exposiciones, acciones, encuentros, libros, charlas, radio, paseos, baile, - en el cual lo performativo tiene un papel relevante. Entiende la escritura como una vertiente más de su práctica curatorial.

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